Hay algo que llevo un tiempo observando en conversaciones cotidianas, redes sociales e incluso en espacios donde se habla de salud mental con buena intención: cada vez usamos más conceptos psicológicos para describir conductas humanas que quizá antes habríamos definido simplemente como buenas, malas, egoístas, generosas o injustas.
Parece que ya no basta con decir que alguien nos ha tratado mal. Ahora tendemos a decir que era narcisista, psicópata, manipulador o que carecía de empatía. Y creo que detrás de esto hay un cambio interesante: muchas veces no estamos haciendo un juicio clínico, estamos haciendo un juicio moral, pero utilizamos lenguaje clínico porque parece más objetivo, más legítimo o incluso más difícil de cuestionar.
No es lo mismo decir «esta persona se comportó de manera egoísta» que decir «esta persona tiene rasgos narcisistas». La primera frase describe una conducta concreta y deja espacio a que pueda haber matices, contexto o incluso cambio. La segunda parece explicar quién es la persona en esencia y además lo hace usando un término que tiene un significado psicológico específico.
El problema no es solo que se pueda etiquetar injustamente a alguien. El problema es que cuando ampliamos demasiado estos conceptos acabamos vaciándolos de contenido y quienes pierden también son las personas que realmente conviven con esos trastornos.
Si toda persona centrada en sí misma pasa a ser narcisista, llega un momento en que el narcisismo deja de significar algo concreto. Si cualquier persona fría o distante es psicópata, la palabra deja de señalar un patrón psicológico determinado y se convierte simplemente en una forma sofisticada de decir «mala persona». Y cuando eso ocurre se vuelve más difícil comprender qué son realmente esos perfiles, cómo funcionan y qué diferencias hay entre una conducta desagradable y un trastorno.
Creo que algo parecido está ocurriendo con otros conceptos sociales, especialmente con la violencia. Este tema genera mucha sensibilidad y es normal que sea así, pero precisamente por eso creo que merece que intentemos pensar con precisión.
No todas las experiencias humanas tienen el mismo grado de objetividad. Hay situaciones donde el daño es extremadamente evidente. Una agresión física grave, una paliza o una situación con lesiones importantes tienen una dimensión objetiva muy alta. El hecho existe más allá de cómo se interprete subjetivamente.
Sin embargo, hay otras experiencias donde el contexto, la relación entre las personas y la vivencia subjetiva tienen mucho más peso. Ahí entran muchas interacciones sociales que pueden resultar agradables para una persona y incómodas para otra sin que eso convierta automáticamente una de las interpretaciones en falsa.
Pongo un ejemplo que suele generar debate. Un comentario o un piropo recibido en la calle puede vivirse de formas distintas según quién lo haga, cómo se haga, el contexto, la sensación de seguridad, si hay posibilidad de ignorarlo o marcharse, o incluso el significado que tenga para quien lo recibe. Eso no significa que todo dependa únicamente de si la otra persona resulta atractiva o no, porque sería simplificar demasiado, pero sí significa que hay fenómenos donde la dimensión subjetiva tiene un papel importante.
Precisamente por eso creo que poner matices y apellidos a las cosas no es debilitar los conceptos, sino protegerlos. Hablar de violencia física, psicológica, verbal o simbólica puede ayudar a describir mejor realidades distintas sin obligarnos a tratarlas como equivalentes.
Porque dos cosas pueden pertenecer a una misma familia conceptual sin tener la misma gravedad.
Y creo que ahí está parte del problema actual del debate público. Muchas veces tenemos miedo de hacer distinciones porque pensamos que distinguir es minimizar. Pero no necesariamente es así. Diferenciar no significa restar importancia. Significa intentar entender mejor.
Al final, quizá el reto no sea hablar menos de salud mental ni menos de violencia. Quizá el reto sea recuperar palabras más precisas y perder el miedo a decir algo tan sencillo como que una persona actuó mal sin necesidad de convertir cada conflicto humano en una categoría diagnóstica.
Porque cuando todo es narcisismo, nada lo es. Y cuando una palabra intenta nombrarlo todo, muchas veces deja de explicar algo.
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