Un espacio personal de Diego Navarro

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El peligro de psicologizar el juicio moral

Hay algo que llevo un tiempo observando en conversaciones cotidianas, redes sociales e incluso en espacios donde se habla de salud mental con buena intención: cada vez usamos más conceptos psicológicos para describir conductas humanas que quizá antes habríamos definido simplemente como buenas, malas, egoístas, generosas o injustas.

Parece que ya no basta con decir que alguien nos ha tratado mal. Ahora tendemos a decir que era narcisista, psicópata, manipulador o que carecía de empatía. Y creo que detrás de esto hay un cambio interesante: muchas veces no estamos haciendo un juicio clínico, estamos haciendo un juicio moral, pero utilizamos lenguaje clínico porque parece más objetivo, más legítimo o incluso más difícil de cuestionar.

No es lo mismo decir «esta persona se comportó de manera egoísta» que decir «esta persona tiene rasgos narcisistas». La primera frase describe una conducta concreta y deja espacio a que pueda haber matices, contexto o incluso cambio. La segunda parece explicar quién es la persona en esencia y además lo hace usando un término que tiene un significado psicológico específico.

El problema no es solo que se pueda etiquetar injustamente a alguien. El problema es que cuando ampliamos demasiado estos conceptos acabamos vaciándolos de contenido y quienes pierden también son las personas que realmente conviven con esos trastornos.

Si toda persona centrada en sí misma pasa a ser narcisista, llega un momento en que el narcisismo deja de significar algo concreto. Si cualquier persona fría o distante es psicópata, la palabra deja de señalar un patrón psicológico determinado y se convierte simplemente en una forma sofisticada de decir «mala persona». Y cuando eso ocurre se vuelve más difícil comprender qué son realmente esos perfiles, cómo funcionan y qué diferencias hay entre una conducta desagradable y un trastorno.

Creo que algo parecido está ocurriendo con otros conceptos sociales, especialmente con la violencia. Este tema genera mucha sensibilidad y es normal que sea así, pero precisamente por eso creo que merece que intentemos pensar con precisión.

No todas las experiencias humanas tienen el mismo grado de objetividad. Hay situaciones donde el daño es extremadamente evidente. Una agresión física grave, una paliza o una situación con lesiones importantes tienen una dimensión objetiva muy alta. El hecho existe más allá de cómo se interprete subjetivamente.

Sin embargo, hay otras experiencias donde el contexto, la relación entre las personas y la vivencia subjetiva tienen mucho más peso. Ahí entran muchas interacciones sociales que pueden resultar agradables para una persona y incómodas para otra sin que eso convierta automáticamente una de las interpretaciones en falsa.

Pongo un ejemplo que suele generar debate. Un comentario o un piropo recibido en la calle puede vivirse de formas distintas según quién lo haga, cómo se haga, el contexto, la sensación de seguridad, si hay posibilidad de ignorarlo o marcharse, o incluso el significado que tenga para quien lo recibe. Eso no significa que todo dependa únicamente de si la otra persona resulta atractiva o no, porque sería simplificar demasiado, pero sí significa que hay fenómenos donde la dimensión subjetiva tiene un papel importante.

Precisamente por eso creo que poner matices y apellidos a las cosas no es debilitar los conceptos, sino protegerlos. Hablar de violencia física, psicológica, verbal o simbólica puede ayudar a describir mejor realidades distintas sin obligarnos a tratarlas como equivalentes.

Porque dos cosas pueden pertenecer a una misma familia conceptual sin tener la misma gravedad.

Y creo que ahí está parte del problema actual del debate público. Muchas veces tenemos miedo de hacer distinciones porque pensamos que distinguir es minimizar. Pero no necesariamente es así. Diferenciar no significa restar importancia. Significa intentar entender mejor.

Al final, quizá el reto no sea hablar menos de salud mental ni menos de violencia. Quizá el reto sea recuperar palabras más precisas y perder el miedo a decir algo tan sencillo como que una persona actuó mal sin necesidad de convertir cada conflicto humano en una categoría diagnóstica.

Porque cuando todo es narcisismo, nada lo es. Y cuando una palabra intenta nombrarlo todo, muchas veces deja de explicar algo.

Hantavirus: lo que una amenaza sanitaria nos enseña sobre la sociedad

Cada cierto tiempo aparece en los medios el nombre de una enfermedad desconocida para la mayoría de personas y, durante unos días, vuelve una sensación que parecía olvidada: la idea de que una nueva amenaza sanitaria podría alterar nuestra forma de vivir. El hantavirus es uno de esos nombres que despiertan inquietud. No porque exista actualmente una pandemia de hantavirus ni porque haya evidencia de que vaya a producirse una expansión global inminente, sino porque nos obliga a hacernos una pregunta que va más allá de la medicina: ¿estamos preparados como sociedad para afrontar una nueva crisis sanitaria sin dejar atrás, una vez más, a quienes ya parten de una situación de desventaja?

El hantavirus no es un virus nuevo. En realidad, se conoce desde hace décadas y engloba un conjunto de virus transmitidos principalmente por determinados roedores. La forma más habitual de contagio suele producirse por la inhalación de partículas procedentes de secreciones o excrementos de animales infectados, aunque existen algunas variantes concretas donde se han descrito situaciones excepcionales de transmisión entre personas. Dependiendo del tipo de hantavirus y de la región del mundo, puede provocar enfermedades con afectación respiratoria o renal, algunas de ellas graves. Sin embargo, en el momento actual no se considera una amenaza pandémica comparable a otros virus respiratorios de alta transmisión.

Pero reducir el debate únicamente a si existe o no riesgo de pandemia sería quedarse en la superficie. La experiencia reciente nos dejó una enseñanza difícil de ignorar: una emergencia sanitaria nunca es solo una cuestión sanitaria. También es una cuestión económica, política, comunitaria y profundamente social.

La pandemia de COVID evidenció algo que profesionales de la intervención social, de la salud pública y de los servicios comunitarios ya venían señalando desde hacía años: las enfermedades no afectan a todas las personas por igual. El virus puede ser el mismo, pero las condiciones desde las que cada persona lo afronta son radicalmente distintas. Tener una vivienda adecuada, un empleo estable, acceso al sistema sanitario, posibilidad de conciliar o una red de apoyo transforma por completo el impacto que una crisis tiene sobre la vida cotidiana.

Si imagináramos un escenario hipotético en el que una enfermedad como el hantavirus adquiriera una dimensión mucho mayor de la esperada, probablemente volveríamos a observar patrones conocidos. Las personas con empleos más precarios tendrían menos capacidad para protegerse. Quienes viven en viviendas con peores condiciones o en entornos con mayor exposición ambiental asumirían más riesgo. Las personas mayores, quienes viven solas, quienes dependen de apoyos sociales o quienes ya se encuentran en situación de exclusión volverían a soportar una carga desproporcionada.

No porque sean más vulnerables por naturaleza, sino porque la vulnerabilidad raramente es una característica individual. La mayoría de las veces es una construcción social.

Por eso hablar de preparación frente a futuras amenazas sanitarias no puede limitarse a aumentar camas hospitalarias o reforzar protocolos clínicos. Todo eso es necesario, pero insuficiente. La verdadera preparación empieza mucho antes: en la calidad de la vivienda, en la estabilidad laboral, en la fortaleza de la atención primaria, en unos servicios sociales capaces de acompañar y sostener, y en unas políticas públicas que reduzcan desigualdades antes de que llegue la emergencia.

Hay otro aprendizaje especialmente incómodo que suele repetirse. La investigación científica recibe atención y financiación cuando el problema ya está encima de la mesa, pero cuesta mucho sostener esa inversión cuando el riesgo parece lejano. Se habla de gasto cuando quizá deberíamos hablar de infraestructura social.

Investigar enfermedades emergentes, financiar redes epidemiológicas, estudiar reservorios animales, reforzar laboratorios o desarrollar capacidades de respuesta temprana no son inversiones que generen titulares inmediatos. Muchas veces sus resultados son invisibles precisamente porque funcionan: la crisis no llega, el brote se controla o el impacto es menor del que podría haber sido.

Sin embargo, cuando la ciencia pierde prioridad presupuestaria, el precio no desaparece. Solo se desplaza hacia el futuro.

La investigación científica no compite con el gasto social. En realidad, forman parte de la misma estrategia de protección colectiva. Invertir en conocimiento permite responder antes y mejor, pero también evita que el coste humano recaiga siempre sobre quienes tienen menos margen para absorberlo.

Quizá una de las lecciones más importantes que dejan enfermedades como el hantavirus no tenga que ver con el virus en sí. Tal vez la pregunta relevante no sea si llegará o no una nueva gran amenaza sanitaria, porque la historia nos dice que tarde o temprano aparecerán nuevos desafíos. La cuestión es si seguiremos reaccionando cuando el problema ya está aquí o si seremos capaces de entender que la prevención, la ciencia y la protección social forman parte de una misma idea de sociedad.

Porque cuando llega una crisis, lo que realmente se pone a prueba no es solo nuestro sistema sanitario.

Se pone a prueba qué vidas somos capaces de proteger.

Quieren trabajar, pero no siempre pueden

Hay discursos que se repiten tanto que acaban pareciendo verdad. Se instalan, se simplifican y se convierten en una especie de ruido de fondo que condiciona cómo miramos a los demás. Uno de esos discursos es el que dice que las personas migrantes vienen a “vivir de las ayudas”. Lo escucho fuera, en conversaciones cotidianas, en redes sociales, incluso en algunos espacios que deberían ser más cuidadosos. Pero luego abro la puerta del despacho, y lo que entra no se parece en nada a eso.

Lo que entra son personas con una idea muy clara: trabajar. No dentro de seis meses, no “cuando se pueda”, no “ya veremos”. Quieren trabajar ya. Lo necesitan, pero sobre todo lo quieren. Porque trabajar no es solo una cuestión económica. Es dignidad, es proyecto de vida, es sentir que uno forma parte de algo. Y eso lo tienen clarísimo.

Pero hay algo que rompe ese impulso de frente: no siempre pueden. Y no es por falta de ganas, ni de esfuerzo, ni de actitud. Es, muchas veces, por su situación administrativa. Personas que están en situación irregular, que no tienen permiso de trabajo, que dependen de procesos largos, complejos y, en ocasiones, inciertos. Personas que quieren hacer las cosas bien, pero que el propio sistema deja en una especie de espera obligada.

Ahí aparece una contradicción dura. Se les exige que trabajen, que se integren, que “aporten”. Pero al mismo tiempo, se les impide hacerlo de forma legal durante meses o incluso años. Y en ese tiempo, ¿qué se espera exactamente que hagan?

Lo que pasa es que entre ese deseo y la realidad hay un abismo. Un abismo hecho de trámites, de tiempos administrativos, de barreras legales, de desconocimiento del idioma, de precariedad y, muchas veces, de miedo. Porque no estamos hablando de personas que han hecho una mudanza tranquila. Estamos hablando de personas que han salido de sus países empujadas por algo.

Algunos han cruzado el mar en patera. Y eso no es una imagen abstracta, es una experiencia que marca. Es frío, es incertidumbre, es no saber si vas a llegar. Otros huyen de guerras que han destrozado sus ciudades y sus vidas. Otros escapan de persecuciones políticas, de amenazas reales, de contextos donde opinar o simplemente existir puede costarte la vida. Y luego están quienes son perseguidos por lo que son: personas LGTBIQ+, en países donde amar a quien quieres o mostrarte como eres no solo está mal visto, sino castigado, a veces con cárcel o con la muerte.

Cuando tienes delante a alguien que ha pasado por eso, el discurso de “vienen a aprovecharse” no es solo falso, es profundamente injusto.

Porque la realidad es otra. Es gente que acepta trabajos que muchos aquí rechazan. Es gente que insiste, que pregunta, que vuelve aunque le hayan cerrado puertas. Pero también es gente que se encuentra con un muro invisible: no pueden firmar un contrato, no pueden cotizar, no pueden acceder a un empleo formal aunque lo estén buscando activamente.

Y aquí es donde conviene ser claros. El sistema no siempre acompaña. Los tiempos de regularización son largos, a veces desesperantes. Las oportunidades no están al alcance de todos. Y mientras tanto, la persona está en una especie de limbo, donde no puede avanzar como le gustaría. Eso genera frustración, desgaste y, en algunos casos, situaciones de vulnerabilidad que luego se utilizan como argumento para reforzar el mismo discurso que las ha provocado.

Es un círculo perverso.

Por eso creo que es importante contar lo que no se ve. Lo que pasa dentro de los despachos, en las entrevistas, en las conversaciones reales. Porque ahí es donde se desmontan muchos prejuicios. Ahí es donde entiendes que reducir a todas estas personas a un estereotipo no solo es incorrecto, es una forma de deshumanizar.

No se trata de idealizar. Las personas migrantes no son un colectivo homogéneo ni perfecto, como no lo es ningún otro. Pero sí se trata de ser honestos con la realidad. Y la realidad, al menos la que yo veo cada día, es que la gran mayoría quiere trabajar, pero no siempre puede hacerlo en condiciones legales.

Quizá el problema no es lo que ellos traen, sino lo que nosotros les impedimos hacer.

Y eso sí que merece que nos lo cuestionemos.

Seguir sin saber si esto tiene sentido

No tengo claro si esto va a algún sitio. Y creo que esa es la parte que más cuesta asumir.

Empezar sin tenerlo claro tiene algo de impulso. Hay ganas, hay cierta ilusión, incluso una especie de energía que te empuja a hacer cosas aunque no sepas muy bien hacia dónde. Pero seguir es distinto. Seguir ya no tiene tanto de emoción, tiene más de duda. De preguntarte si lo que estás haciendo merece la pena, si alguien lo leerá, si todo esto tiene algún sentido o simplemente estás ocupando tiempo en algo que no va a ningún lado.

Y aun así, sigues. No porque tengas una respuesta clara, sino porque parar tampoco te la da.

Hay momentos en los que todo esto se siente un poco absurdo. Escribir sin saber muy bien para quién, publicar sin saber si conecta con alguien, intentar construir algo sin tener una idea cerrada de lo que quieres que sea. Y en ese punto es fácil pensar que igual estás perdiendo el tiempo.

Pero también hay algo ahí, aunque sea pequeño. Algo que no es tan visible, pero que está.

Porque seguir, aunque no lo tengas claro, también es una forma de posicionarte. No tanto hacia fuera, sino hacia dentro. Es decirte que no sabes muy bien qué estás haciendo, pero que quieres explorar esto igualmente. Y eso, aunque parezca poca cosa, no lo es.

Estamos demasiado acostumbrados a ver solo lo que ya está definido. Proyectos claros, mensajes pulidos, personas que parecen tenerlo todo ordenado. Pero casi nunca vemos esta parte, la de estar en medio, la de no saber, la de seguir aun con dudas.

A veces me pregunto si esto terminará siendo algo concreto, si este espacio tendrá una forma clara o si llegará a algo más. Y la respuesta, ahora mismo, es que no lo sé. Pero también empiezo a pensar que igual no hace falta saberlo todavía.

Quizá esto no va de tener sentido desde el principio. Quizá va de ir encontrándolo poco a poco. O quizá ni siquiera va de eso.

De momento, lo único que tengo claro es que sigo.

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