Un espacio personal de Diego Navarro

Autor: Diego (Página 1 de 4)

Sacamos a Nada de la selva, pero no de la vulnerabilidad

Hace poco escuché la historia de Nada Itrab y, conforme avanzaba, tenía la sensación de que en una sola vida se estaban cruzando casi todos los temas que me interesan y sobre los que suelo escribir: la migración, la pobreza, el choque entre culturas, la vulnerabilidad, la manipulación religiosa, la psicología, el trabajo social, la explotación laboral y sexual, la protección de la infancia, la policía e incluso la política internacional. Es una historia tan extrema que podría parecer construida para una película, pero sucedió de verdad. Comenzó en un barrio de L’Hospitalet de Llobregat, continuó en la selva boliviana y, aunque hubo un rescate espectacular, no terminó cuando Nada regresó a España. Al escucharla, además, hubo una idea que se me quedó especialmente clavada: la indiferencia de quienes ven que algo está sucediendo, saben o intuyen que no está bien y, aun así, continúan con su vida.

Nada llegó desde Marruecos cuando tenía cuatro años. Su familia buscaba aquí una vida mejor, pero acabó viviendo en una situación de pobreza extrema, sin autorización de residencia, en un piso ocupado, sin agua corriente y con enormes dificultades para cubrir las necesidades más básicas. Años después apareció en sus vidas Grover Morales, un vecino boliviano que se mostraba amable, religioso y dispuesto a ayudar. Les llevaba comida, hacía arreglos en la vivienda y fue convirtiéndose en alguien cercano. No irrumpió en la familia mediante la violencia, sino a través de aquello que más necesitaban: apoyo, confianza y una cierta sensación de seguridad.

Esto es importante porque la vulnerabilidad no convierte inevitablemente a nadie en víctima, pero sí ofrece oportunidades a quienes saben aprovecharse de ella. Cuando una familia carece de dinero, papeles, redes sociales y apoyos institucionales, cualquier persona que resuelva una necesidad concreta puede adquirir un poder enorme. La ayuda deja de ser solamente ayuda y puede convertirse en dependencia. Morales supo presentarse como alguien necesario hasta conseguir que los padres de Nada autorizaran ante notario que viajara con él a Bolivia. Supuestamente serían unas vacaciones de una semana, un premio porque la niña había sacado buenas notas. Nada tenía nueve años y nunca había subido a un avión. Para una niña que ocultaba ante sus compañeros que su familia no podía permitirse unas vacaciones, aquel viaje debía de parecer una aventura extraordinaria.

Lo que encontró al llegar fue algo muy distinto. Morales destruyó su pasaporte, la aisló, le cambió el nombre y comenzó a ejercer sobre ella un control cada vez mayor. La llevó hasta una comunidad de Aeminpu, un movimiento religioso mesiánico de origen andino, donde fue sometida a una ceremonia después de la cual él le dijo que ya era su esposa. No fue un matrimonio de conveniencia ni una costumbre cultural que debamos intentar comprender desde el relativismo. Fue un matrimonio infantil forzado, sin ninguna posibilidad de consentimiento, utilizado para justificar la apropiación de una niña. Durante los siete meses siguientes, Nada sufrió agresiones sexuales, violencia física, adoctrinamiento y explotación laboral en plantaciones de coca. Fue obligada a trabajar durante jornadas interminables mientras su captor le hacía creer que con aquel dinero podrían recuperar su pasaporte y regresar a España. La misma capacidad de esfuerzo que hasta entonces había empleado para estudiar la utilizó para sobrevivir.

Sin embargo, cuando Nada habla de lo que vivió, no se refiere únicamente a la violencia de su secuestrador. También recuerda la indiferencia de las personas que fueron apareciendo a su alrededor. Gente que veía a una niña de nueve años en una situación extraña, trabajando, aislada y presentada como la esposa de un adulto, pero que no preguntaba, no intervenía o prefería aceptar la explicación que resultara menos incómoda. A ella le sorprendió comprobar que podía estar rodeada de personas y continuar completamente sola. El peligro no procedía únicamente de quien la agredía, sino también de la tranquilidad con la que los demás conseguían convivir con aquello.

Quizá esa sea una de las partes más difíciles de aceptar. Solemos imaginar que, ante una situación extrema, cualquiera haría algo. Pensamos que denunciaríamos, que preguntaríamos o que intentaríamos proteger a la víctima. Sin embargo, la realidad está llena de personas que ven solo una parte, se convencen de que no saben suficiente, consideran que no les corresponde intervenir o esperan que alguien con más autoridad se haga cargo. La indiferencia no siempre consiste en no sentir nada. A veces consiste en sentir cierta incomodidad y encontrar rápidamente una explicación que nos permita seguir adelante sin implicarnos.

También aquí se mezclan muchas cuestiones que solemos analizar por separado. Hay migración, pero el origen marroquí de Nada no explica lo que le sucedió. Hay religión, pero reducirlo a un enfrentamiento entre creencias sería absurdo: el agresor utilizó una organización religiosa para ejercer el control y, años después, Nada encontró en el islam una fuente de consuelo y una forma de entender el perdón. Hay pobreza, pero la pobreza no secuestra ni agrede a nadie. Lo que hace es reducir las alternativas, aumentar las dependencias y permitir que determinadas amenazas permanezcan ocultas. Y hay un supuesto viaje hacia un lugar que desde Europa llamaríamos despectivamente «el tercer mundo», aunque el engaño se preparó en Barcelona, la familia quedó desprotegida en España y buena parte del abandono posterior también ocurrió aquí. La geografía no sirve para repartir civilización y barbarie de una manera tan cómoda.

Mientras Nada trataba de sobrevivir en Bolivia, se puso en marcha una investigación en la que participaron los Mossos d’Esquadra, la Guardia Civil y las autoridades bolivianas. La operación tuvo que atravesar fronteras, burocracias y tensiones políticas entre el Gobierno español y el de Evo Morales. Finalmente, dos agentes de la Guardia Civil consiguieron localizarla en la selva y sacarla con vida. Fue un trabajo policial extraordinario y conviene reconocerlo. Hay ocasiones en las que las instituciones funcionan, sus profesionales se implican y una actuación pública salva literalmente una vida. En marzo de 2014, Nada volvió a Barcelona agarrada de la mano de uno de los agentes que había participado en su rescate. Tenía diez años y seguía preocupada por si tendría que repetir curso. Durante el vuelo, el agente vio cómo guardaba en un bolsillo el pan que había sobrado de la comida. Había salido de la selva, pero su cuerpo y su cabeza continuaban preparados para sobrevivir.

Podríamos pensar que a partir de ese momento comenzó su recuperación. Sin embargo, lo que empezó fue otra etapa de desprotección, esta vez mucho menos llamativa y sin helicópteros, operaciones internacionales ni cámaras esperando en el aeropuerto. Nada fue separada de sus padres y pasó por dos centros de protección de menores. Aquella decisión podía resultar comprensible ante la gravedad de lo sucedido y la situación familiar, pero proteger a una niña no consiste solamente en apartarla temporalmente del peligro. Requiere ofrecerle estabilidad, vínculos seguros, atención psicológica, continuidad educativa y un proyecto de vida que no dependa únicamente de su capacidad para resistir. Después de varios años en centros, alrededor de los catorce fue devuelta al mismo entorno familiar precario del que había salido, pese a que sus padres habían sido condenados por abandono. Volvió a convivir con el miedo, la violencia, la falta de recursos y la inseguridad residencial.

Además, la administración que había asumido su protección no regularizó adecuadamente su situación documental. Nada llevaba en España desde los cuatro años y había sido reconocida como víctima de trata, pero llegó a la mayoría de edad sin una residencia que le permitiera trabajar con normalidad o solicitar determinadas becas. Habíamos conseguido traerla desde el interior de Bolivia, pero no darle unos papeles en el país en el que había crecido. Habíamos organizado una compleja operación policial para localizarla, pero no una intervención social suficientemente estable para evitar que volviera a pasar hambre, a dormir con miedo o a sentirse atrapada en su propia casa.

Al escuchar esta segunda parte resulta difícil no encontrar una continuidad con aquello que Nada cuenta sobre Bolivia. Ya no estaba delante la misma indiferencia ni se producía en las mismas circunstancias, pero el mecanismo se parecía demasiado. Allí hubo personas que vieron a una niña viviendo algo que no era normal y continuaron con sus vidas. En España hubo instituciones, profesionales y una sociedad que conocían, al menos parcialmente, su extrema vulnerabilidad, pero tampoco consiguieron ofrecerle una protección continuada. No afirmo que todas las personas que intervinieron miraran hacia otro lado. Sabemos que algunos policías, docentes y otros profesionales se preocuparon sinceramente por ella. Precisamente por eso sus actuaciones destacan tanto. El problema es que una vida no puede depender de que, dentro de un sistema que debería protegerla, aparezca de vez en cuando alguien dispuesto a ir más allá.

Desde el trabajo social, esa es quizá la parte de la historia que más me interpela. Nosotros también podemos acostumbrarnos a conocer situaciones muy graves sin llegar a verlas por completo. Podemos intervenir sobre una necesidad, rellenar un informe, realizar una derivación y confiar en que otra persona continuará el proceso. No siempre es indiferencia personal y muchas veces existen cargas de trabajo, falta de recursos, competencias administrativas fragmentadas o límites profesionales muy reales. Pero para quien necesita ayuda, la diferencia entre la indiferencia y un sistema incapaz de responder puede resultar bastante pequeña. El resultado es el mismo: su sufrimiento es conocido, queda registrado en algún lugar y, aun así, continúa.

Estamos acostumbrados a hablar de rescates como si fueran un momento concreto: abrir una puerta, detener a un agresor o sacar a alguien de un lugar peligroso. Sin embargo, el rescate verdadero suele comenzar después. Rescatar también es conseguir una vivienda segura, tramitar una autorización de residencia, acompañar un proceso terapéutico, mantener un entorno educativo estable y ofrecer una persona de referencia que no desaparezca cada vez que cambia el recurso, el profesional o el expediente. La protección no puede medirse únicamente por haber evitado el peor desenlace. Que una persona sobreviva no significa que la intervención haya funcionado.

Desde mi interés por la psicología, también me resulta especialmente duro pensar en cómo Nada tuvo que ordenar lo que le había sucedido. Durante años habló muy poco de Bolivia y llegó a interpretar aquello como una especie de viaje que había salido mal. No era una mentira consciente, sino una forma de colocar a distancia algo demasiado doloroso para poder integrarlo. Según ha contado ella misma, aprendió a explicar los hechos desde la parte más lógica de su mente mientras mantenía desconectadas las emociones. La disociación, el silencio y la aparente frialdad no son pruebas de que el trauma haya desaparecido. A veces son precisamente las herramientas que permiten continuar viviendo cuando todavía no existen condiciones seguras para mirar atrás.

La educación fue uno de los lugares en los que Nada encontró esa seguridad. Se esforzó por obtener las mejores notas, ganó un premio por un trabajo escolar y consiguió llegar a la universidad. Es tentador convertir esta parte en una historia de superación personal: si alguien que ha vivido todo aquello pudo estudiar, cualquiera podría hacerlo. Pero esa lectura sería profundamente injusta. Su capacidad, su inteligencia y su esfuerzo son admirables, aunque no pueden utilizarse para esconder todo lo que le faltó. La resiliencia explica que una persona haya conseguido mantenerse en pie, no que las condiciones que la rodeaban fueran aceptables. Celebrar su fortaleza sin señalar los fallos del sistema sería otra forma de mirar hacia otro lado.

A finales de 2022, la periodista Neus Sala quiso saber qué había sido de aquella niña a la que la policía había rescatado casi una década antes. La encontró estudiando, dando clases particulares y viviendo todavía en una enorme precariedad. Nada seguía sin papeles y sin los apoyos que necesitaba. Sala la ayudó a regularizar su situación, encontrar atención psicológica y acceder a una alternativa residencial. Su relación terminó convirtiéndose en algo mucho más personal que un trabajo periodístico y juntas han escrito Yo soy Nada. La historia de un secuestro y dos rescates. El segundo rescate no fue una operación policial, sino el inicio de un acompañamiento que permitió a Nada comprender su propia historia y empezar a construir una vida fuera de aquel entorno.

Pero esta segunda parte tampoco debería dejarnos tranquilos. Es bonito que una persona se implique y cambie la vida de otra, pero resulta preocupante que derechos tan básicos dependan de un encuentro casual y de la insistencia de alguien con contactos, conocimientos y voluntad de ayudar. Si Neus Sala no hubiera preguntado qué había pasado con aquella niña, ¿cuánto tiempo más habría permanecido Nada en la misma situación? El apoyo individual puede reparar parte del daño, pero no puede sustituir a un sistema de protección. Una vida no debería depender de tener la suerte de encontrarse con la persona adecuada.

Uso el plural en el título de forma consciente. Digo que sacamos a Nada de la selva porque aquella operación fue realizada por instituciones que también son nuestras y por profesionales que actuaron en nombre de la sociedad. Y digo que no supimos sacarla de la vulnerabilidad porque tampoco quiero observar el fracaso como si perteneciera únicamente a una administración lejana. Fallaron organismos concretos y habrá que determinar sus responsabilidades, pero también existe una forma colectiva de mirar estos casos. Nos conmueve el secuestro, admiramos el rescate y después perdemos el interés cuando comienza la parte lenta, cotidiana y menos visible de la recuperación.

Nada no quiere que el dolor se convierta en su identidad. Estudia Derecho y Relaciones Internacionales y quiere emplear su experiencia para defender a otras víctimas de trata y abuso. Tiene derecho a decidir cómo cuenta su historia y qué hace con ella, sin quedar condenada para siempre a ser «la niña secuestrada en Bolivia». Su vida no debe servir únicamente para emocionarnos ni para construir un relato extraordinario de supervivencia. También debería obligarnos a revisar qué entendemos por proteger y por qué tantas veces confundimos sacar a alguien del peligro con haber resuelto su vida.

Sacamos a Nada de la selva, y eso fue extraordinario. Lo que no supimos fue acompañarla después, garantizar sus derechos y ofrecerle la seguridad necesaria para dejar de vivir en modo supervivencia. Quizá porque rescatar durante unas horas puede ser una hazaña, mientras que cuidar durante años exige recursos, coordinación, profesionales, paciencia y una responsabilidad que no desaparezca cuando dejan de mirar las cámaras. La indiferencia que marcó su cautiverio no terminó completamente con su regreso a España, sino que adquirió formas menos evidentes y más fáciles de justificar. Ahí es donde la historia de Nada deja de ser solamente la historia excepcional de una niña y se convierte en una pregunta bastante incómoda para todos nosotros: cuántas cosas somos capaces de ver sin llegar realmente a mirarlas.

Cuando una palabra decide lo que vemos

Hay palabras que parecen describir una realidad cuando, en realidad, ya nos están diciendo cómo debemos interpretarla. Elegimos una palabra, la colocamos delante de un hecho y tenemos la sensación de que simplemente le hemos puesto nombre, como si el lenguaje fuera una especie de etiqueta transparente. Pero las palabras nunca llegan solas. Arrastran significados, recuerdos, imágenes, emociones y otras palabras que ni siquiera necesitamos pronunciar. Por eso me ha venido mucho a la cabeza estos días escuchar hablar de la «invasión» de Ceuta.

El 30 y 31 de julio entraron irregularmente en la ciudad alrededor de 72.000 personas desde Marruecos. La cifra resulta difícil incluso de imaginar en una ciudad pequeña y con una población de un tamaño parecido. Aquello desbordó capacidades administrativas, servicios sociales, recursos de protección de menores, seguridad y buena parte de la vida cotidiana de Ceuta. Negar que existió un problema enorme sería tan poco honesto como negar que un movimiento semejante de personas necesita control, planificación y una respuesta por parte del Estado. La cuestión no está en fingir que no pasó nada, sino en preguntarnos qué ocurre cuando dejamos de llamarlo entrada masiva, crisis migratoria o crisis fronteriza y empezamos a llamarlo invasión.

Puede parecer una discusión semántica, y en cierto modo lo es, pero precisamente por eso importa. Una invasión necesita invasores. Si hay invasores tiene que existir alguien invadido. Aparece un territorio amenazado, una frontera que defender y, casi inevitablemente, un enemigo. Nada de esto necesita ser explicado después porque la palabra ha hecho buena parte del trabajo por nosotros. Una palabra puede contener una conclusión antes incluso de que hayamos empezado a discutir los hechos, y ahí está una de las cosas que más me interesan del lenguaje: no solo sirve para contar lo que vemos, también puede preparar la forma en la que vamos a verlo.

La psicología del lenguaje lleva mucho tiempo estudiando algo que experimentamos constantemente aunque no sepamos ponerle nombre. Las palabras no funcionan como pequeñas etiquetas independientes almacenadas en nuestro cerebro. Cuando escuchamos una palabra activamos conceptos relacionados, experiencias anteriores, emociones y determinados modos de interpretar lo que viene después. No procesamos «invasión» como ocho letras y una definición de diccionario. Aparecen ejércitos, fronteras, ocupaciones, amenazas, resistencia y defensa. Por eso el lenguaje político importa tanto: no siempre es necesario falsear un hecho para condicionar cómo lo interpretamos, porque a veces basta con escoger cuidadosamente la palabra adecuada.

Quizá aquí se me mezclan dos aficiones, Chomsky y la psicología del lenguaje, pero siempre me ha fascinado que podamos discutir durante horas sobre una realidad sin reparar en que alguien eligió antes las palabras con las que íbamos a discutirla. Chomsky dedicó buena parte de su trabajo a mostrar hasta qué punto el lenguaje es una capacidad extraordinariamente compleja y creativa, y otra parte de su vida intelectual a preguntarse quién establece los términos en los que discutimos públicamente sobre el mundo. No hace falta convertir esto en una clase de lingüística para encontrar algo interesante ahí: antes incluso de empezar una discusión, puede haberse decidido ya el terreno sobre el que vamos a mantenerla. No vemos exactamente lo mismo cuando miramos a una persona que cruza una frontera que cuando miramos a un invasor, aunque físicamente tengamos delante a la misma persona.

Y esto tampoco significa idealizar a quien migra. Entre quienes llegaron a Ceuta habrá personas buenas y malas, como las hay entre quienes ya vivían allí. Habrá quien haya cometido delitos y quien nunca haya cometido ninguno, personas egoístas y solidarias, violentas y pacíficas, educadas y desagradables. Migrar no convierte a nadie en mejor persona, pero tampoco lo convierte en peor. Parece una obviedad, aunque buena parte del debate público funciona precisamente olvidándola. Cuando hablamos de miles de personas tendemos a convertirlas en una masa homogénea y dejamos de ver individuos, y ese paso resulta especialmente peligroso cuando la palabra elegida para nombrar a esa masa ya incorpora una carga de amenaza.

La migración puede provocar problemas reales. Una llegada de decenas de miles de personas en apenas unas horas a un territorio pequeño es un problema de gestión de primera magnitud, y quien vive en Ceuta tiene derecho a preocuparse por su seguridad, por sus servicios públicos, por los recursos disponibles y por cómo puede afectar una situación extraordinaria a su vida cotidiana. Reconocer esto no es xenofobia. Lo peligroso empieza cuando damos el siguiente salto y dejamos de hablar del problema que genera una determinada situación para convertir a un colectivo entero en el problema. La migración puede generar conflictos, tensiones y dificultades objetivas, pero eso no convierte automáticamente a cada persona migrante en una amenaza.

Tampoco deberíamos confundir responsabilidades. Estos días se discute sobre el posible papel de Marruecos en lo ocurrido y sobre si pudo existir algún grado de permisividad o utilización política de la frontera. Habrá que esclarecerlo y, si existió una utilización deliberada de seres humanos como instrumento de presión política, exigir las responsabilidades correspondientes. Pero incluso en ese supuesto seguiríamos necesitando distinguir algo elemental: quien utiliza a una persona como instrumento y la persona utilizada como instrumento no son necesariamente el mismo actor. Convertir al migrante en soldado porque alguien pueda haber utilizado su migración con una finalidad política vuelve a ser una decisión lingüística antes que una descripción de esa persona.

Y aquí inevitablemente termino pensando en Orwell. En 1984, la Neolengua pretendía reducir progresivamente el vocabulario porque, si desaparecían determinadas palabras, también resultaría cada vez más difícil formular determinados pensamientos. Es una distopía llevada al extremo y sería absurdo afirmar que utilizar una palabra como «invasión» nos sitúa en el mundo imaginado por Orwell. Pero su intuición continúa siendo incómodamente útil, porque quizá no siempre necesitemos eliminar palabras para estrechar la forma en la que pensamos. A veces basta con conseguir que unas sustituyan a otras de forma sistemática y terminen ocupando todo el espacio.

Una persona pasa a ser un ilegal, un grupo de personas se convierte en una oleada, una entrada masiva se transforma en una invasión y quienes cruzan una frontera pasan a ser invasores. Cada cambio parece pequeño, pero poco a poco cambia también aquello que nos parece razonable hacer con esas personas. Y este mecanismo no funciona únicamente con la inmigración. Llamar «incidente» a una tragedia, «daños colaterales» a civiles muertos, «ajuste» a un recorte o «flexibilización» a la pérdida de determinadas condiciones laborales también modifica aquello que estamos viendo. El lenguaje puede utilizarse para exagerar una amenaza, pero también para hacerla desaparecer o convertir en técnico aquello que tiene consecuencias profundamente humanas.

Por eso quizá la cuestión no sea encontrar palabras completamente neutras, porque probablemente no existan. La cuestión es ser conscientes de lo que hacemos cuando elegimos unas y descartamos otras, y de qué ideas estamos introduciendo de contrabando junto a cada palabra. Podemos discutir sobre inmigración, exigir fronteras controladas, mejores políticas migratorias, más recursos para Ceuta, cooperación europea, responsabilidades al Gobierno español o explicaciones a Marruecos. Podemos estar en desacuerdo en casi todo y seguir teniendo una conversación legítima. Pero convendría saber, al menos, cuándo estamos describiendo la realidad y cuándo una palabra ha empezado a decidir por nosotros qué realidad debemos ver.

La sociedad de los mínimos

Vivimos en una sociedad que dice valorar el esfuerzo. Lo repetimos constantemente: que las cosas importantes cuestan, que hay que trabajar duro, que quien se esfuerza acaba consiguiendo lo que se propone. Hemos convertido el sacrificio en una especie de medida moral. Cuando alguien consigue algo que consideramos valioso, buscamos detrás una historia de esfuerzo que nos permita pensar que se lo merece. Y cuando alguien no lo consigue, muchas veces hacemos la operación contraria: suponemos que no se esforzó lo suficiente. Sin embargo, cuando observamos cómo funcionan realmente muchos de los sistemas que organizan nuestra vida, encontramos algo bastante diferente: en la mayoría de ellos, el esfuerzo no es lo que se mide. Lo que se mide es el resultado.

Pensemos en algo tan sencillo como los estudios. Un estudiante puede pasar tres meses estudiando para un examen, comprender la asignatura, leer más allá de lo que aparece en los apuntes y dedicar horas a intentar entender aquello que no termina de comprender. Otro puede estudiar dos días, memorizar exactamente lo que suele aparecer en el examen y olvidarlo todo una semana después. Si el primero suspende y el segundo saca un diez, el sistema ya ha decidido quién ha obtenido un mejor resultado. El primero ha suspendido y el segundo ha aprobado. Da igual, a efectos de la calificación, cuánto tiempo ha dedicado cada uno, cuánto ha aprendido realmente o cuánto conocimiento conservará dentro de unos meses. La prueba tiene un objetivo concreto y ambos serán valorados en función de cómo respondan a ella.

Puede ocurrir incluso algo más paradójico. Imaginemos a una persona que conoce prácticamente toda la asignatura, pero que, ante la cantidad enorme de contenidos que tiene que estudiar, considera que determinados temas son secundarios y decide dedicarles menos tiempo. El examen pregunta precisamente por aquello que dejó de lado y suspende. Otra persona conoce mucho menos, pero ha identificado perfectamente qué contenidos son susceptibles de aparecer en la prueba y los ha preparado de manera exhaustiva. Saca un diez. ¿Quién sabe más? La respuesta no la encontraremos necesariamente en la nota. El examen ha medido cómo han respondido ambos ante unas preguntas concretas, en un momento concreto y bajo unas condiciones concretas. Y esto no significa que los exámenes no sirvan o que las evaluaciones sean inútiles. Significa algo mucho más sencillo: la medida que utilizamos nunca es exactamente aquello que pretendemos medir.

El problema aparece cuando aprendemos a vivir alrededor de esa medida. Si para aprobar necesitas un cinco, lo razonable es intentar sacar un cinco. Si para conseguir un determinado puesto necesitas superar una entrevista, preparas la entrevista. Si una empresa mide tu rendimiento mediante determinados indicadores, aprendes a mejorar esos indicadores. Si un sistema recompensa que completes determinadas tareas, centras tu esfuerzo en completarlas. No tiene por qué haber mala intención detrás. De hecho, puede ser perfectamente racional. Las personas respondemos a los incentivos que tenemos delante y aprendemos rápidamente qué comportamientos nos permiten conseguir aquello que buscamos. El problema empieza cuando aquello que inicialmente era una herramienta para medir un objetivo termina convirtiéndose en el objetivo en sí mismo.

Y aquí es donde empiezo a preguntarme si parte de lo que llamamos actualmente mediocridad no tendrá algo que ver con esto. No me refiero a afirmar que las nuevas generaciones sean menos inteligentes, menos capaces o tengan menos interés por hacer bien las cosas. Esa explicación sería demasiado sencilla y, además, habría que demostrarla. Cada generación tiende a pensar que la siguiente sabe menos, se esfuerza menos o tiene menos valores, y probablemente dentro de unas décadas alguien estará diciendo exactamente lo mismo de quienes hoy consideramos jóvenes. Pero sí creo que podemos estar construyendo una cultura en la que hacer lo suficiente resulta mucho más rentable que intentar hacer algo excepcional. Y eso es diferente de decir que las personas sean peores.

La excelencia suele exigir hacer más de lo que se pide. Estudiar algo que no va a entrar en el examen porque realmente quieres comprenderlo. Revisar un trabajo cuando ya cumple los requisitos porque sabes que puede quedar mejor. Aprender una habilidad que no necesitas inmediatamente. Leer sobre algo simplemente porque te interesa. Dedicar tiempo a entender una cuestión que nadie te va a evaluar. Todo eso tiene un coste y requiere una motivación que va más allá de conseguir una recompensa inmediata. La mediocridad, entendida no como hacer las cosas mal sino como conformarse sistemáticamente con lo suficiente, tiene una ventaja evidente: consume menos recursos. Si un trabajo está aprobado con un cinco, dedicar otras diez horas para convertirlo en un nueve puede aportar muy poco si la recompensa que recibes es prácticamente la misma. Si el sistema reconoce de la misma manera haber cumplido y haberlo hecho extraordinariamente bien, la excelencia empieza a parecer un esfuerzo difícil de justificar.

Esto puede ayudarnos a entender algo que muchas veces interpretamos exclusivamente como un problema individual. Decimos que alguien es conformista, que no tiene ambición, que no quiere aprender más, que hace las cosas sin interés o que se limita a cumplir. Pero quizá deberíamos preguntarnos también qué incentivos tiene esa persona para hacer algo diferente. Si durante años le hemos enseñado que lo importante es conseguir resultados, superar pruebas, obtener títulos, cumplir objetivos y alcanzar determinados indicadores, no debería sorprendernos que haya aprendido a concentrar sus esfuerzos exactamente en aquello que produce esos resultados. Quizá no estamos ante una generación que no quiera esforzarse. Quizá estamos ante generaciones que han aprendido a administrar el esfuerzo de una manera mucho más eficiente.

Y aquí aparece una paradoja bastante interesante: una sociedad obsesionada con medir el rendimiento puede acabar produciendo personas obsesionadas con alcanzar el mínimo rendimiento necesario para superar la siguiente medición. Cuando todo se convierte en una prueba que hay que superar, dejamos de preguntarnos qué estamos aprendiendo realmente. Cuando el título importa más que los conocimientos que hay detrás, el título se convierte en el objetivo. Cuando el indicador importa más que aquello que pretendía representar, mejorar el indicador acaba siendo más importante que mejorar aquello que realmente debería importarnos. Y cuando una persona descubre que obtener un resultado concreto requiere diez unidades de esfuerzo, pero que quince unidades no le proporcionan ninguna recompensa adicional, es bastante lógico que termine empleando diez.

Esto también nos obliga a revisar nuestra idea de meritocracia. Nos gusta pensar que vivimos en una sociedad en la que cada uno obtiene aquello que merece en función de su esfuerzo. Es una idea atractiva porque ofrece una explicación sencilla del mundo: quien trabaja obtiene resultados y quien no los obtiene no ha trabajado lo suficiente. El problema es que el resultado no nos cuenta el camino. No sabemos cuánto ha estudiado una persona que aprueba, cuánto ha trabajado quien consigue un puesto, cuánto apoyo ha tenido quien alcanza el éxito o cuántas veces ha podido equivocarse antes de conseguirlo. Tampoco sabemos cuánto esfuerzo hay detrás de un fracaso. Una persona puede haberlo intentado todo y suspender; puede haber trabajado durante años y no haber conseguido prosperar; puede haber desarrollado capacidades extraordinarias que nunca han coincidido con aquello que el sistema necesitaba medir.

De hecho, quizá una de las mayores trampas de la meritocracia sea que interpretamos el camino a partir del resultado. Si alguien tiene éxito, tendemos a pensar que se lo ha ganado, que ha trabajado duro y que probablemente ha hecho las cosas bien. Si fracasa, buscamos qué hizo mal, cuánto le faltó esforzarse o qué decisiones equivocadas tomó. El resultado termina condicionando nuestra interpretación de todo lo que ocurrió antes. El éxito parece demostrar el mérito y el fracaso parece demostrar su ausencia, aunque en realidad ninguno de los dos nos permita conocer completamente las circunstancias que han intervenido.

Y volvemos así al esfuerzo. Tal vez el esfuerzo no haya perdido valor porque las personas sean peores. Tal vez haya perdido valor porque cada vez somos mejores identificando qué esfuerzo merece la pena hacer y cuál no. Si estudiar veinte horas no mejora significativamente tu resultado respecto a estudiar diez, estudiar veinte deja de ser una decisión racional. Si hacer un trabajo excelente no te proporciona ninguna ventaja respecto a hacerlo correctamente, la excelencia empieza a parecer un lujo. Si nadie reconoce lo que sabes y solo reconoce que hayas superado la prueba, aprender más allá de la prueba deja de tener una utilidad evidente. No es necesariamente falta de compromiso. Puede ser simplemente adaptación.

El problema es que esta lógica, aplicada una y otra vez, puede terminar generando algo que sí se parece bastante a la mediocridad. No porque las personas sean incapaces de hacer cosas extraordinarias, sino porque dejamos de crear razones para que quieran hacerlas. Una sociedad necesita personas que hagan las cosas bien incluso cuando nadie las está evaluando, que quieran comprender aunque no haya un examen, que mejoren un trabajo aunque ya cumpla los requisitos y que desarrollen capacidades que quizá nunca aparezcan en una prueba. Pero para que eso ocurra necesitamos algo más que decirles que se esfuercen. Necesitamos que exista algún sentido en ese esfuerzo.

Quizá por eso deberíamos dejar de plantear el debate exclusivamente en términos de «las nuevas generaciones no se esfuerzan». Puede que algunas personas se esfuercen menos, como ha ocurrido siempre, pero también puede que estemos ante algo diferente: personas que han aprendido perfectamente las reglas del juego. Si el sistema les dice que lo importante es aprobar, aprobarán. Si les dice que lo importante es conseguir un título, conseguirán el título. Si les dice que lo importante es alcanzar un determinado indicador, alcanzarán el indicador. Y si después les preguntamos por qué no han ido más allá, quizá la respuesta más sencilla sea también la más incómoda: porque nadie se lo pidió y porque hacerlo no cambiaba el resultado.

Al final, una sociedad no educa solamente mediante aquello que dice. También educa mediante aquello que recompensa. Podemos repetir que hay que esforzarse, que hay que estudiar, que hay que ser responsable, que hay que buscar la excelencia y que las cosas bien hechas tienen valor. Pero si después la recompensa depende exclusivamente de superar una prueba, alcanzar un número o cumplir un mínimo, estaremos transmitiendo otro mensaje mucho más poderoso: no importa cuánto hagas, importa que llegues. Y cuando ese mensaje se repite durante años, no debería extrañarnos que muchas personas aprendan a recorrer el camino más corto posible hasta ese resultado.

Quizá esa sea una de las contradicciones de nuestro tiempo. Hemos convertido el resultado en la medida de casi todo y, al mismo tiempo, nos preguntamos por qué cada vez parece importar menos el camino. Nos preocupa la mediocridad, pero hemos construido numerosos sistemas en los que la suficiencia y la excelencia reciben recompensas muy parecidas. Nos quejamos de que alguien estudia para aprobar y no para aprender, pero después le evaluamos fundamentalmente por si ha aprobado. Criticamos al trabajador que hace exactamente lo que se le exige, pero muchas organizaciones son incapaces de reconocer aquello que queda fuera de sus indicadores. Pedimos iniciativa, compromiso y excelencia mientras seguimos midiendo a las personas principalmente por resultados concretos.

Tal vez no deberíamos preguntarnos solamente por qué la gente se esfuerza menos. Tal vez deberíamos preguntarnos qué hemos hecho para que esforzarse más deje de tener sentido. Porque quizá el problema no sea que las personas hayan dejado de querer hacer las cosas bien, sino que hemos construido demasiados contextos en los que hacerlas bien y hacerlas suficientemente bien producen prácticamente el mismo resultado.

Y si eso es cierto, entonces la mediocridad no sería únicamente un problema de las personas. También sería, en parte, el resultado lógico de una sociedad que ha aprendido a premiar el mínimo necesario para llegar a donde quiere llegar. No estamos necesariamente enseñando a las personas a hacer las cosas mal. Quizá estamos enseñándoles algo mucho más eficiente: a no hacer nada que no sea necesario.

Hay trabajos de los que cuesta salir

El otro día, a raíz de un caso, hablaba con una compañera sobre el acoso laboral. En algún momento de la conversación me dijo algo así como: «¿Por qué no escribes uno de esos artículos que haces tú sobre esto?». Y la verdad es que llevaba tiempo pensando en hacerlo, porque me preocupa especialmente hasta qué punto el trabajo puede acabar afectando a la salud mental de quienes pasan buena parte de su vida en él.

Quizá porque seguimos pasando una parte demasiado importante de nuestra vida trabajando como para continuar hablando del trabajo únicamente en términos de productividad, salarios, horarios o resultados. Trabajar también significa convivir, relacionarse, depender de decisiones de otras personas y formar parte de una organización en la que, inevitablemente, existen jerarquías y relaciones de poder. Todo eso tiene consecuencias. El trabajo puede ser un espacio de desarrollo, de aprendizaje y de relaciones positivas, pero también puede convertirse en un lugar en el que una persona empieza a deteriorarse poco a poco sin que, desde fuera, sea siempre fácil comprender lo que está ocurriendo.

Conviene decirlo desde el principio: no todo conflicto laboral es mobbing. No toda discusión con un responsable, una mala relación entre compañeros o una decisión injusta de una empresa constituye acoso laboral. Utilizar el término para cualquier problema acaba por vaciarlo de significado y, paradójicamente, también dificulta identificar las situaciones en las que realmente existe un hostigamiento continuado hacia una persona.

Pero el hecho de que no todo sea acoso no significa que el problema sea menor de lo que parece. Hay situaciones en las que una persona comienza a acudir a su puesto de trabajo sabiendo que, de una manera u otra, ese día volverá a ser cuestionada, ignorada, desacreditada o puesta en una situación de permanente inseguridad. Situaciones en las que la crítica deja de tener como objetivo mejorar el trabajo y se convierte en una forma de desgaste. Situaciones en las que se retira información, se excluye a una persona de determinados espacios, se cuestiona constantemente su capacidad o se consigue que cualquier cosa que haga parezca insuficiente.

Además, este tipo de situaciones no siempre comienzan de una forma evidente. Nadie entra un lunes por la mañana en una empresa completamente seguro de sí mismo y sale el viernes convencido de que no vale para nada. Normalmente el proceso es mucho más lento. Puede empezar con una crítica que parece excesiva, una decisión difícil de entender, un comentario delante de otras personas o una reunión a la que de repente ya no te convocan. Poco a poco, la persona puede empezar a sentir que la información deja de llegarle, que cualquier error adquiere una dimensión desproporcionada y que, haga lo que haga, siempre habrá algo que pueda utilizarse para cuestionarla.

Con el tiempo, acudir al trabajo puede convertirse en vivir en un estado permanente de alerta. Pero el problema no termina necesariamente cuando termina la jornada. Y aquí creo que merece la pena detenerse en algo que normalmente damos por hecho: salir del trabajo no es lo mismo que dejar el trabajo.

Cuando termina tu jornada, te vas. Cierras la puerta de la empresa, vuelves a casa y, en teoría, el trabajo queda allí hasta el día siguiente. A las ocho horas, a las tres de la tarde o a la hora que corresponda según cada jornada, termina el tiempo que has vendido a cambio de un salario y comienza tu vida fuera del trabajo. Esa debería ser, al menos en parte, la lógica.

Sin embargo, cuando una persona está sufriendo una situación de acoso laboral, muchas veces no consigue salir realmente del trabajo aunque físicamente ya esté en casa. Se lleva consigo la conversación que ha tenido con su responsable, el comentario que alguien ha hecho delante de los demás, la reunión que ha terminado mal o la incertidumbre sobre lo que puede encontrarse al día siguiente. Empieza a darle vueltas una y otra vez a lo ocurrido, a preguntarse qué ha hecho mal, qué debería haber dicho o cómo puede evitar que vuelva a suceder.

El trabajo se cuela entonces en espacios que deberían estar al margen. Está presente durante la comida, en una conversación con la pareja, mientras se intenta disfrutar de un fin de semana o cuando llega la noche y cuesta dormir. No porque la persona quiera seguir trabajando, sino porque mentalmente no consigue desconectar de un lugar en el que pasa una parte importante de su vida y donde siente que está siendo atacada, cuestionada o permanentemente puesta a prueba.

Esa es una de las consecuencias que, creo, se entienden peor desde fuera. Quien observa la situación puede pensar que basta con llegar a casa y olvidarse. Pero no es tan sencillo cuando sabes que al día siguiente tendrás que volver al mismo sitio. El problema no ha terminado, simplemente se ha interrumpido durante unas horas.

Y después llega otro momento diferente: dejar el trabajo. Presentar una baja voluntaria, ser despedido, finalizar una relación laboral o encontrar otro empleo y marcharse. Esta vez sí existe una ruptura con aquella empresa. Ya no tendrás que volver al día siguiente. Ya no compartirás espacio con las mismas personas. Ya no dependerás de aquel responsable ni tendrás que soportar aquellas dinámicas.

Sin embargo, dejar un trabajo tampoco significa necesariamente dejar atrás lo que has vivido allí.

De hecho, creo que esa es una de las consecuencias más importantes y de las que menos hablamos cuando hablamos de acoso laboral. Solemos centrar el debate en lo que ocurre mientras la persona continúa dentro de la empresa: si debe denunciar, si puede demostrar lo que está ocurriendo, si existe un protocolo, si interviene Recursos Humanos, si el deterioro de su salud termina provocando una incapacidad temporal o si finalmente termina marchándose. Pero hablamos bastante menos de lo que ocurre después, cuando esa persona ya no trabaja allí.

Porque quien ha pasado demasiado tiempo en un entorno laboral en el que ha sido cuestionado, desacreditado o sometido a una situación continuada de hostigamiento puede llevarse consigo algo mucho más difícil de dejar atrás. Puede empezar a desconfiar de su propio criterio, tener miedo a cometer errores que antes habría considerado normales o interpretar una observación de un nuevo responsable como el posible inicio de algo que ya conoce demasiado bien. Una reunión inesperada, una petición de explicaciones sobre su trabajo o un cambio en la organización pueden adquirir un significado que quizá no tendrían para alguien que no ha pasado por una experiencia similar.

Y, sobre todo, puede aparecer el miedo a volver a empezar. Buscar empleo debería ser, en principio, la posibilidad de encontrar una nueva oportunidad. Sin embargo, para alguien que ha salido tocado de una experiencia laboral de este tipo, también puede convertirse en una nueva fuente de ansiedad. Porque no solo tiene que enfrentarse a una entrevista, a la incertidumbre económica o a la dificultad de encontrar un puesto adecuado. Tiene que volver a confiar en una empresa y en las personas que van a tener algún tipo de poder sobre su trabajo.

¿Cómo saber si esta vez será diferente? ¿Cómo distinguir una empresa exigente de una organización en la que determinadas formas de tratar a las personas están normalizadas? ¿Cómo volver a confiar en un responsable cuando la última experiencia con alguien que tenía poder sobre ti terminó convirtiéndose en una fuente de angustia? ¿Cómo explicar en una entrevista por qué dejaste tu anterior trabajo sin tener que revivir constantemente una experiencia de la que quizá todavía no te has recuperado?

Hay algo especialmente duro en esta situación: para la mayoría de las personas, trabajar no es una elección de la que puedan prescindir. Hay que buscar ingresos, mantener una estabilidad y seguir adelante. Pero algunas personas vuelven al mercado laboral con una mochila que no aparece en el currículum. Puede que tengan experiencia, formación y capacidad suficiente para desempeñar un puesto, pero al mismo tiempo hayan perdido una parte importante de la seguridad que tenían antes de entrar en aquel entorno.

A veces el daño llega incluso más lejos. Después de escuchar durante demasiado tiempo que eres conflictivo, problemático, lento, incompetente, difícil o incapaz, puede llegar un momento en que empieces a preguntarte si quizá todo aquello era verdad. Esa es una de las consecuencias más perversas de determinados procesos de acoso: la persona que ha sufrido el daño puede terminar incorporando el discurso de quien se lo ha causado. Ya no necesita escuchar constantemente que no sirve, porque empieza a repetirlo para sí misma.

Por eso me cuesta aceptar esa idea, bastante extendida, de que cuando una persona deja un entorno laboral tóxico el problema simplemente termina. En realidad, dejarlo puede ser solo el primer paso para empezar a recuperarse. Y esa recuperación puede ser larga, especialmente cuando el trabajo ha dejado de ser un lugar en el que una persona se sentía competente y ha terminado convirtiéndose en el espacio donde ha aprendido a dudar constantemente de sí misma.

En todo esto hay también una cuestión que creo que merece una reflexión incómoda: la responsabilidad de las organizaciones. Cuando una persona denuncia una situación de posible acoso laboral, las empresas suelen contar, o deberían contar, con protocolos para investigar lo ocurrido. Sobre el papel, esto es necesario. Los procedimientos internos y las comisiones de investigación pueden ser herramientas útiles para detectar y abordar situaciones que de otro modo quedarían ocultas. El problema aparece cuando la propia organización que está siendo cuestionada forma parte, al mismo tiempo, del proceso encargado de determinar qué ha sucedido.

No estoy diciendo que todas las investigaciones internas estén diseñadas para proteger a la empresa ni que todas las comisiones lleguen necesariamente a conclusiones interesadas. Sería falso y demasiado sencillo afirmarlo. Pero tampoco podemos ignorar una contradicción evidente: ¿hasta qué punto puede una organización investigarse a sí misma con absoluta independencia cuando una determinada conclusión puede poner en cuestión a sus responsables, su cultura organizativa o su forma de gestionar?

Porque el acoso laboral no siempre es únicamente el problema de una persona concreta. Hay responsables que pueden ejercer formas de abuso de poder y compañeros que participan, alimentan determinadas dinámicas o simplemente miran hacia otro lado. Pero también existen organizaciones en las que ciertas formas de ejercer la autoridad se toleran, se normalizan o se justifican en nombre de la productividad, la exigencia o una determinada manera de entender el trabajo. Y cuando esto ocurre, reducir todo a un conflicto entre dos personas puede ser una forma bastante eficaz de no mirar demasiado hacia dentro.

A veces, después de una denuncia, la conclusión es que no se han podido acreditar los hechos o que existe un conflicto interpersonal. Evidentemente, cada caso tiene sus circunstancias, sus pruebas y sus garantías, y no se puede dar por probado aquello que no ha podido demostrarse. Pero también conviene recordar que la dificultad para acreditar una situación no significa automáticamente que no haya existido. Para la persona que denuncia, el resultado puede ser especialmente duro si siente que no solo ha sufrido una situación que considera dañina, sino que además ha tenido que demostrarla frente a una organización que cuenta con muchos más recursos que ella.

Aquí es donde creo que el papel de la representación de los trabajadores y de los sindicatos sigue siendo importante. No porque un sindicato tenga que dar automáticamente la razón a cualquier persona que acuda a él ni porque deba convertir cualquier conflicto laboral en una guerra contra la empresa. Defender los derechos de los trabajadores no consiste en sustituir una investigación seria por consignas o en negar que los conflictos laborales pueden ser complejos.

Pero sí consiste en evitar que una persona tenga que enfrentarse completamente sola a una organización. Cuando existe un conflicto de este tipo hay una evidente desigualdad de recursos. La empresa tiene estructura, responsables, procedimientos internos y, en muchos casos, asesoramiento jurídico y técnico. El trabajador puede encontrarse, precisamente, atravesando un momento de desgaste psicológico en el que denunciar, recopilar información, acudir a reuniones o simplemente mantener su puesto de trabajo ya supone un esfuerzo enorme. Tener detrás una representación sindical que acompañe, pregunte, cuestione y exija garantías no debería verse como un problema para la empresa. Debería formar parte de las condiciones necesarias para que una persona no tenga que enfrentarse sola a una situación que puede afectarle profundamente.

Por eso la prevención de los riesgos psicosociales no debería convertirse en un documento guardado en una carpeta, ni los protocolos contra el acoso en un procedimiento que solo cobra vida cuando alguien se atreve a denunciar. Una organización que realmente quiere prevenir estas situaciones tiene que preguntarse también qué está ocurriendo antes de que una persona llegue al límite. Tiene que escuchar, detectar determinadas dinámicas e intervenir cuando todavía es posible evitar que el daño siga creciendo.

Y, sobre todo, tiene que entender que proteger la salud de las personas que trabajan allí no es una concesión ni una muestra de buena voluntad. Forma parte de su responsabilidad.

Hay otra cuestión sobre la que llevo tiempo pensando y para la que no creo que exista una respuesta sencilla. ¿Existe alguna relación entre el bullying que se produce durante la etapa escolar y las dinámicas de acoso que pueden aparecer años después en el trabajo? No me refiero a establecer una línea automática entre una cosa y otra. No creo que quien sufrió acoso en el colegio esté condenado a volver a sufrirlo de adulto, ni que un niño que participó en situaciones de bullying vaya a convertirse inevitablemente en un jefe acosador. Las personas cambian, los contextos son distintos y reducir trayectorias vitales complejas a una especie de destino sería absurdo.

Pero tampoco me parece una pregunta sin sentido. La escuela y el trabajo son espacios diferentes, pero ambos son lugares donde convivimos con otras personas, donde existen grupos, jerarquías, liderazgos, necesidad de pertenencia y relaciones de poder. Las formas pueden cambiar. El acoso escolar puede ser más visible y directo, mientras que el laboral puede adoptar formas mucho más sutiles, burocráticas y difíciles de demostrar. Sin embargo, detrás de ambos fenómenos pueden aparecer mecanismos conocidos: la exclusión, la construcción de un grupo contra una persona, la humillación, el silencio de quienes observan y la utilización de una posición de poder.

Quizá sería interesante preguntarnos qué aprendemos sobre estas dinámicas a lo largo de nuestra vida. Si determinadas experiencias de exclusión pueden hacernos más sensibles al rechazo o, por el contrario, acostumbrarnos a soportar durante demasiado tiempo situaciones que nunca deberíamos haber normalizado. Si algunas personas que han sufrido determinadas formas de violencia relacional desarrollan mecanismos para protegerse, mientras que otras pueden quedar más expuestas a volver a encontrarse en relaciones de poder desequilibradas. No tengo una respuesta cerrada y probablemente tampoco debería tenerla, pero creo que merece la pena plantear la pregunta.

Porque tal vez el problema del acoso, tanto en la escuela como en el trabajo, no sea únicamente quién agrede y quién recibe el daño. También importa qué hacen quienes están alrededor. Quién participa, quién guarda silencio y quién, teniendo capacidad para intervenir, decide no hacerlo. Las dinámicas de acoso rara vez se sostienen únicamente por la acción de una persona cuando todo lo demás alrededor funciona correctamente.

Quizá por eso deberíamos revisar con más seriedad lo que ocurre dentro de muchas organizaciones. No basta con afirmar que existe tolerancia cero contra el acoso si, en la práctica, todo el mundo sabe que determinadas personas pueden comportarse de una manera que otros no podrían permitirse. No basta con tener un protocolo si quienes podrían utilizarlo tienen miedo de hacerlo. Y tampoco basta con hablar de salud mental en el trabajo mientras se mantiene una forma de organización en la que algunas personas terminan enfermando precisamente por las condiciones en las que trabajan.

La salud mental de las personas trabajadoras no empieza a importar cuando un médico determina que una persona no está en condiciones de trabajar y emite una baja médica. Empieza mucho antes, en la manera en que se organiza el trabajo, en cómo se distribuye el poder, en la forma en que se ejerce la autoridad y en la importancia real que se da a las relaciones humanas dentro de una empresa.

Quizá por eso hay trabajos de los que cuesta salir. Cuesta salir de ellos cada día, cuando termina la jornada pero sabes que al día siguiente tendrás que volver y que lo ocurrido seguirá allí esperándote. Y también puede costar dejarlos definitivamente, porque aunque consigas cambiar de empresa, encontrar otro empleo o poner fin a aquella relación laboral, no siempre consigues dejar inmediatamente atrás lo que has vivido.

Hay personas que salen de la empresa a las tres de la tarde, pero el trabajo sigue ocupando su cabeza hasta la mañana siguiente. Y hay otras que, después de dejarla definitivamente, descubren que una parte de aquella experiencia las ha acompañado al siguiente empleo, a la siguiente entrevista o a la forma en que vuelven a relacionarse con el trabajo.

Salir del trabajo debería significar poder volver a casa. Dejar un trabajo que te ha hecho daño debería permitir empezar de nuevo. Pero cuando el acoso ha dejado huella, ninguna de las dos cosas resulta siempre tan sencilla. Quizá por eso, antes de preguntarnos únicamente cómo resolver un conflicto cuando ya ha estallado, deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo para evitar que una persona llegue a un punto en el que ni siquiera consiga salir del trabajo cuando ya se ha ido de él.

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