Un espacio personal de Diego Navarro

Etiqueta: salud mental

Hay trabajos de los que cuesta salir

El otro día, a raíz de un caso, hablaba con una compañera sobre el acoso laboral. En algún momento de la conversación me dijo algo así como: «¿Por qué no escribes uno de esos artículos que haces tú sobre esto?». Y la verdad es que llevaba tiempo pensando en hacerlo, porque me preocupa especialmente hasta qué punto el trabajo puede acabar afectando a la salud mental de quienes pasan buena parte de su vida en él.

Quizá porque seguimos pasando una parte demasiado importante de nuestra vida trabajando como para continuar hablando del trabajo únicamente en términos de productividad, salarios, horarios o resultados. Trabajar también significa convivir, relacionarse, depender de decisiones de otras personas y formar parte de una organización en la que, inevitablemente, existen jerarquías y relaciones de poder. Todo eso tiene consecuencias. El trabajo puede ser un espacio de desarrollo, de aprendizaje y de relaciones positivas, pero también puede convertirse en un lugar en el que una persona empieza a deteriorarse poco a poco sin que, desde fuera, sea siempre fácil comprender lo que está ocurriendo.

Conviene decirlo desde el principio: no todo conflicto laboral es mobbing. No toda discusión con un responsable, una mala relación entre compañeros o una decisión injusta de una empresa constituye acoso laboral. Utilizar el término para cualquier problema acaba por vaciarlo de significado y, paradójicamente, también dificulta identificar las situaciones en las que realmente existe un hostigamiento continuado hacia una persona.

Pero el hecho de que no todo sea acoso no significa que el problema sea menor de lo que parece. Hay situaciones en las que una persona comienza a acudir a su puesto de trabajo sabiendo que, de una manera u otra, ese día volverá a ser cuestionada, ignorada, desacreditada o puesta en una situación de permanente inseguridad. Situaciones en las que la crítica deja de tener como objetivo mejorar el trabajo y se convierte en una forma de desgaste. Situaciones en las que se retira información, se excluye a una persona de determinados espacios, se cuestiona constantemente su capacidad o se consigue que cualquier cosa que haga parezca insuficiente.

Además, este tipo de situaciones no siempre comienzan de una forma evidente. Nadie entra un lunes por la mañana en una empresa completamente seguro de sí mismo y sale el viernes convencido de que no vale para nada. Normalmente el proceso es mucho más lento. Puede empezar con una crítica que parece excesiva, una decisión difícil de entender, un comentario delante de otras personas o una reunión a la que de repente ya no te convocan. Poco a poco, la persona puede empezar a sentir que la información deja de llegarle, que cualquier error adquiere una dimensión desproporcionada y que, haga lo que haga, siempre habrá algo que pueda utilizarse para cuestionarla.

Con el tiempo, acudir al trabajo puede convertirse en vivir en un estado permanente de alerta. Pero el problema no termina necesariamente cuando termina la jornada. Y aquí creo que merece la pena detenerse en algo que normalmente damos por hecho: salir del trabajo no es lo mismo que dejar el trabajo.

Cuando termina tu jornada, te vas. Cierras la puerta de la empresa, vuelves a casa y, en teoría, el trabajo queda allí hasta el día siguiente. A las ocho horas, a las tres de la tarde o a la hora que corresponda según cada jornada, termina el tiempo que has vendido a cambio de un salario y comienza tu vida fuera del trabajo. Esa debería ser, al menos en parte, la lógica.

Sin embargo, cuando una persona está sufriendo una situación de acoso laboral, muchas veces no consigue salir realmente del trabajo aunque físicamente ya esté en casa. Se lleva consigo la conversación que ha tenido con su responsable, el comentario que alguien ha hecho delante de los demás, la reunión que ha terminado mal o la incertidumbre sobre lo que puede encontrarse al día siguiente. Empieza a darle vueltas una y otra vez a lo ocurrido, a preguntarse qué ha hecho mal, qué debería haber dicho o cómo puede evitar que vuelva a suceder.

El trabajo se cuela entonces en espacios que deberían estar al margen. Está presente durante la comida, en una conversación con la pareja, mientras se intenta disfrutar de un fin de semana o cuando llega la noche y cuesta dormir. No porque la persona quiera seguir trabajando, sino porque mentalmente no consigue desconectar de un lugar en el que pasa una parte importante de su vida y donde siente que está siendo atacada, cuestionada o permanentemente puesta a prueba.

Esa es una de las consecuencias que, creo, se entienden peor desde fuera. Quien observa la situación puede pensar que basta con llegar a casa y olvidarse. Pero no es tan sencillo cuando sabes que al día siguiente tendrás que volver al mismo sitio. El problema no ha terminado, simplemente se ha interrumpido durante unas horas.

Y después llega otro momento diferente: dejar el trabajo. Presentar una baja voluntaria, ser despedido, finalizar una relación laboral o encontrar otro empleo y marcharse. Esta vez sí existe una ruptura con aquella empresa. Ya no tendrás que volver al día siguiente. Ya no compartirás espacio con las mismas personas. Ya no dependerás de aquel responsable ni tendrás que soportar aquellas dinámicas.

Sin embargo, dejar un trabajo tampoco significa necesariamente dejar atrás lo que has vivido allí.

De hecho, creo que esa es una de las consecuencias más importantes y de las que menos hablamos cuando hablamos de acoso laboral. Solemos centrar el debate en lo que ocurre mientras la persona continúa dentro de la empresa: si debe denunciar, si puede demostrar lo que está ocurriendo, si existe un protocolo, si interviene Recursos Humanos, si el deterioro de su salud termina provocando una incapacidad temporal o si finalmente termina marchándose. Pero hablamos bastante menos de lo que ocurre después, cuando esa persona ya no trabaja allí.

Porque quien ha pasado demasiado tiempo en un entorno laboral en el que ha sido cuestionado, desacreditado o sometido a una situación continuada de hostigamiento puede llevarse consigo algo mucho más difícil de dejar atrás. Puede empezar a desconfiar de su propio criterio, tener miedo a cometer errores que antes habría considerado normales o interpretar una observación de un nuevo responsable como el posible inicio de algo que ya conoce demasiado bien. Una reunión inesperada, una petición de explicaciones sobre su trabajo o un cambio en la organización pueden adquirir un significado que quizá no tendrían para alguien que no ha pasado por una experiencia similar.

Y, sobre todo, puede aparecer el miedo a volver a empezar. Buscar empleo debería ser, en principio, la posibilidad de encontrar una nueva oportunidad. Sin embargo, para alguien que ha salido tocado de una experiencia laboral de este tipo, también puede convertirse en una nueva fuente de ansiedad. Porque no solo tiene que enfrentarse a una entrevista, a la incertidumbre económica o a la dificultad de encontrar un puesto adecuado. Tiene que volver a confiar en una empresa y en las personas que van a tener algún tipo de poder sobre su trabajo.

¿Cómo saber si esta vez será diferente? ¿Cómo distinguir una empresa exigente de una organización en la que determinadas formas de tratar a las personas están normalizadas? ¿Cómo volver a confiar en un responsable cuando la última experiencia con alguien que tenía poder sobre ti terminó convirtiéndose en una fuente de angustia? ¿Cómo explicar en una entrevista por qué dejaste tu anterior trabajo sin tener que revivir constantemente una experiencia de la que quizá todavía no te has recuperado?

Hay algo especialmente duro en esta situación: para la mayoría de las personas, trabajar no es una elección de la que puedan prescindir. Hay que buscar ingresos, mantener una estabilidad y seguir adelante. Pero algunas personas vuelven al mercado laboral con una mochila que no aparece en el currículum. Puede que tengan experiencia, formación y capacidad suficiente para desempeñar un puesto, pero al mismo tiempo hayan perdido una parte importante de la seguridad que tenían antes de entrar en aquel entorno.

A veces el daño llega incluso más lejos. Después de escuchar durante demasiado tiempo que eres conflictivo, problemático, lento, incompetente, difícil o incapaz, puede llegar un momento en que empieces a preguntarte si quizá todo aquello era verdad. Esa es una de las consecuencias más perversas de determinados procesos de acoso: la persona que ha sufrido el daño puede terminar incorporando el discurso de quien se lo ha causado. Ya no necesita escuchar constantemente que no sirve, porque empieza a repetirlo para sí misma.

Por eso me cuesta aceptar esa idea, bastante extendida, de que cuando una persona deja un entorno laboral tóxico el problema simplemente termina. En realidad, dejarlo puede ser solo el primer paso para empezar a recuperarse. Y esa recuperación puede ser larga, especialmente cuando el trabajo ha dejado de ser un lugar en el que una persona se sentía competente y ha terminado convirtiéndose en el espacio donde ha aprendido a dudar constantemente de sí misma.

En todo esto hay también una cuestión que creo que merece una reflexión incómoda: la responsabilidad de las organizaciones. Cuando una persona denuncia una situación de posible acoso laboral, las empresas suelen contar, o deberían contar, con protocolos para investigar lo ocurrido. Sobre el papel, esto es necesario. Los procedimientos internos y las comisiones de investigación pueden ser herramientas útiles para detectar y abordar situaciones que de otro modo quedarían ocultas. El problema aparece cuando la propia organización que está siendo cuestionada forma parte, al mismo tiempo, del proceso encargado de determinar qué ha sucedido.

No estoy diciendo que todas las investigaciones internas estén diseñadas para proteger a la empresa ni que todas las comisiones lleguen necesariamente a conclusiones interesadas. Sería falso y demasiado sencillo afirmarlo. Pero tampoco podemos ignorar una contradicción evidente: ¿hasta qué punto puede una organización investigarse a sí misma con absoluta independencia cuando una determinada conclusión puede poner en cuestión a sus responsables, su cultura organizativa o su forma de gestionar?

Porque el acoso laboral no siempre es únicamente el problema de una persona concreta. Hay responsables que pueden ejercer formas de abuso de poder y compañeros que participan, alimentan determinadas dinámicas o simplemente miran hacia otro lado. Pero también existen organizaciones en las que ciertas formas de ejercer la autoridad se toleran, se normalizan o se justifican en nombre de la productividad, la exigencia o una determinada manera de entender el trabajo. Y cuando esto ocurre, reducir todo a un conflicto entre dos personas puede ser una forma bastante eficaz de no mirar demasiado hacia dentro.

A veces, después de una denuncia, la conclusión es que no se han podido acreditar los hechos o que existe un conflicto interpersonal. Evidentemente, cada caso tiene sus circunstancias, sus pruebas y sus garantías, y no se puede dar por probado aquello que no ha podido demostrarse. Pero también conviene recordar que la dificultad para acreditar una situación no significa automáticamente que no haya existido. Para la persona que denuncia, el resultado puede ser especialmente duro si siente que no solo ha sufrido una situación que considera dañina, sino que además ha tenido que demostrarla frente a una organización que cuenta con muchos más recursos que ella.

Aquí es donde creo que el papel de la representación de los trabajadores y de los sindicatos sigue siendo importante. No porque un sindicato tenga que dar automáticamente la razón a cualquier persona que acuda a él ni porque deba convertir cualquier conflicto laboral en una guerra contra la empresa. Defender los derechos de los trabajadores no consiste en sustituir una investigación seria por consignas o en negar que los conflictos laborales pueden ser complejos.

Pero sí consiste en evitar que una persona tenga que enfrentarse completamente sola a una organización. Cuando existe un conflicto de este tipo hay una evidente desigualdad de recursos. La empresa tiene estructura, responsables, procedimientos internos y, en muchos casos, asesoramiento jurídico y técnico. El trabajador puede encontrarse, precisamente, atravesando un momento de desgaste psicológico en el que denunciar, recopilar información, acudir a reuniones o simplemente mantener su puesto de trabajo ya supone un esfuerzo enorme. Tener detrás una representación sindical que acompañe, pregunte, cuestione y exija garantías no debería verse como un problema para la empresa. Debería formar parte de las condiciones necesarias para que una persona no tenga que enfrentarse sola a una situación que puede afectarle profundamente.

Por eso la prevención de los riesgos psicosociales no debería convertirse en un documento guardado en una carpeta, ni los protocolos contra el acoso en un procedimiento que solo cobra vida cuando alguien se atreve a denunciar. Una organización que realmente quiere prevenir estas situaciones tiene que preguntarse también qué está ocurriendo antes de que una persona llegue al límite. Tiene que escuchar, detectar determinadas dinámicas e intervenir cuando todavía es posible evitar que el daño siga creciendo.

Y, sobre todo, tiene que entender que proteger la salud de las personas que trabajan allí no es una concesión ni una muestra de buena voluntad. Forma parte de su responsabilidad.

Hay otra cuestión sobre la que llevo tiempo pensando y para la que no creo que exista una respuesta sencilla. ¿Existe alguna relación entre el bullying que se produce durante la etapa escolar y las dinámicas de acoso que pueden aparecer años después en el trabajo? No me refiero a establecer una línea automática entre una cosa y otra. No creo que quien sufrió acoso en el colegio esté condenado a volver a sufrirlo de adulto, ni que un niño que participó en situaciones de bullying vaya a convertirse inevitablemente en un jefe acosador. Las personas cambian, los contextos son distintos y reducir trayectorias vitales complejas a una especie de destino sería absurdo.

Pero tampoco me parece una pregunta sin sentido. La escuela y el trabajo son espacios diferentes, pero ambos son lugares donde convivimos con otras personas, donde existen grupos, jerarquías, liderazgos, necesidad de pertenencia y relaciones de poder. Las formas pueden cambiar. El acoso escolar puede ser más visible y directo, mientras que el laboral puede adoptar formas mucho más sutiles, burocráticas y difíciles de demostrar. Sin embargo, detrás de ambos fenómenos pueden aparecer mecanismos conocidos: la exclusión, la construcción de un grupo contra una persona, la humillación, el silencio de quienes observan y la utilización de una posición de poder.

Quizá sería interesante preguntarnos qué aprendemos sobre estas dinámicas a lo largo de nuestra vida. Si determinadas experiencias de exclusión pueden hacernos más sensibles al rechazo o, por el contrario, acostumbrarnos a soportar durante demasiado tiempo situaciones que nunca deberíamos haber normalizado. Si algunas personas que han sufrido determinadas formas de violencia relacional desarrollan mecanismos para protegerse, mientras que otras pueden quedar más expuestas a volver a encontrarse en relaciones de poder desequilibradas. No tengo una respuesta cerrada y probablemente tampoco debería tenerla, pero creo que merece la pena plantear la pregunta.

Porque tal vez el problema del acoso, tanto en la escuela como en el trabajo, no sea únicamente quién agrede y quién recibe el daño. También importa qué hacen quienes están alrededor. Quién participa, quién guarda silencio y quién, teniendo capacidad para intervenir, decide no hacerlo. Las dinámicas de acoso rara vez se sostienen únicamente por la acción de una persona cuando todo lo demás alrededor funciona correctamente.

Quizá por eso deberíamos revisar con más seriedad lo que ocurre dentro de muchas organizaciones. No basta con afirmar que existe tolerancia cero contra el acoso si, en la práctica, todo el mundo sabe que determinadas personas pueden comportarse de una manera que otros no podrían permitirse. No basta con tener un protocolo si quienes podrían utilizarlo tienen miedo de hacerlo. Y tampoco basta con hablar de salud mental en el trabajo mientras se mantiene una forma de organización en la que algunas personas terminan enfermando precisamente por las condiciones en las que trabajan.

La salud mental de las personas trabajadoras no empieza a importar cuando un médico determina que una persona no está en condiciones de trabajar y emite una baja médica. Empieza mucho antes, en la manera en que se organiza el trabajo, en cómo se distribuye el poder, en la forma en que se ejerce la autoridad y en la importancia real que se da a las relaciones humanas dentro de una empresa.

Quizá por eso hay trabajos de los que cuesta salir. Cuesta salir de ellos cada día, cuando termina la jornada pero sabes que al día siguiente tendrás que volver y que lo ocurrido seguirá allí esperándote. Y también puede costar dejarlos definitivamente, porque aunque consigas cambiar de empresa, encontrar otro empleo o poner fin a aquella relación laboral, no siempre consigues dejar inmediatamente atrás lo que has vivido.

Hay personas que salen de la empresa a las tres de la tarde, pero el trabajo sigue ocupando su cabeza hasta la mañana siguiente. Y hay otras que, después de dejarla definitivamente, descubren que una parte de aquella experiencia las ha acompañado al siguiente empleo, a la siguiente entrevista o a la forma en que vuelven a relacionarse con el trabajo.

Salir del trabajo debería significar poder volver a casa. Dejar un trabajo que te ha hecho daño debería permitir empezar de nuevo. Pero cuando el acoso ha dejado huella, ninguna de las dos cosas resulta siempre tan sencilla. Quizá por eso, antes de preguntarnos únicamente cómo resolver un conflicto cuando ya ha estallado, deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo para evitar que una persona llegue a un punto en el que ni siquiera consiga salir del trabajo cuando ya se ha ido de él.

Ozempic frente a la idea social de que hay que sufrir para adelgazar

Hay algo que me llama la atención cada vez que aparece una conversación sobre Ozempic, Mounjaro y los medicamentos que han cambiado en poco tiempo la forma en la que hablamos de la pérdida de peso. Me interesan muchas de las cuestiones que rodean a estos medicamentos: si realmente funcionan, cuáles son sus efectos secundarios, qué riesgos pueden tener y, especialmente, el enorme negocio que las compañías farmacéuticas están construyendo alrededor de ellos. Sobre algunas de estas cuestiones, como los efectos secundarios, prefiero no entrar demasiado porque no soy médico y creo que conviene hablar desde el conocimiento que uno tiene. Sobre otras, como el negocio farmacéutico y la manera en que se está desarrollando este mercado, sí tengo una opinión bastante clara. Pero hay otra cuestión que me parece también especialmente interesante: la reacción que provocan en una parte de la sociedad. Parece que no basta con que una persona consiga perder peso. Necesitamos saber cómo lo ha conseguido y, sobre todo, cuánto le ha costado.

Si alguien adelgaza después de meses de dieta, gimnasio, restricciones, hambre y disciplina, solemos considerar que ha hecho las cosas bien. Hay un componente casi moral en ese reconocimiento: ha tenido fuerza de voluntad, se ha sacrificado, ha sido constante y, por tanto, se ha ganado el resultado. Pero si esa misma persona consigue perder peso con ayuda de un medicamento, aparece rápidamente la idea de que ha elegido el camino fácil, como si el valor de adelgazar dependiera también de cuánto sufrimiento hayamos podido observar durante el proceso. Y es precisamente esa reacción la que me interesa explorar, porque detrás de ella hay algo que va bastante más allá de Ozempic o Mounjaro: nuestra manera de entender el cuerpo, la salud, la responsabilidad individual y hasta el mérito.

¿Por qué necesitamos que adelgazar cueste?

Vivimos en una sociedad en la que el esfuerzo tiene un valor enorme. No solamente nos gusta conseguir resultados, sino que tendemos a considerar que los resultados son más legítimos cuando creemos que han requerido sacrificio. Lo hacemos constantemente: admiramos a quien ha trabajado mucho para conseguir algo, desconfiamos de quien parece haberlo obtenido demasiado fácilmente y atribuimos parte del mérito de una persona a la dificultad del camino que ha recorrido. Con el peso corporal ocurre algo especialmente llamativo porque, en nuestra cultura, adelgazar se ha convertido en algo más que una cuestión relacionada con la salud. También se ha convertido en una demostración de disciplina. El cuerpo puede terminar funcionando como una especie de escaparate de nuestra supuesta fuerza de voluntad: un cuerpo delgado puede interpretarse como la prueba visible de que una persona se cuida, se controla y sabe renunciar, mientras que un cuerpo gordo se interpreta demasiadas veces como la prueba contraria.

La psicología social lleva años estudiando esta relación entre esfuerzo y valoración de las personas. Ya en 2016 un estudio encontró que el esfuerzo que las personas atribuían a alguien para perder peso influía en la valoración que hacían de esa persona. Investigaciones más recientes han trasladado esta cuestión directamente a los medicamentos GLP-1. En un estudio publicado en 2025, cuando una persona perdía peso utilizando Ozempic, se consideraba que había realizado menos esfuerzo y que merecía menos reconocimiento que otra que conseguía la misma pérdida de peso mediante dieta y ejercicio. Incluso cuando se explicaba que también había realizado dieta y ejercicio, el uso del medicamento seguía reduciendo la percepción de esfuerzo y de reconocimiento asociada al resultado.

Esto me parece bastante revelador, porque entonces la pregunta deja de ser solamente si una persona está más sana o se encuentra mejor y pasa a ser cuánto creemos que se lo ha trabajado. Y no termino de entender por qué necesitamos que la salud tenga una parte de sufrimiento para considerarla legítima.

El hambre tampoco es solamente una cuestión de voluntad

Aquí aparece una pequeña cuestión médica y psicológica que creo que conviene explicar, precisamente porque ayuda a entender el debate sin convertir el artículo en un texto sobre farmacología. Ozempic no es un quemagrasas. Mounjaro tampoco. La semaglutida, principio activo de Ozempic, es un agonista de los receptores GLP-1: imita la acción de una hormona que participa en la regulación de la glucosa, favorece determinados mecanismos relacionados con la producción de insulina y, a través de su acción sobre el sistema nervioso, interviene en la regulación del apetito y la sensación de saciedad. La tirzepatida, principio activo de Mounjaro, actúa sobre dos sistemas, los receptores GIP y GLP-1. En ambos casos estamos hablando de medicamentos que modifican mecanismos fisiológicos relacionados con el hambre y la ingesta, no de productos que simplemente “queman” la grasa corporal.

Y esto introduce una cuestión psicológica bastante interesante. Durante mucho tiempo hemos hablado del hambre como si fuera exclusivamente una decisión: si tienes hambre, comes; si quieres adelgazar, simplemente decides comer menos. Pero nuestro comportamiento alimentario no funciona de una manera tan sencilla. El hambre, la saciedad, la recompensa asociada a la comida y la regulación de la ingesta están influidos por mecanismos biológicos y psicológicos que no controlamos conscientemente en todo momento. El hecho de que podamos decidir qué comemos no significa que podamos decidir cuándo sentimos hambre del mismo modo que decidimos qué ropa ponernos.

Esto no significa que nuestra conducta no importe ni que las decisiones personales sean irrelevantes. Significa algo mucho más sencillo: que el hecho de que podamos tomar decisiones sobre nuestra alimentación no significa que todo lo relacionado con el hambre dependa exclusivamente de nuestra voluntad. Y quizá deberíamos tenerlo presente antes de juzgar a una persona por no haber conseguido adelgazar mediante una supuesta fuerza de voluntad suficiente.

Si existe un tratamiento, ¿por qué nos molesta que alguien lo utilice?

Aquí es donde creo que la discusión se vuelve especialmente interesante. No estoy planteando que todo el mundo deba utilizar estos medicamentos ni que sean adecuados para cualquier persona que quiera perder unos kilos. Tampoco creo que debamos ignorar sus efectos secundarios, sus contraindicaciones, los problemas que puedan surgir con un uso inadecuado o las consecuencias que puede tener convertirlos en productos de consumo asociados a una determinada estética corporal. Son medicamentos y, como cualquier medicamento, tienen riesgos y beneficios que deben valorarse individualmente.

Pero una cosa es discutir eso y otra muy diferente convertir su utilización en una cuestión moral. Si una persona tiene obesidad y un riesgo elevado de sufrir problemas de salud relacionados con ella, y un tratamiento puede ayudarla a perder peso y mejorar determinados factores de riesgo, ¿por qué debería importarnos si lo ha conseguido con menos esfuerzo del que nosotros consideramos necesario?. A nadie le parece especialmente inmoral que una persona con hipertensión utilice un medicamento para controlar su presión arterial en lugar de demostrar que ha sido capaz de conseguirlo únicamente mediante dieta y ejercicio. Tampoco solemos pensar que alguien con diabetes está haciendo trampas porque necesita medicación para controlar su enfermedad.

Sin embargo, con el peso aparece una exigencia diferente. Parece que no basta con conseguir el resultado. Necesitamos aprobar también el método y, cuanto más difícil haya sido el camino, más mérito le atribuimos. Es como si adelgazar tuviera que superar una especie de examen moral en el que no solo importa llegar a la meta, sino demostrar que hemos sufrido lo suficiente para merecerla.

El problema es cuando convertimos la salud en una cuestión de carácter

Quizá una de las razones por las que esta conversación genera tantas reacciones sea que todavía tenemos una tendencia muy fuerte a interpretar el peso como una característica que depende fundamentalmente de las decisiones individuales. Si pensamos que una persona pesa demasiado porque no se controla, entonces adelgazar mediante dieta y ejercicio parece demostrar que finalmente ha conseguido corregirse. Si utiliza un medicamento, esa narrativa se rompe, porque aparece una ayuda externa que demuestra que quizá la cuestión no era tan sencilla como queríamos pensar.

Y aquí aparece algo que me parece especialmente importante: la utilización de estos medicamentos no está eliminando necesariamente el estigma asociado al peso. De hecho, puede estar creando una nueva forma de juicio. La persona que adelgaza con un GLP-1 puede ser percibida como alguien que ha tomado un atajo, y esa percepción se relaciona con valoraciones más negativas sobre ella. Una investigación publicada en 2026, basada en cuatro estudios realizados en Bélgica, Estados Unidos y Reino Unido, encontró que las personas que utilizaban medicamentos contra la obesidad eran percibidas como menos morales y también recibían valoraciones más negativas en aspectos como competencia, calidez o merecimiento. Los autores relacionan estos juicios, en parte, con la percepción de que habían realizado menos esfuerzo.

Otra investigación experimental publicada también en 2026 encontró que una persona descrita como alguien que había perdido peso utilizando un GLP-1 recibía una valoración más negativa que otra que había perdido la misma cantidad de peso mediante dieta y ejercicio. Es decir, el mismo resultado puede ser valorado de manera diferente dependiendo del camino que imaginemos que ha seguido la persona para conseguirlo.

Es bastante paradójico. Durante años hemos culpado a las personas con obesidad de no hacer suficiente esfuerzo para adelgazar. Ahora que existe una herramienta que puede facilitar la pérdida de peso, podemos seguir culpándolas, pero por haber utilizado esa herramienta. Parece que necesitamos mantener intacta la idea de que el peso dice algo sobre la persona, sobre su carácter, su disciplina o su capacidad para controlarse.

Y sí, las farmacéuticas también tienen mucho que decir

Sería ingenuo ignorar que detrás de todo esto existe un negocio enorme. Y en este punto creo que es importante no caer en una falsa neutralidad. Las compañías farmacéuticas tienen intereses económicos y el mercado de los medicamentos relacionados con la obesidad y la diabetes se ha convertido en uno de los grandes negocios de la industria. No es una sospecha ni una teoría: los propios resultados económicos de las compañías muestran la dimensión que está alcanzando este mercado. Novo Nordisk, fabricante de Ozempic y Wegovy, registró en 2025 unas ventas de 82.347 millones de coronas danesas en su área de obesidad, frente a 65.146 millones en 2024. Eli Lilly, fabricante de Mounjaro y Zepbound, ingresó en 2025 unos 22.965 millones de dólares por Mounjaro y otros 13.542 millones por Zepbound.

Por tanto, sí, hay un negocio enorme detrás de estos medicamentos. Y precisamente por eso creo que debemos mirarlo con cierta distancia. Cuando una herramienta médica empieza a generar semejantes cantidades de dinero y, además, aparece en el centro de una sociedad obsesionada con el peso, es razonable preguntarse qué parte pertenece al ámbito sanitario y qué parte empieza a responder a la lógica del mercado.

También deberíamos preguntarnos quién puede acceder a estos tratamientos, cuánto cuestan, qué ocurre cuando una persona los necesita pero no puede pagarlos y qué sucede cuando un medicamento pensado para tratar determinadas condiciones médicas empieza a ser presentado socialmente como una solución para conseguir un determinado cuerpo. La industria no crea por sí sola la obsesión por adelgazar, pero tampoco es ajena a ella. Cuando existe una enorme demanda social por modificar el cuerpo y, al mismo tiempo, aparece un producto capaz de hacerlo de una manera eficaz, la oportunidad comercial es evidente.

Pero tampoco creo que la crítica a las farmacéuticas tenga que llevarnos al extremo contrario. Que una empresa gane muchísimo dinero con un medicamento no significa automáticamente que ese medicamento sea inútil o que todas las personas que lo utilizan estén siendo engañadas. Podemos cuestionar el negocio, exigir regulación, transparencia, investigación independiente y acceso equitativo y, al mismo tiempo, reconocer que puede existir una utilidad médica real. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Lo que sí me preocupa es que terminemos aceptando con demasiada facilidad que una cuestión sanitaria se convierta en un enorme mercado de consumo alrededor del cuerpo. Porque entonces corremos el riesgo de que la pregunta deje de ser ¿qué necesita esta persona para mejorar su salud? y pase a ser ¿qué producto necesita para parecerse al cuerpo que socialmente consideramos deseable?.

De medicamento para la diabetes a fenómeno social

Hay otra cuestión que tampoco deja de resultarme llamativa. Estos medicamentos no nacieron simplemente como una respuesta estética a una sociedad que quería adelgazar. La semaglutida forma parte de una familia de medicamentos desarrollados para intervenir en procesos metabólicos y Ozempic está aprobado para mejorar el control de la glucosa en adultos con diabetes tipo 2, además de la dieta y el ejercicio. La tirzepatida también tiene una indicación específica para la diabetes tipo 2 bajo la marca Mounjaro, mientras que otras formulaciones y marcas de estos principios activos tienen indicaciones relacionadas con el control crónico del peso.

Sin embargo, en muy poco tiempo el imaginario social ha conseguido convertir estos medicamentos en algo mucho más sencillo: las inyecciones para adelgazar. La diabetes tipo 2 sigue existiendo, por supuesto, y para quienes conviven con ella estos medicamentos pueden formar parte de un tratamiento médico. Pero esa realidad ha quedado bastante eclipsada en la conversación pública por los famosos que han perdido peso, las fotografías del antes y el después, las discusiones sobre cuántos kilos se pueden perder y la obsesión por conseguir determinados cuerpos.

Y quizá eso también dice bastante de nosotros. Una herramienta terapéutica relacionada con una enfermedad metabólica puede terminar convertida en un fenómeno cultural porque la parte que más nos interesa no es necesariamente la enfermedad, sino el cuerpo que podemos cambiar. La diabetes interesa menos que la báscula.

Incluso existe una paradoja en todo esto. Durante años hemos querido combatir la idea de que la obesidad es simplemente una cuestión de voluntad y hemos intentado entenderla como un problema en el que intervienen factores biológicos, psicológicos y sociales. Los medicamentos GLP-1 podrían contribuir a esa mirada más compleja, porque su propio funcionamiento recuerda que el hambre y la regulación del peso tienen una dimensión fisiológica que no se reduce a la voluntad. Pero, al mismo tiempo, el enorme interés social que despiertan puede reforzar otra idea igualmente problemática: que cualquier cuerpo que no encaje en determinado modelo debe ser modificado.

El cuerpo como responsabilidad individual

Quizá aquí esté la parte más social de toda esta historia. Hemos construido una sociedad que habla constantemente de responsabilidad individual. Si tienes una mala situación económica, deberías esforzarte más. Si tienes problemas de salud, deberías cuidarte. Si estás estresado, deberías aprender a gestionarlo. Y si tienes un cuerpo que no encaja en el modelo que consideramos saludable o atractivo, deberías hacer algo para cambiarlo.

Hay algo cómodo en esa explicación porque convierte problemas complejos en decisiones individuales. Si todo depende de lo que haga cada persona, no tenemos que mirar demasiado al entorno, a las condiciones sociales, a la alimentación disponible, a los horarios laborales, a la educación, a la salud mental, a la genética, a las desigualdades económicas o a la propia relación que hemos construido con el cuerpo.

Y con el peso ocurre algo especialmente evidente. El cuerpo se convierte en una especie de currículum visible. Miramos a una persona y creemos poder saber si se cuida, si tiene disciplina, si come bien o si hace ejercicio. Incluso creemos poder saber si merece reconocimiento cuando consigue cambiarlo.

Los medicamentos GLP-1 ponen todo eso en cuestión porque permiten que algunas personas consigan un resultado que antes asociábamos casi exclusivamente al esfuerzo visible. Y quizá por eso generan tanta incomodidad. No porque adelgazar con un medicamento sea necesariamente peor, sino porque rompe una relación que teníamos muy interiorizada entre resultado y sacrificio.

No deberíamos necesitar que alguien sufra para reconocer que está mejor

En el fondo, creo que esta discusión habla de algo bastante más amplio que Ozempic o Mounjaro. Habla de nuestra necesidad de encontrar culpables y de convertir determinadas condiciones de salud en una cuestión de carácter. Nos gusta pensar que cada persona controla completamente su cuerpo porque esa explicación resulta sencilla: si alguien está delgado, ha hecho las cosas bien; si alguien está gordo, no las ha hecho bien; si consigue adelgazar haciendo dieta y ejercicio, ha demostrado que tenía voluntad; si lo consigue con un medicamento, ha tomado un atajo.

Pero la realidad es bastante menos cómoda que eso. Nuestro cuerpo no es un proyecto completamente controlable. La alimentación no es únicamente una suma de decisiones racionales. El hambre no depende exclusivamente de la voluntad. La genética, el metabolismo, el entorno, la salud mental, las condiciones sociales, los hábitos adquiridos y muchos otros factores participan en algo que solemos reducir a una frase tan sencilla como come menos y muévete más.

Por supuesto que existen decisiones personales. Por supuesto que los hábitos importan y, por supuesto, los medicamentos tampoco son una solución mágica ni están exentos de riesgos. Tampoco creo que debamos convertirlos en una especie de milagro médico ni ignorar sus efectos secundarios porque nos interese defender una determinada posición. Precisamente porque son medicamentos, deben utilizarse cuando están indicados y bajo supervisión sanitaria. Pero reconocer todo eso no debería obligarnos a volver a la vieja idea de que quien no consigue adelgazar suficientemente es, sencillamente, alguien que no se ha esforzado lo suficiente.

Quizá el problema sea que seguimos confundiendo salud con mérito. Una persona no debería tener que demostrar cuánto ha sufrido para que reconozcamos que está mejor. Si un tratamiento médico puede ayudar a alguien que lo necesita, utilizarlo no convierte su pérdida de peso en menos legítima. Y si otra persona prefiere hacerlo mediante dieta, ejercicio o cualquier otra estrategia adecuada, tampoco necesita que su esfuerzo sea utilizado para juzgar a quien ha elegido otro camino.

No se trata de defender Ozempic. Tampoco de demonizarlo. Se trata de preguntarnos qué hacemos nosotros con la persona que lo utiliza.

Porque podemos discutir sus efectos, sus riesgos, el papel de las farmacéuticas, el precio de los tratamientos, el acceso desigual o la transformación de estos medicamentos en un fenómeno de consumo. Todo eso merece ser discutido y, en algunos casos, criticado. Pero ninguna de esas discusiones debería convertir a quien necesita un tratamiento en alguien que tiene que justificar moralmente por qué ha decidido utilizarlo.

Al final, quizá la pregunta que deberíamos hacernos no sea por qué algunas personas adelgazan con Ozempic o Mounjaro. Quizá deberíamos preguntarnos por qué nos molesta tanto que alguien pueda mejorar sin sufrir tanto como nosotros creemos que debería sufrir.

Porque si lo que realmente nos importa es la salud, el resultado debería importar bastante más que nuestra necesidad de decidir quién se lo ha ganado.

Bajas laborales: cuando el trabajo enferma, pero nadie mira a la empresa

Hay palabras que no son inocentes. Palabras que, a fuerza de repetirse, terminan construyendo una determinada forma de mirar la realidad. Absentismo laboral es una de ellas. Cada cierto tiempo aparecen titulares, informes empresariales y discursos preocupados por el aumento de las ausencias al trabajo. Se habla de costes, productividad, competitividad y jornadas perdidas. Y en medio de todas esas cifras, con demasiada frecuencia, acaba apareciendo también la persona que está de baja médica, como si estar enfermo fuera simplemente no haber ido a trabajar.

Una baja laboral no es una decisión unilateral del trabajador de quedarse en casa. Es una situación de incapacidad temporal reconocida porque, durante un periodo determinado, una persona no se encuentra en condiciones de desempeñar su trabajo. Puede deberse a una enfermedad común, a un accidente, a una enfermedad profesional o a otras situaciones contempladas por nuestro sistema de protección social. No es un privilegio concedido por la empresa ni una muestra de falta de compromiso. Es un mecanismo de protección de la salud y un derecho vinculado a nuestro sistema de Seguridad Social.

Confundir una baja laboral con el absentismo es uno de los errores más frecuentes del debate público. Una incapacidad temporal reconocida médicamente no es una conducta irresponsable ni una falta de compromiso con el trabajo: es un derecho del trabajador cuando su estado de salud le impide desempeñar su actividad. Equipararla a quien decide no acudir a su puesto sin causa justificada no solo es jurídicamente incorrecto, sino que además contribuye a estigmatizar a quienes realmente están enfermos.

Esto no significa negar que puedan existir fraudes o abusos. Existen, como existen en prácticamente cualquier ámbito de la vida social, empresarial o institucional. Pero convertir la excepción en la explicación general es una forma interesada de construir el problema. Cuando una persona falta injustificadamente a su puesto de trabajo estamos ante una situación muy diferente de aquella en la que un profesional sanitario determina que no puede trabajar. Meter ambas realidades en el mismo saco puede ser útil para determinadas estadísticas, pero socialmente tiene consecuencias: convierte la enfermedad en sospecha. Y esa sospecha, además, nunca se reparte por igual.

Cuando aumentan las bajas laborales, una de las primeras preguntas suele ser qué les ocurre a los trabajadores. Se habla de su salud, de su capacidad para afrontar la presión, de su resiliencia, de sus problemas personales, de sus hábitos o de su manera de gestionar las emociones. La mirada se dirige inmediatamente hacia el individuo. Es él quien enferma y, por tanto, parece lógico concluir que el problema está en él. Sin embargo, hay una pregunta que hacemos con mucha menos frecuencia: ¿qué está ocurriendo en los lugares de trabajo?.

Esta cuestión resulta especialmente importante cuando hablamos del aumento de los problemas de salud mental relacionados, directa o indirectamente, con el trabajo. Ansiedad, depresión, agotamiento emocional, insomnio, miedo constante a equivocarse, sensación de no llegar nunca, conflictos enquistados, acoso, falta de reconocimiento, incertidumbre permanente o la obligación de trabajar durante años dentro de dinámicas profundamente deterioradas. No todo malestar psicológico tiene su origen en el empleo, evidentemente. Sería tan simplista afirmar eso como sostener lo contrario. Pero tampoco podemos seguir tratando el entorno laboral como si fuera un escenario neutro en el que las personas simplemente entran con sus problemas desde casa. El trabajo puede proteger la salud mental, pero también puede deteriorarla.

Hay organizaciones en las que la sobrecarga se ha convertido en normalidad, equipos que funcionan permanentemente al límite y responsabilidades que aumentan sin que aumenten los recursos. Hay mandos que confunden dirigir con controlar, culturas empresariales donde reconocer que no se puede más se interpreta como debilidad y conflictos que nunca se resuelven, sino que simplemente se dejan pudrir. En esos entornos, muchos trabajadores aprenden a callar porque saben que señalar un problema puede convertirlos precisamente en el problema. Y cuando finalmente alguien enferma, el sistema vuelve a individualizar lo ocurrido.

La persona recibe una baja médica. Acude a terapia, si puede acceder a ella. Aprende técnicas para gestionar la ansiedad. Trabaja su autoestima, sus límites, su capacidad de afrontamiento o su regulación emocional. Quizá toma medicación y quizá pasa semanas o meses intentando recuperarse. Todo el esfuerzo se concentra en conseguir que esa persona vuelva a estar en condiciones de regresar al mismo lugar del que salió enferma, mientras la organización puede continuar exactamente igual.

Esta es una de las contradicciones que más deberíamos cuestionar. Podemos invertir enormes esfuerzos en reparar individualmente a trabajadores dañados sin preguntarnos seriamente qué elementos del entorno contribuyeron a ese daño. La persona tiene que cambiar, adaptarse, fortalecerse y aprender nuevas herramientas. La empresa, en cambio, puede limitarse a esperar su reincorporación. Y cuando llega la vuelta, con demasiada frecuencia, quien regresa después de una baja relacionada con su salud mental vuelve al mismo puesto, a la misma carga de trabajo, al mismo responsable, al mismo conflicto y a las mismas dinámicas que existían antes de marcharse.

Incluso puede regresar bajo una nueva mirada: la del trabajador frágil, problemático o poco fiable. A veces no hace falta que nadie lo diga expresamente. Se percibe en los comentarios, en determinadas decisiones o en esa pregunta aparentemente inocente sobre si ahora será capaz de aguantar. Y quizá esa palabra, aguantar, explique buena parte del problema.

Hemos normalizado que un buen trabajador es quien aguanta, quien sigue adelante aunque esté agotado, quien no se queja, quien no coge una baja, quien responde mensajes fuera de horario y quien asume más tareas porque «todos estamos igual». Hemos llegado a convertir el deterioro de la propia salud en una demostración de compromiso profesional. Parece que cuanto más soporta una persona antes de romperse, mejor trabajador ha sido.

Desde una perspectiva sindical, defender el derecho a la baja no consiste en celebrar que las personas enfermen ni en ignorar el impacto que las ausencias pueden tener sobre los equipos. Precisamente porque una baja afecta también a los compañeros, resulta imprescindible mirar cómo se gestionan las plantillas. Cuando una ausencia provoca que el resto tenga que asumir una carga insoportable, el problema no es que el trabajador enfermo haya ejercido su derecho a recuperarse. El problema es una organización que funciona sin margen suficiente para asumir algo tan previsible como que las personas, en algún momento de su vida laboral, pueden enfermar.

Culpabilizar al compañero que está de baja puede ser cómodo. Evita preguntarse por qué una sola ausencia desestabiliza todo un servicio, por qué no se sustituye a quien falta, por qué las plantillas trabajan permanentemente bajo mínimos o por qué determinadas dinámicas se mantienen durante años aunque todo el mundo sepa que están generando sufrimiento. También evita una pregunta todavía más incómoda: ¿cuántas bajas podrían evitarse si actuáramos antes?.

Actuar antes de que la ansiedad impida levantarse de la cama, antes de que el agotamiento se convierta en incapacidad, antes de que un conflicto laboral termine destruyendo psicológicamente a una persona y antes de que alguien necesite meses para recuperarse de un entorno al que después tendrá que regresar. Porque, en demasiadas ocasiones, la intervención comienza cuando el daño ya está hecho y se dirige casi exclusivamente hacia quien lo ha sufrido.

La prevención de riesgos laborales no debería detenerse en los accidentes físicos, las posturas, las pantallas o la ergonomía. Los riesgos psicosociales existen. La organización del trabajo, el liderazgo, la carga laboral, la autonomía, el reconocimiento, la incertidumbre, los conflictos y las relaciones de poder importan. Y cuando estos factores enferman de manera repetida a las personas, dejar toda la responsabilidad de la recuperación sobre el trabajador no es prevención. Es esperar a que alguien se rompa para intentar arreglarlo después.

Necesitamos dejar de mirar las bajas laborales únicamente como un número que reducir. Una empresa puede conseguir reducir determinadas ausencias generando miedo, presión o culpabilidad, y eso no significa que tenga trabajadores más sanos. Puede significar simplemente que tiene personas enfermas trabajando. El verdadero objetivo no debería ser que la gente coja menos bajas a cualquier precio, sino que menos personas enfermen a causa del trabajo y que, cuando enfermen, puedan recuperarse sin ser tratadas como sospechosas, desleales o culpables de un problema de productividad.

Una baja médica no es un fracaso moral del trabajador. Y cuando las bajas aumentan de forma persistente en un equipo, un servicio o una organización, quizá haya que dejar de preguntarse únicamente qué les pasa a quienes enferman. Quizá haya llegado el momento de preguntarse también qué está pasando dentro de la empresa.

El peligro de psicologizar el juicio moral

Hay algo que llevo un tiempo observando en conversaciones cotidianas, redes sociales e incluso en espacios donde se habla de salud mental con buena intención: cada vez usamos más conceptos psicológicos para describir conductas humanas que quizá antes habríamos definido simplemente como buenas, malas, egoístas, generosas o injustas.

Parece que ya no basta con decir que alguien nos ha tratado mal. Ahora tendemos a decir que era narcisista, psicópata, manipulador o que carecía de empatía. Y creo que detrás de esto hay un cambio interesante: muchas veces no estamos haciendo un juicio clínico, estamos haciendo un juicio moral, pero utilizamos lenguaje clínico porque parece más objetivo, más legítimo o incluso más difícil de cuestionar.

No es lo mismo decir «esta persona se comportó de manera egoísta» que decir «esta persona tiene rasgos narcisistas». La primera frase describe una conducta concreta y deja espacio a que pueda haber matices, contexto o incluso cambio. La segunda parece explicar quién es la persona en esencia y además lo hace usando un término que tiene un significado psicológico específico.

El problema no es solo que se pueda etiquetar injustamente a alguien. El problema es que cuando ampliamos demasiado estos conceptos acabamos vaciándolos de contenido y quienes pierden también son las personas que realmente conviven con esos trastornos.

Si toda persona centrada en sí misma pasa a ser narcisista, llega un momento en que el narcisismo deja de significar algo concreto. Si cualquier persona fría o distante es psicópata, la palabra deja de señalar un patrón psicológico determinado y se convierte simplemente en una forma sofisticada de decir «mala persona». Y cuando eso ocurre se vuelve más difícil comprender qué son realmente esos perfiles, cómo funcionan y qué diferencias hay entre una conducta desagradable y un trastorno.

Creo que algo parecido está ocurriendo con otros conceptos sociales, especialmente con la violencia. Este tema genera mucha sensibilidad y es normal que sea así, pero precisamente por eso creo que merece que intentemos pensar con precisión.

No todas las experiencias humanas tienen el mismo grado de objetividad. Hay situaciones donde el daño es extremadamente evidente. Una agresión física grave, una paliza o una situación con lesiones importantes tienen una dimensión objetiva muy alta. El hecho existe más allá de cómo se interprete subjetivamente.

Sin embargo, hay otras experiencias donde el contexto, la relación entre las personas y la vivencia subjetiva tienen mucho más peso. Ahí entran muchas interacciones sociales que pueden resultar agradables para una persona y incómodas para otra sin que eso convierta automáticamente una de las interpretaciones en falsa.

Pongo un ejemplo que suele generar debate. Un comentario o un piropo recibido en la calle puede vivirse de formas distintas según quién lo haga, cómo se haga, el contexto, la sensación de seguridad, si hay posibilidad de ignorarlo o marcharse, o incluso el significado que tenga para quien lo recibe. Eso no significa que todo dependa únicamente de si la otra persona resulta atractiva o no, porque sería simplificar demasiado, pero sí significa que hay fenómenos donde la dimensión subjetiva tiene un papel importante.

Precisamente por eso creo que poner matices y apellidos a las cosas no es debilitar los conceptos, sino protegerlos. Hablar de violencia física, psicológica, verbal o simbólica puede ayudar a describir mejor realidades distintas sin obligarnos a tratarlas como equivalentes.

Porque dos cosas pueden pertenecer a una misma familia conceptual sin tener la misma gravedad.

Y creo que ahí está parte del problema actual del debate público. Muchas veces tenemos miedo de hacer distinciones porque pensamos que distinguir es minimizar. Pero no necesariamente es así. Diferenciar no significa restar importancia. Significa intentar entender mejor.

Al final, quizá el reto no sea hablar menos de salud mental ni menos de violencia. Quizá el reto sea recuperar palabras más precisas y perder el miedo a decir algo tan sencillo como que una persona actuó mal sin necesidad de convertir cada conflicto humano en una categoría diagnóstica.

Porque cuando todo es narcisismo, nada lo es. Y cuando una palabra intenta nombrarlo todo, muchas veces deja de explicar algo.

Entre trámites y vidas · Diego Navarro

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