Hay discursos que se repiten tanto que acaban pareciendo verdad. Se instalan, se simplifican y se convierten en una especie de ruido de fondo que condiciona cómo miramos a los demás. Uno de esos discursos es el que dice que las personas migrantes vienen a “vivir de las ayudas”. Lo escucho fuera, en conversaciones cotidianas, en redes sociales, incluso en algunos espacios que deberían ser más cuidadosos. Pero luego abro la puerta del despacho, y lo que entra no se parece en nada a eso.
Lo que entra son personas con una idea muy clara: trabajar. No dentro de seis meses, no “cuando se pueda”, no “ya veremos”. Quieren trabajar ya. Lo necesitan, pero sobre todo lo quieren. Porque trabajar no es solo una cuestión económica. Es dignidad, es proyecto de vida, es sentir que uno forma parte de algo. Y eso lo tienen clarísimo.
Pero hay algo que rompe ese impulso de frente: no siempre pueden. Y no es por falta de ganas, ni de esfuerzo, ni de actitud. Es, muchas veces, por su situación administrativa. Personas que están en situación irregular, que no tienen permiso de trabajo, que dependen de procesos largos, complejos y, en ocasiones, inciertos. Personas que quieren hacer las cosas bien, pero que el propio sistema deja en una especie de espera obligada.
Ahí aparece una contradicción dura. Se les exige que trabajen, que se integren, que “aporten”. Pero al mismo tiempo, se les impide hacerlo de forma legal durante meses o incluso años. Y en ese tiempo, ¿qué se espera exactamente que hagan?
Lo que pasa es que entre ese deseo y la realidad hay un abismo. Un abismo hecho de trámites, de tiempos administrativos, de barreras legales, de desconocimiento del idioma, de precariedad y, muchas veces, de miedo. Porque no estamos hablando de personas que han hecho una mudanza tranquila. Estamos hablando de personas que han salido de sus países empujadas por algo.
Algunos han cruzado el mar en patera. Y eso no es una imagen abstracta, es una experiencia que marca. Es frío, es incertidumbre, es no saber si vas a llegar. Otros huyen de guerras que han destrozado sus ciudades y sus vidas. Otros escapan de persecuciones políticas, de amenazas reales, de contextos donde opinar o simplemente existir puede costarte la vida. Y luego están quienes son perseguidos por lo que son: personas LGTBIQ+, en países donde amar a quien quieres o mostrarte como eres no solo está mal visto, sino castigado, a veces con cárcel o con la muerte.
Cuando tienes delante a alguien que ha pasado por eso, el discurso de “vienen a aprovecharse” no es solo falso, es profundamente injusto.
Porque la realidad es otra. Es gente que acepta trabajos que muchos aquí rechazan. Es gente que insiste, que pregunta, que vuelve aunque le hayan cerrado puertas. Pero también es gente que se encuentra con un muro invisible: no pueden firmar un contrato, no pueden cotizar, no pueden acceder a un empleo formal aunque lo estén buscando activamente.
Y aquí es donde conviene ser claros. El sistema no siempre acompaña. Los tiempos de regularización son largos, a veces desesperantes. Las oportunidades no están al alcance de todos. Y mientras tanto, la persona está en una especie de limbo, donde no puede avanzar como le gustaría. Eso genera frustración, desgaste y, en algunos casos, situaciones de vulnerabilidad que luego se utilizan como argumento para reforzar el mismo discurso que las ha provocado.
Es un círculo perverso.
Por eso creo que es importante contar lo que no se ve. Lo que pasa dentro de los despachos, en las entrevistas, en las conversaciones reales. Porque ahí es donde se desmontan muchos prejuicios. Ahí es donde entiendes que reducir a todas estas personas a un estereotipo no solo es incorrecto, es una forma de deshumanizar.
No se trata de idealizar. Las personas migrantes no son un colectivo homogéneo ni perfecto, como no lo es ningún otro. Pero sí se trata de ser honestos con la realidad. Y la realidad, al menos la que yo veo cada día, es que la gran mayoría quiere trabajar, pero no siempre puede hacerlo en condiciones legales.
Quizá el problema no es lo que ellos traen, sino lo que nosotros les impedimos hacer.
Y eso sí que merece que nos lo cuestionemos.
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