Hay algo que me llama la atención cada vez que aparece una conversación sobre Ozempic, Mounjaro y los medicamentos que han cambiado en poco tiempo la forma en la que hablamos de la pérdida de peso. Me interesan muchas de las cuestiones que rodean a estos medicamentos: si realmente funcionan, cuáles son sus efectos secundarios, qué riesgos pueden tener y, especialmente, el enorme negocio que las compañías farmacéuticas están construyendo alrededor de ellos. Sobre algunas de estas cuestiones, como los efectos secundarios, prefiero no entrar demasiado porque no soy médico y creo que conviene hablar desde el conocimiento que uno tiene. Sobre otras, como el negocio farmacéutico y la manera en que se está desarrollando este mercado, sí tengo una opinión bastante clara. Pero hay otra cuestión que me parece también especialmente interesante: la reacción que provocan en una parte de la sociedad. Parece que no basta con que una persona consiga perder peso. Necesitamos saber cómo lo ha conseguido y, sobre todo, cuánto le ha costado.
Si alguien adelgaza después de meses de dieta, gimnasio, restricciones, hambre y disciplina, solemos considerar que ha hecho las cosas bien. Hay un componente casi moral en ese reconocimiento: ha tenido fuerza de voluntad, se ha sacrificado, ha sido constante y, por tanto, se ha ganado el resultado. Pero si esa misma persona consigue perder peso con ayuda de un medicamento, aparece rápidamente la idea de que ha elegido el camino fácil, como si el valor de adelgazar dependiera también de cuánto sufrimiento hayamos podido observar durante el proceso. Y es precisamente esa reacción la que me interesa explorar, porque detrás de ella hay algo que va bastante más allá de Ozempic o Mounjaro: nuestra manera de entender el cuerpo, la salud, la responsabilidad individual y hasta el mérito.
¿Por qué necesitamos que adelgazar cueste?
Vivimos en una sociedad en la que el esfuerzo tiene un valor enorme. No solamente nos gusta conseguir resultados, sino que tendemos a considerar que los resultados son más legítimos cuando creemos que han requerido sacrificio. Lo hacemos constantemente: admiramos a quien ha trabajado mucho para conseguir algo, desconfiamos de quien parece haberlo obtenido demasiado fácilmente y atribuimos parte del mérito de una persona a la dificultad del camino que ha recorrido. Con el peso corporal ocurre algo especialmente llamativo porque, en nuestra cultura, adelgazar se ha convertido en algo más que una cuestión relacionada con la salud. También se ha convertido en una demostración de disciplina. El cuerpo puede terminar funcionando como una especie de escaparate de nuestra supuesta fuerza de voluntad: un cuerpo delgado puede interpretarse como la prueba visible de que una persona se cuida, se controla y sabe renunciar, mientras que un cuerpo gordo se interpreta demasiadas veces como la prueba contraria.
La psicología social lleva años estudiando esta relación entre esfuerzo y valoración de las personas. Ya en 2016 un estudio encontró que el esfuerzo que las personas atribuían a alguien para perder peso influía en la valoración que hacían de esa persona. Investigaciones más recientes han trasladado esta cuestión directamente a los medicamentos GLP-1. En un estudio publicado en 2025, cuando una persona perdía peso utilizando Ozempic, se consideraba que había realizado menos esfuerzo y que merecía menos reconocimiento que otra que conseguía la misma pérdida de peso mediante dieta y ejercicio. Incluso cuando se explicaba que también había realizado dieta y ejercicio, el uso del medicamento seguía reduciendo la percepción de esfuerzo y de reconocimiento asociada al resultado.
Esto me parece bastante revelador, porque entonces la pregunta deja de ser solamente si una persona está más sana o se encuentra mejor y pasa a ser cuánto creemos que se lo ha trabajado. Y no termino de entender por qué necesitamos que la salud tenga una parte de sufrimiento para considerarla legítima.
El hambre tampoco es solamente una cuestión de voluntad
Aquí aparece una pequeña cuestión médica y psicológica que creo que conviene explicar, precisamente porque ayuda a entender el debate sin convertir el artículo en un texto sobre farmacología. Ozempic no es un quemagrasas. Mounjaro tampoco. La semaglutida, principio activo de Ozempic, es un agonista de los receptores GLP-1: imita la acción de una hormona que participa en la regulación de la glucosa, favorece determinados mecanismos relacionados con la producción de insulina y, a través de su acción sobre el sistema nervioso, interviene en la regulación del apetito y la sensación de saciedad. La tirzepatida, principio activo de Mounjaro, actúa sobre dos sistemas, los receptores GIP y GLP-1. En ambos casos estamos hablando de medicamentos que modifican mecanismos fisiológicos relacionados con el hambre y la ingesta, no de productos que simplemente “queman” la grasa corporal.
Y esto introduce una cuestión psicológica bastante interesante. Durante mucho tiempo hemos hablado del hambre como si fuera exclusivamente una decisión: si tienes hambre, comes; si quieres adelgazar, simplemente decides comer menos. Pero nuestro comportamiento alimentario no funciona de una manera tan sencilla. El hambre, la saciedad, la recompensa asociada a la comida y la regulación de la ingesta están influidos por mecanismos biológicos y psicológicos que no controlamos conscientemente en todo momento. El hecho de que podamos decidir qué comemos no significa que podamos decidir cuándo sentimos hambre del mismo modo que decidimos qué ropa ponernos.
Esto no significa que nuestra conducta no importe ni que las decisiones personales sean irrelevantes. Significa algo mucho más sencillo: que el hecho de que podamos tomar decisiones sobre nuestra alimentación no significa que todo lo relacionado con el hambre dependa exclusivamente de nuestra voluntad. Y quizá deberíamos tenerlo presente antes de juzgar a una persona por no haber conseguido adelgazar mediante una supuesta fuerza de voluntad suficiente.
Si existe un tratamiento, ¿por qué nos molesta que alguien lo utilice?
Aquí es donde creo que la discusión se vuelve especialmente interesante. No estoy planteando que todo el mundo deba utilizar estos medicamentos ni que sean adecuados para cualquier persona que quiera perder unos kilos. Tampoco creo que debamos ignorar sus efectos secundarios, sus contraindicaciones, los problemas que puedan surgir con un uso inadecuado o las consecuencias que puede tener convertirlos en productos de consumo asociados a una determinada estética corporal. Son medicamentos y, como cualquier medicamento, tienen riesgos y beneficios que deben valorarse individualmente.
Pero una cosa es discutir eso y otra muy diferente convertir su utilización en una cuestión moral. Si una persona tiene obesidad y un riesgo elevado de sufrir problemas de salud relacionados con ella, y un tratamiento puede ayudarla a perder peso y mejorar determinados factores de riesgo, ¿por qué debería importarnos si lo ha conseguido con menos esfuerzo del que nosotros consideramos necesario?. A nadie le parece especialmente inmoral que una persona con hipertensión utilice un medicamento para controlar su presión arterial en lugar de demostrar que ha sido capaz de conseguirlo únicamente mediante dieta y ejercicio. Tampoco solemos pensar que alguien con diabetes está haciendo trampas porque necesita medicación para controlar su enfermedad.
Sin embargo, con el peso aparece una exigencia diferente. Parece que no basta con conseguir el resultado. Necesitamos aprobar también el método y, cuanto más difícil haya sido el camino, más mérito le atribuimos. Es como si adelgazar tuviera que superar una especie de examen moral en el que no solo importa llegar a la meta, sino demostrar que hemos sufrido lo suficiente para merecerla.
El problema es cuando convertimos la salud en una cuestión de carácter
Quizá una de las razones por las que esta conversación genera tantas reacciones sea que todavía tenemos una tendencia muy fuerte a interpretar el peso como una característica que depende fundamentalmente de las decisiones individuales. Si pensamos que una persona pesa demasiado porque no se controla, entonces adelgazar mediante dieta y ejercicio parece demostrar que finalmente ha conseguido corregirse. Si utiliza un medicamento, esa narrativa se rompe, porque aparece una ayuda externa que demuestra que quizá la cuestión no era tan sencilla como queríamos pensar.
Y aquí aparece algo que me parece especialmente importante: la utilización de estos medicamentos no está eliminando necesariamente el estigma asociado al peso. De hecho, puede estar creando una nueva forma de juicio. La persona que adelgaza con un GLP-1 puede ser percibida como alguien que ha tomado un atajo, y esa percepción se relaciona con valoraciones más negativas sobre ella. Una investigación publicada en 2026, basada en cuatro estudios realizados en Bélgica, Estados Unidos y Reino Unido, encontró que las personas que utilizaban medicamentos contra la obesidad eran percibidas como menos morales y también recibían valoraciones más negativas en aspectos como competencia, calidez o merecimiento. Los autores relacionan estos juicios, en parte, con la percepción de que habían realizado menos esfuerzo.
Otra investigación experimental publicada también en 2026 encontró que una persona descrita como alguien que había perdido peso utilizando un GLP-1 recibía una valoración más negativa que otra que había perdido la misma cantidad de peso mediante dieta y ejercicio. Es decir, el mismo resultado puede ser valorado de manera diferente dependiendo del camino que imaginemos que ha seguido la persona para conseguirlo.
Es bastante paradójico. Durante años hemos culpado a las personas con obesidad de no hacer suficiente esfuerzo para adelgazar. Ahora que existe una herramienta que puede facilitar la pérdida de peso, podemos seguir culpándolas, pero por haber utilizado esa herramienta. Parece que necesitamos mantener intacta la idea de que el peso dice algo sobre la persona, sobre su carácter, su disciplina o su capacidad para controlarse.
Y sí, las farmacéuticas también tienen mucho que decir
Sería ingenuo ignorar que detrás de todo esto existe un negocio enorme. Y en este punto creo que es importante no caer en una falsa neutralidad. Las compañías farmacéuticas tienen intereses económicos y el mercado de los medicamentos relacionados con la obesidad y la diabetes se ha convertido en uno de los grandes negocios de la industria. No es una sospecha ni una teoría: los propios resultados económicos de las compañías muestran la dimensión que está alcanzando este mercado. Novo Nordisk, fabricante de Ozempic y Wegovy, registró en 2025 unas ventas de 82.347 millones de coronas danesas en su área de obesidad, frente a 65.146 millones en 2024. Eli Lilly, fabricante de Mounjaro y Zepbound, ingresó en 2025 unos 22.965 millones de dólares por Mounjaro y otros 13.542 millones por Zepbound.
Por tanto, sí, hay un negocio enorme detrás de estos medicamentos. Y precisamente por eso creo que debemos mirarlo con cierta distancia. Cuando una herramienta médica empieza a generar semejantes cantidades de dinero y, además, aparece en el centro de una sociedad obsesionada con el peso, es razonable preguntarse qué parte pertenece al ámbito sanitario y qué parte empieza a responder a la lógica del mercado.
También deberíamos preguntarnos quién puede acceder a estos tratamientos, cuánto cuestan, qué ocurre cuando una persona los necesita pero no puede pagarlos y qué sucede cuando un medicamento pensado para tratar determinadas condiciones médicas empieza a ser presentado socialmente como una solución para conseguir un determinado cuerpo. La industria no crea por sí sola la obsesión por adelgazar, pero tampoco es ajena a ella. Cuando existe una enorme demanda social por modificar el cuerpo y, al mismo tiempo, aparece un producto capaz de hacerlo de una manera eficaz, la oportunidad comercial es evidente.
Pero tampoco creo que la crítica a las farmacéuticas tenga que llevarnos al extremo contrario. Que una empresa gane muchísimo dinero con un medicamento no significa automáticamente que ese medicamento sea inútil o que todas las personas que lo utilizan estén siendo engañadas. Podemos cuestionar el negocio, exigir regulación, transparencia, investigación independiente y acceso equitativo y, al mismo tiempo, reconocer que puede existir una utilidad médica real. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Lo que sí me preocupa es que terminemos aceptando con demasiada facilidad que una cuestión sanitaria se convierta en un enorme mercado de consumo alrededor del cuerpo. Porque entonces corremos el riesgo de que la pregunta deje de ser ¿qué necesita esta persona para mejorar su salud? y pase a ser ¿qué producto necesita para parecerse al cuerpo que socialmente consideramos deseable?.
De medicamento para la diabetes a fenómeno social
Hay otra cuestión que tampoco deja de resultarme llamativa. Estos medicamentos no nacieron simplemente como una respuesta estética a una sociedad que quería adelgazar. La semaglutida forma parte de una familia de medicamentos desarrollados para intervenir en procesos metabólicos y Ozempic está aprobado para mejorar el control de la glucosa en adultos con diabetes tipo 2, además de la dieta y el ejercicio. La tirzepatida también tiene una indicación específica para la diabetes tipo 2 bajo la marca Mounjaro, mientras que otras formulaciones y marcas de estos principios activos tienen indicaciones relacionadas con el control crónico del peso.
Sin embargo, en muy poco tiempo el imaginario social ha conseguido convertir estos medicamentos en algo mucho más sencillo: las inyecciones para adelgazar. La diabetes tipo 2 sigue existiendo, por supuesto, y para quienes conviven con ella estos medicamentos pueden formar parte de un tratamiento médico. Pero esa realidad ha quedado bastante eclipsada en la conversación pública por los famosos que han perdido peso, las fotografías del antes y el después, las discusiones sobre cuántos kilos se pueden perder y la obsesión por conseguir determinados cuerpos.
Y quizá eso también dice bastante de nosotros. Una herramienta terapéutica relacionada con una enfermedad metabólica puede terminar convertida en un fenómeno cultural porque la parte que más nos interesa no es necesariamente la enfermedad, sino el cuerpo que podemos cambiar. La diabetes interesa menos que la báscula.
Incluso existe una paradoja en todo esto. Durante años hemos querido combatir la idea de que la obesidad es simplemente una cuestión de voluntad y hemos intentado entenderla como un problema en el que intervienen factores biológicos, psicológicos y sociales. Los medicamentos GLP-1 podrían contribuir a esa mirada más compleja, porque su propio funcionamiento recuerda que el hambre y la regulación del peso tienen una dimensión fisiológica que no se reduce a la voluntad. Pero, al mismo tiempo, el enorme interés social que despiertan puede reforzar otra idea igualmente problemática: que cualquier cuerpo que no encaje en determinado modelo debe ser modificado.
El cuerpo como responsabilidad individual
Quizá aquí esté la parte más social de toda esta historia. Hemos construido una sociedad que habla constantemente de responsabilidad individual. Si tienes una mala situación económica, deberías esforzarte más. Si tienes problemas de salud, deberías cuidarte. Si estás estresado, deberías aprender a gestionarlo. Y si tienes un cuerpo que no encaja en el modelo que consideramos saludable o atractivo, deberías hacer algo para cambiarlo.
Hay algo cómodo en esa explicación porque convierte problemas complejos en decisiones individuales. Si todo depende de lo que haga cada persona, no tenemos que mirar demasiado al entorno, a las condiciones sociales, a la alimentación disponible, a los horarios laborales, a la educación, a la salud mental, a la genética, a las desigualdades económicas o a la propia relación que hemos construido con el cuerpo.
Y con el peso ocurre algo especialmente evidente. El cuerpo se convierte en una especie de currículum visible. Miramos a una persona y creemos poder saber si se cuida, si tiene disciplina, si come bien o si hace ejercicio. Incluso creemos poder saber si merece reconocimiento cuando consigue cambiarlo.
Los medicamentos GLP-1 ponen todo eso en cuestión porque permiten que algunas personas consigan un resultado que antes asociábamos casi exclusivamente al esfuerzo visible. Y quizá por eso generan tanta incomodidad. No porque adelgazar con un medicamento sea necesariamente peor, sino porque rompe una relación que teníamos muy interiorizada entre resultado y sacrificio.
No deberíamos necesitar que alguien sufra para reconocer que está mejor
En el fondo, creo que esta discusión habla de algo bastante más amplio que Ozempic o Mounjaro. Habla de nuestra necesidad de encontrar culpables y de convertir determinadas condiciones de salud en una cuestión de carácter. Nos gusta pensar que cada persona controla completamente su cuerpo porque esa explicación resulta sencilla: si alguien está delgado, ha hecho las cosas bien; si alguien está gordo, no las ha hecho bien; si consigue adelgazar haciendo dieta y ejercicio, ha demostrado que tenía voluntad; si lo consigue con un medicamento, ha tomado un atajo.
Pero la realidad es bastante menos cómoda que eso. Nuestro cuerpo no es un proyecto completamente controlable. La alimentación no es únicamente una suma de decisiones racionales. El hambre no depende exclusivamente de la voluntad. La genética, el metabolismo, el entorno, la salud mental, las condiciones sociales, los hábitos adquiridos y muchos otros factores participan en algo que solemos reducir a una frase tan sencilla como come menos y muévete más.
Por supuesto que existen decisiones personales. Por supuesto que los hábitos importan y, por supuesto, los medicamentos tampoco son una solución mágica ni están exentos de riesgos. Tampoco creo que debamos convertirlos en una especie de milagro médico ni ignorar sus efectos secundarios porque nos interese defender una determinada posición. Precisamente porque son medicamentos, deben utilizarse cuando están indicados y bajo supervisión sanitaria. Pero reconocer todo eso no debería obligarnos a volver a la vieja idea de que quien no consigue adelgazar suficientemente es, sencillamente, alguien que no se ha esforzado lo suficiente.
Quizá el problema sea que seguimos confundiendo salud con mérito. Una persona no debería tener que demostrar cuánto ha sufrido para que reconozcamos que está mejor. Si un tratamiento médico puede ayudar a alguien que lo necesita, utilizarlo no convierte su pérdida de peso en menos legítima. Y si otra persona prefiere hacerlo mediante dieta, ejercicio o cualquier otra estrategia adecuada, tampoco necesita que su esfuerzo sea utilizado para juzgar a quien ha elegido otro camino.
No se trata de defender Ozempic. Tampoco de demonizarlo. Se trata de preguntarnos qué hacemos nosotros con la persona que lo utiliza.
Porque podemos discutir sus efectos, sus riesgos, el papel de las farmacéuticas, el precio de los tratamientos, el acceso desigual o la transformación de estos medicamentos en un fenómeno de consumo. Todo eso merece ser discutido y, en algunos casos, criticado. Pero ninguna de esas discusiones debería convertir a quien necesita un tratamiento en alguien que tiene que justificar moralmente por qué ha decidido utilizarlo.
Al final, quizá la pregunta que deberíamos hacernos no sea por qué algunas personas adelgazan con Ozempic o Mounjaro. Quizá deberíamos preguntarnos por qué nos molesta tanto que alguien pueda mejorar sin sufrir tanto como nosotros creemos que debería sufrir.
Porque si lo que realmente nos importa es la salud, el resultado debería importar bastante más que nuestra necesidad de decidir quién se lo ha ganado.
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