Hay discursos que se repiten tanto que acaban pareciendo verdad. Se instalan, se simplifican y se convierten en una especie de ruido de fondo que condiciona cómo miramos a los demás. Uno de esos discursos es el que dice que las personas migrantes vienen a “vivir de las ayudas”. Lo escucho fuera, en conversaciones cotidianas, en redes sociales, incluso en algunos espacios que deberían ser más cuidadosos. Pero luego abro la puerta del despacho, y lo que entra no se parece en nada a eso.
Lo que entra son personas con una idea muy clara: trabajar. No dentro de seis meses, no “cuando se pueda”, no “ya veremos”. Quieren trabajar ya. Lo necesitan, pero sobre todo lo quieren. Porque trabajar no es solo una cuestión económica. Es dignidad, es proyecto de vida, es sentir que uno forma parte de algo. Y eso lo tienen clarísimo.
Pero hay algo que rompe ese impulso de frente: no siempre pueden. Y no es por falta de ganas, ni de esfuerzo, ni de actitud. Es, muchas veces, por su situación administrativa. Personas que están en situación irregular, que no tienen permiso de trabajo, que dependen de procesos largos, complejos y, en ocasiones, inciertos. Personas que quieren hacer las cosas bien, pero que el propio sistema deja en una especie de espera obligada.