Entre trámites y vidas

Un espacio personal de Diego Navarro

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La política no desaparece cuando dejamos de mirarla

“A mí no me gusta la política”. Es una frase que llevo escuchando desde hace muchos años. A veces viene acompañada de otras similares: “son todos iguales”, “es un rollo”, “siempre están peleándose” o “yo paso de esos temas”. En cierto modo, es una reacción comprensible. Basta con encender la televisión o abrir cualquier red social para encontrarse con discusiones interminables, declaraciones cruzadas, escándalos y titulares diseñados para generar indignación. No resulta extraño que muchas personas acaben desarrollando una cierta aversión hacia todo lo que huela a política.

Sin embargo, con el paso del tiempo he llegado a pensar que quizá el problema no es la política, sino la imagen que hemos construido de ella. Hemos terminado identificándola casi exclusivamente con los partidos, los líderes o los enfrentamientos parlamentarios, cuando en realidad la política está presente en muchas más cosas de las que imaginamos. Está en la forma en que se financia la sanidad, en las condiciones de acceso a una vivienda, en el funcionamiento de la educación pública, en las ayudas sociales, en los derechos laborales, en las pensiones o en la manera en que se gestionan los impuestos. Aunque decidamos no seguir la actualidad política, todas esas decisiones seguirán afectando a nuestra vida cotidiana.

Quizá por eso nunca he entendido del todo la idea de que desinteresarse por la política sea una forma de mantenerse al margen. En realidad ocurre justo lo contrario. Podemos decidir no prestar atención, no leer noticias o no participar en ninguna conversación sobre estos asuntos, pero las decisiones continuarán tomándose igualmente. La diferencia es que, si dejamos de interesarnos por ellas, tendremos menos herramientas para comprender por qué cambian determinadas normas, desaparecen ciertos servicios o aparecen otros nuevos.

De vecinos a clientes: el precio de dejar de hacer barrio

Cada vez que se anuncia un nuevo centro comercial no puedo evitar hacerme la misma pregunta: ¿de verdad este es el modelo de ciudad que queremos?

No tengo nada contra el comercio. Todos compramos. Todos consumimos. Yo también disfruto entrando de vez en cuando en una librería, una tienda de tecnología o pasando una tarde en un centro comercial. Lo que cuestiono no es el comercio, sino que hayamos terminado identificando el progreso de una ciudad con su capacidad para vender más cosas. Como si el desarrollo urbano pudiera medirse, sobre todo, por los metros cuadrados dedicados al consumo.

Por eso, cuando leí que Plaza Imperial se transformará en Plaza Park, no pensé en las tiendas que podrían abrir ni en las marcas que llegarán. La primera pregunta que me hice fue mucho más sencilla: ¿de verdad Zaragoza necesita otro gran espacio comercial?

Cuando pagar más no significa sentirse mejor atendido

Siempre había dado por hecho que pagar más significaba recibir una atención mejor. No necesariamente una medicina mejor, porque sería injusto cuestionar la profesionalidad de quienes trabajan en uno u otro sistema, sino una experiencia más humana, más cómoda y más cuidada. Después de pasar buena parte del día en un hospital privado, ya no estoy tan seguro de que esa relación entre pagar más y sentirse mejor atendido sea tan evidente como solemos creer.

Siempre me he considerado un firme defensor de la sanidad pública. Creo que el acceso a la salud no debería depender de la capacidad económica de cada persona. Sin embargo, la reflexión que me llevo hoy no nace de una posición ideológica previa, sino de una experiencia concreta. He pasado muchas horas en un hospital privado como acompañante y, durante ese tiempo, he tenido ocasión de observar pequeños detalles que terminaron llevándome a una reflexión que no esperaba hacer.

Probablemente mi error fue imaginar que la diferencia sería mucho mayor. Entendía perfectamente que una de las principales ventajas de la sanidad privada es la rapidez. Poder acceder antes a un especialista, reducir listas de espera o realizar determinadas pruebas en menos tiempo son ventajas evidentes y valiosas. Pero también esperaba encontrar algo más. Esperaba una atención especialmente cercana, una mayor disponibilidad del personal, una sensación de acompañamiento constante y, en definitiva, una experiencia que justificara de forma evidente el esfuerzo económico que tantas familias realizan cada mes.

El peligro de psicologizar el juicio moral

Hay algo que llevo un tiempo observando en conversaciones cotidianas, redes sociales e incluso en espacios donde se habla de salud mental con buena intención: cada vez usamos más conceptos psicológicos para describir conductas humanas que quizá antes habríamos definido simplemente como buenas, malas, egoístas, generosas o injustas.

Parece que ya no basta con decir que alguien nos ha tratado mal. Ahora tendemos a decir que era narcisista, psicópata, manipulador o que carecía de empatía. Y creo que detrás de esto hay un cambio interesante: muchas veces no estamos haciendo un juicio clínico, estamos haciendo un juicio moral, pero utilizamos lenguaje clínico porque parece más objetivo, más legítimo o incluso más difícil de cuestionar.

No es lo mismo decir «esta persona se comportó de manera egoísta» que decir «esta persona tiene rasgos narcisistas». La primera frase describe una conducta concreta y deja espacio a que pueda haber matices, contexto o incluso cambio. La segunda parece explicar quién es la persona en esencia y además lo hace usando un término que tiene un significado psicológico específico.

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