“A mí no me gusta la política”. Es una frase que llevo escuchando desde hace muchos años. A veces viene acompañada de otras similares: “son todos iguales”, “es un rollo”, “siempre están peleándose” o “yo paso de esos temas”. En cierto modo, es una reacción comprensible. Basta con encender la televisión o abrir cualquier red social para encontrarse con discusiones interminables, declaraciones cruzadas, escándalos y titulares diseñados para generar indignación. No resulta extraño que muchas personas acaben desarrollando una cierta aversión hacia todo lo que huela a política.
Sin embargo, con el paso del tiempo he llegado a pensar que quizá el problema no es la política, sino la imagen que hemos construido de ella. Hemos terminado identificándola casi exclusivamente con los partidos, los líderes o los enfrentamientos parlamentarios, cuando en realidad la política está presente en muchas más cosas de las que imaginamos. Está en la forma en que se financia la sanidad, en las condiciones de acceso a una vivienda, en el funcionamiento de la educación pública, en las ayudas sociales, en los derechos laborales, en las pensiones o en la manera en que se gestionan los impuestos. Aunque decidamos no seguir la actualidad política, todas esas decisiones seguirán afectando a nuestra vida cotidiana.
Quizá por eso nunca he entendido del todo la idea de que desinteresarse por la política sea una forma de mantenerse al margen. En realidad ocurre justo lo contrario. Podemos decidir no prestar atención, no leer noticias o no participar en ninguna conversación sobre estos asuntos, pero las decisiones continuarán tomándose igualmente. La diferencia es que, si dejamos de interesarnos por ellas, tendremos menos herramientas para comprender por qué cambian determinadas normas, desaparecen ciertos servicios o aparecen otros nuevos.