Entre trámites y vidas

Un espacio personal de Diego Navarro

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De vecinos a clientes: el precio de dejar de hacer barrio

Cada vez que se anuncia un nuevo centro comercial no puedo evitar hacerme la misma pregunta: ¿de verdad este es el modelo de ciudad que queremos?

No tengo nada contra el comercio. Todos compramos. Todos consumimos. Yo también disfruto entrando de vez en cuando en una librería, una tienda de tecnología o pasando una tarde en un centro comercial. Lo que cuestiono no es el comercio, sino que hayamos terminado identificando el progreso de una ciudad con su capacidad para vender más cosas. Como si el desarrollo urbano pudiera medirse, sobre todo, por los metros cuadrados dedicados al consumo.

Por eso, cuando leí que Plaza Imperial se transformará en Plaza Park, no pensé en las tiendas que podrían abrir ni en las marcas que llegarán. La primera pregunta que me hice fue mucho más sencilla: ¿de verdad Zaragoza necesita otro gran espacio comercial?

Cuando pagar más no significa sentirse mejor atendido

Siempre había dado por hecho que pagar más significaba recibir una atención mejor. No necesariamente una medicina mejor, porque sería injusto cuestionar la profesionalidad de quienes trabajan en uno u otro sistema, sino una experiencia más humana, más cómoda y más cuidada. Después de pasar buena parte del día en un hospital privado, ya no estoy tan seguro de que esa relación entre pagar más y sentirse mejor atendido sea tan evidente como solemos creer.

Siempre me he considerado un firme defensor de la sanidad pública. Creo que el acceso a la salud no debería depender de la capacidad económica de cada persona. Sin embargo, la reflexión que me llevo hoy no nace de una posición ideológica previa, sino de una experiencia concreta. He pasado muchas horas en un hospital privado como acompañante y, durante ese tiempo, he tenido ocasión de observar pequeños detalles que terminaron llevándome a una reflexión que no esperaba hacer.

Probablemente mi error fue imaginar que la diferencia sería mucho mayor. Entendía perfectamente que una de las principales ventajas de la sanidad privada es la rapidez. Poder acceder antes a un especialista, reducir listas de espera o realizar determinadas pruebas en menos tiempo son ventajas evidentes y valiosas. Pero también esperaba encontrar algo más. Esperaba una atención especialmente cercana, una mayor disponibilidad del personal, una sensación de acompañamiento constante y, en definitiva, una experiencia que justificara de forma evidente el esfuerzo económico que tantas familias realizan cada mes.

El peligro de psicologizar el juicio moral

Hay algo que llevo un tiempo observando en conversaciones cotidianas, redes sociales e incluso en espacios donde se habla de salud mental con buena intención: cada vez usamos más conceptos psicológicos para describir conductas humanas que quizá antes habríamos definido simplemente como buenas, malas, egoístas, generosas o injustas.

Parece que ya no basta con decir que alguien nos ha tratado mal. Ahora tendemos a decir que era narcisista, psicópata, manipulador o que carecía de empatía. Y creo que detrás de esto hay un cambio interesante: muchas veces no estamos haciendo un juicio clínico, estamos haciendo un juicio moral, pero utilizamos lenguaje clínico porque parece más objetivo, más legítimo o incluso más difícil de cuestionar.

No es lo mismo decir «esta persona se comportó de manera egoísta» que decir «esta persona tiene rasgos narcisistas». La primera frase describe una conducta concreta y deja espacio a que pueda haber matices, contexto o incluso cambio. La segunda parece explicar quién es la persona en esencia y además lo hace usando un término que tiene un significado psicológico específico.

Hantavirus: lo que una amenaza sanitaria nos enseña sobre la sociedad

Cada cierto tiempo aparece en los medios el nombre de una enfermedad desconocida para la mayoría de personas y, durante unos días, vuelve una sensación que parecía olvidada: la idea de que una nueva amenaza sanitaria podría alterar nuestra forma de vivir. El hantavirus es uno de esos nombres que despiertan inquietud. No porque exista actualmente una pandemia de hantavirus ni porque haya evidencia de que vaya a producirse una expansión global inminente, sino porque nos obliga a hacernos una pregunta que va más allá de la medicina: ¿estamos preparados como sociedad para afrontar una nueva crisis sanitaria sin dejar atrás, una vez más, a quienes ya parten de una situación de desventaja?

El hantavirus no es un virus nuevo. En realidad, se conoce desde hace décadas y engloba un conjunto de virus transmitidos principalmente por determinados roedores. La forma más habitual de contagio suele producirse por la inhalación de partículas procedentes de secreciones o excrementos de animales infectados, aunque existen algunas variantes concretas donde se han descrito situaciones excepcionales de transmisión entre personas. Dependiendo del tipo de hantavirus y de la región del mundo, puede provocar enfermedades con afectación respiratoria o renal, algunas de ellas graves. Sin embargo, en el momento actual no se considera una amenaza pandémica comparable a otros virus respiratorios de alta transmisión.

Pero reducir el debate únicamente a si existe o no riesgo de pandemia sería quedarse en la superficie. La experiencia reciente nos dejó una enseñanza difícil de ignorar: una emergencia sanitaria nunca es solo una cuestión sanitaria. También es una cuestión económica, política, comunitaria y profundamente social.

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