Un espacio personal de Diego Navarro

Autor: Diego (Página 3 de 4)

De vecinos a clientes: el precio de dejar de hacer barrio

Cada vez que se anuncia un nuevo centro comercial no puedo evitar hacerme la misma pregunta: ¿de verdad este es el modelo de ciudad que queremos?

No tengo nada contra el comercio. Todos compramos. Todos consumimos. Yo también disfruto entrando de vez en cuando en una librería, una tienda de tecnología o pasando una tarde en un centro comercial. Lo que cuestiono no es el comercio, sino que hayamos terminado identificando el progreso de una ciudad con su capacidad para vender más cosas. Como si el desarrollo urbano pudiera medirse, sobre todo, por los metros cuadrados dedicados al consumo.

Por eso, cuando leí que Plaza Imperial se transformará en Plaza Park, no pensé en las tiendas que podrían abrir ni en las marcas que llegarán. La primera pregunta que me hice fue mucho más sencilla: ¿de verdad Zaragoza necesita otro gran espacio comercial?

No tengo una respuesta absoluta. Es posible que Plaza Park funcione y que dentro de unos años demuestre que mis dudas eran infundadas. Pero también creo que es legítimo hacerse preguntas. Plaza Imperial también nació rodeado de expectativas. Durante un tiempo funcionó, hasta que la crisis económica, la apertura de Puerto Venecia y la pérdida progresiva de operadores acabaron convirtiéndolo en el símbolo de un fracaso que pocos habían previsto. Hoy se insiste en que las circunstancias son distintas, que la plataforma logística PLAZA ha crecido, que Costco atraerá nuevos clientes y que el formato comercial ha cambiado. Todo eso puede ser cierto. Sin embargo, muchas de esas fortalezas ya existían cuando abrió Plaza Imperial y no fueron suficientes para consolidarlo. Tal vez ahora sí lo sean. O tal vez no. Lo que me cuesta creer es que el debate deba reducirse únicamente a si esta vez el proyecto funcionará mejor que el anterior.

Porque Zaragoza ya dispone de una oferta comercial enorme para una ciudad de su tamaño. Puerto Venecia se ha consolidado como uno de los principales destinos comerciales de España, La Torre Outlet continúa creciendo y a ello se suman GranCasa, Augusta, Aragonia, el comercio urbano y otros parques comerciales. Por eso la cuestión no es solo si existe demanda para otro gran espacio de consumo, sino qué idea de ciudad estamos reforzando cada vez que celebramos una inversión de estas características como si fuera, por sí misma, una buena noticia.

Reconozco que cada vez me cuesta más mirar un centro comercial únicamente como un lugar para comprar. Con el paso de los años he terminado viéndolos también como un espejo de la sociedad. Cuando paseo por ellos ya no me fijo solo en los escaparates o en las bolsas que lleva la gente. Me descubro observando a las personas. Me pregunto quién ha ido porque realmente necesitaba comprar algo y quién simplemente buscaba un lugar donde pasar la tarde. Hay adolescentes que se reúnen allí porque apenas encuentran otros espacios donde estar sin que nadie les moleste. Hay personas mayores que recorren una y otra vez las galerías porque son lugares cómodos, seguros y climatizados. Hay familias que convierten la visita en el plan del fin de semana aunque sepan que no pueden permitirse muchas de las cosas que ven en los escaparates. Y también hay quienes salen cargados de bolsas sin mirar el precio. Todos comparten el mismo espacio, pero no viven la misma realidad.

Quizá esa mirada tenga mucho que ver con mi profesión. Llevo más de veinte años trabajando con personas en situación de vulnerabilidad y, cuando hablo con ellas, casi nunca me dicen que su barrio necesite una tienda más. Hablan de otras cosas. De un banco donde sentarse sin que nadie les eche, de una biblioteca donde estudiar, de un centro cívico con más actividades, de un parque donde los niños puedan jugar o de un local vecinal donde reunirse. Hablan, en definitiva, de espacios donde sentirse parte de la ciudad sin que nadie espere que compren algo.

Poco a poco hemos ido sustituyendo las plazas por galerías comerciales, el comercio de proximidad por grandes superficies y la vida de barrio por espacios donde nuestra principal identidad ya no es la de vecinos, sino la de clientes. Quizá suene exagerado, pero a veces tengo la sensación de que hemos dejado de preguntarnos qué ciudad queremos construir y nos limitamos a preguntarnos dónde abrirá la próxima tienda. Y esa diferencia no es menor, porque una ciudad pensada para el consumo no siempre coincide con una ciudad pensada para las personas.

Lo que más me preocupa no es Plaza Park. Es el modelo que representa. Una forma muy concreta de entender el desarrollo urbano en la que progreso parece ser sinónimo de consumo, crecimiento significa más superficie comercial y vida social equivale a espacios privados donde todo está pensado para que permanezcamos el mayor tiempo posible comprando. Un modelo que, además, suele sostenerse sobre sectores donde el empleo existe, sí, pero con demasiada frecuencia se caracteriza por salarios modestos, elevada temporalidad, jornadas parciales y una notable rotación de plantilla, una realidad que también forma parte del debate aunque casi nunca aparezca en las inauguraciones.

No es que construir un parque comercial sea negativo por sí mismo. Lo preocupante es que rara vez imaginamos el futuro de una ciudad desde otros lugares. Nos entusiasma la llegada de una gran superficie, pero cuesta encontrar el mismo entusiasmo cuando se habla de abrir una biblioteca de referencia, un gran centro cultural, un museo, una red de centros cívicos más viva o un proyecto que fortalezca la vida comunitaria. Como si el progreso solo pudiera medirse en metros cuadrados de tiendas, en nuevas franquicias o en cifras de visitantes.

No creo que el futuro de Zaragoza pueda seguir midiéndose por el número de centros comerciales que inaugura. Creo que debería medirse por la capacidad de construir una ciudad donde el consumo no ocupe el centro de la vida colectiva. Una ciudad con más barrio, más espacios públicos de calidad, más cultura, más comercio de proximidad y más lugares donde encontrarnos sin que consumir sea la condición para permanecer allí. Porque una ciudad no debería medirse solo por lo que vende, sino también por la comunidad que es capaz de construir.

Puede que Plaza Park sea un éxito comercial. De verdad, no lo sé. Lo que sí sé es que, incluso si lo fuera, seguiría haciéndome la misma pregunta: ¿es esa la idea de progreso que queremos para nuestras ciudades?

El día que inauguremos una biblioteca, un centro comunitario, un gran parque urbano o un proyecto que fortalezca la vida en los barrios con la misma ilusión con la que inauguramos un centro comercial, quizá podamos empezar a decir que hemos entendido qué significa realmente construir ciudad.

Y quizá, solo quizá, ese día también habremos conseguido que nuestras ciudades vuelvan a ser lugares donde, antes que clientes, volvamos a sentirnos vecinos.

Cuando pagar más no significa sentirse mejor atendido

Siempre había dado por hecho que pagar más significaba recibir una atención mejor. No necesariamente una medicina mejor, porque sería injusto cuestionar la profesionalidad de quienes trabajan en uno u otro sistema, sino una experiencia más humana, más cómoda y más cuidada. Después de pasar buena parte del día en un hospital privado, ya no estoy tan seguro de que esa relación entre pagar más y sentirse mejor atendido sea tan evidente como solemos creer.

Siempre me he considerado un firme defensor de la sanidad pública. Creo que el acceso a la salud no debería depender de la capacidad económica de cada persona. Sin embargo, la reflexión que me llevo hoy no nace de una posición ideológica previa, sino de una experiencia concreta. He pasado muchas horas en un hospital privado como acompañante y, durante ese tiempo, he tenido ocasión de observar pequeños detalles que terminaron llevándome a una reflexión que no esperaba hacer.

Probablemente mi error fue imaginar que la diferencia sería mucho mayor. Entendía perfectamente que una de las principales ventajas de la sanidad privada es la rapidez. Poder acceder antes a un especialista, reducir listas de espera o realizar determinadas pruebas en menos tiempo son ventajas evidentes y valiosas. Pero también esperaba encontrar algo más. Esperaba una atención especialmente cercana, una mayor disponibilidad del personal, una sensación de acompañamiento constante y, en definitiva, una experiencia que justificara de forma evidente el esfuerzo económico que tantas familias realizan cada mes.

Lo que encontré fue algo bastante distinto. No porque la atención fuera mala ni porque hubiera sucedido nada grave. Todo parecía desarrollarse con normalidad y la intervención salió correctamente. Sin embargo, la sensación general era mucho más parecida a la de cualquier hospital de lo que había imaginado. La comida era similar a la que podría encontrarse en muchos centros públicos. El personal parecía tan ocupado como en cualquier otro lugar. En algunos momentos incluso tuve la impresión de que determinadas consultas o llamadas se recibían con cierta incomodidad. Nada especialmente negativo, pero tampoco esa atención diferencial que muchas veces asociamos a un servicio privado.

Hubo un detalle que me llamó especialmente la atención. La persona a la que acompañaba subió a planta todavía bajo los efectos de la anestesia, prácticamente recién salida del despertar. No puedo valorar si clínicamente era lo adecuado o no, porque no dispongo de los conocimientos necesarios para hacerlo. Lo que sí puedo describir es la sensación que me produjo como acompañante: esperaba un seguimiento más cercano, una mayor presencia de profesionales y una percepción de cuidado más visible durante esos primeros momentos. Quizá era una expectativa equivocada, pero era la que tenía.

Mientras observaba todo aquello empecé a hacerme una pregunta. ¿Qué es exactamente lo que compra una familia de clase media cuando paga un seguro privado? No me refiero a quienes pueden permitirse hospitales exclusivos o servicios reservados para rentas muy altas. Hablo de personas corrientes que destinan una parte significativa de sus ingresos a una póliza sanitaria porque creen que así obtendrán una atención mejor para ellos y para sus familias.

Después de lo vivido hoy, empiezo a pensar que la respuesta es bastante sencilla. Lo que compran, fundamentalmente, es tiempo. Compran una consulta antes, una prueba antes o una intervención antes. Y eso tiene un valor enorme. Cuando la salud está en juego, la espera genera angustia y cualquier reducción de plazos puede marcar una diferencia importante en la vida de una persona. No pretendo restar importancia a esa ventaja.

Lo que me cuestiono es si muchas personas no esperan también algo más cuando pagan. Esperan sentirse más acompañadas, más escuchadas y más cuidadas. Esperan percibir una diferencia evidente en el trato cotidiano. Esperan que haya más personal disponible. Esperan que las dudas no parezcan una molestia. Esperan una experiencia que transmita claramente que están recibiendo algo distinto. Y mi impresión, al menos tras esta experiencia, es que esa diferencia no siempre es tan clara como imaginamos.

Esta reflexión tampoco pretende enfrentar la sanidad pública y la privada. Sería un error caer en esa simplificación. Hay excelentes profesionales en ambos ámbitos y también problemas en ambos. Sin embargo, la experiencia sí me ha llevado a valorar algo que a veces olvidamos. Cuando aparecen las situaciones más complejas, las grandes emergencias, buena parte de la investigación médica o muchos tratamientos altamente especializados, seguimos confiando en una sanidad pública fuerte y bien dotada. Sigue siendo una de las estructuras fundamentales que sostienen nuestro sistema sanitario.

Quizá la conclusión más honesta que puedo extraer de este día es que pagar más no siempre significa sentirse mejor atendido. Lo que esperaba encontrar era una diferencia evidente en la experiencia humana del cuidado. Lo que encontré fue algo mucho más parecido a la normalidad de cualquier hospital.

Y eso me lleva a una última pregunta. Si la principal ventaja que ofrece la sanidad privada es la reducción de los tiempos de espera, ¿no deberíamos concentrar nuestros esfuerzos en conseguir que la sanidad pública pueda ofrecer esos mismos tiempos razonables a toda la población? Porque, después de lo que he visto hoy, tengo más claro que nunca que una sanidad pública fuerte no es un lujo ni una cuestión ideológica. Es una necesidad colectiva.

La reflexión que me llevo a casa no es que la sanidad privada sea peor. Tampoco que quienes la contratan se equivoquen. Lo que me llevo es una sorpresa: después de tantas horas dentro de un hospital privado, no he encontrado esa gran diferencia que esperaba encontrar.

El peligro de psicologizar el juicio moral

Hay algo que llevo un tiempo observando en conversaciones cotidianas, redes sociales e incluso en espacios donde se habla de salud mental con buena intención: cada vez usamos más conceptos psicológicos para describir conductas humanas que quizá antes habríamos definido simplemente como buenas, malas, egoístas, generosas o injustas.

Parece que ya no basta con decir que alguien nos ha tratado mal. Ahora tendemos a decir que era narcisista, psicópata, manipulador o que carecía de empatía. Y creo que detrás de esto hay un cambio interesante: muchas veces no estamos haciendo un juicio clínico, estamos haciendo un juicio moral, pero utilizamos lenguaje clínico porque parece más objetivo, más legítimo o incluso más difícil de cuestionar.

No es lo mismo decir «esta persona se comportó de manera egoísta» que decir «esta persona tiene rasgos narcisistas». La primera frase describe una conducta concreta y deja espacio a que pueda haber matices, contexto o incluso cambio. La segunda parece explicar quién es la persona en esencia y además lo hace usando un término que tiene un significado psicológico específico.

El problema no es solo que se pueda etiquetar injustamente a alguien. El problema es que cuando ampliamos demasiado estos conceptos acabamos vaciándolos de contenido y quienes pierden también son las personas que realmente conviven con esos trastornos.

Si toda persona centrada en sí misma pasa a ser narcisista, llega un momento en que el narcisismo deja de significar algo concreto. Si cualquier persona fría o distante es psicópata, la palabra deja de señalar un patrón psicológico determinado y se convierte simplemente en una forma sofisticada de decir «mala persona». Y cuando eso ocurre se vuelve más difícil comprender qué son realmente esos perfiles, cómo funcionan y qué diferencias hay entre una conducta desagradable y un trastorno.

Creo que algo parecido está ocurriendo con otros conceptos sociales, especialmente con la violencia. Este tema genera mucha sensibilidad y es normal que sea así, pero precisamente por eso creo que merece que intentemos pensar con precisión.

No todas las experiencias humanas tienen el mismo grado de objetividad. Hay situaciones donde el daño es extremadamente evidente. Una agresión física grave, una paliza o una situación con lesiones importantes tienen una dimensión objetiva muy alta. El hecho existe más allá de cómo se interprete subjetivamente.

Sin embargo, hay otras experiencias donde el contexto, la relación entre las personas y la vivencia subjetiva tienen mucho más peso. Ahí entran muchas interacciones sociales que pueden resultar agradables para una persona y incómodas para otra sin que eso convierta automáticamente una de las interpretaciones en falsa.

Pongo un ejemplo que suele generar debate. Un comentario o un piropo recibido en la calle puede vivirse de formas distintas según quién lo haga, cómo se haga, el contexto, la sensación de seguridad, si hay posibilidad de ignorarlo o marcharse, o incluso el significado que tenga para quien lo recibe. Eso no significa que todo dependa únicamente de si la otra persona resulta atractiva o no, porque sería simplificar demasiado, pero sí significa que hay fenómenos donde la dimensión subjetiva tiene un papel importante.

Precisamente por eso creo que poner matices y apellidos a las cosas no es debilitar los conceptos, sino protegerlos. Hablar de violencia física, psicológica, verbal o simbólica puede ayudar a describir mejor realidades distintas sin obligarnos a tratarlas como equivalentes.

Porque dos cosas pueden pertenecer a una misma familia conceptual sin tener la misma gravedad.

Y creo que ahí está parte del problema actual del debate público. Muchas veces tenemos miedo de hacer distinciones porque pensamos que distinguir es minimizar. Pero no necesariamente es así. Diferenciar no significa restar importancia. Significa intentar entender mejor.

Al final, quizá el reto no sea hablar menos de salud mental ni menos de violencia. Quizá el reto sea recuperar palabras más precisas y perder el miedo a decir algo tan sencillo como que una persona actuó mal sin necesidad de convertir cada conflicto humano en una categoría diagnóstica.

Porque cuando todo es narcisismo, nada lo es. Y cuando una palabra intenta nombrarlo todo, muchas veces deja de explicar algo.

Hantavirus: lo que una amenaza sanitaria nos enseña sobre la sociedad

Cada cierto tiempo aparece en los medios el nombre de una enfermedad desconocida para la mayoría de personas y, durante unos días, vuelve una sensación que parecía olvidada: la idea de que una nueva amenaza sanitaria podría alterar nuestra forma de vivir. El hantavirus es uno de esos nombres que despiertan inquietud. No porque exista actualmente una pandemia de hantavirus ni porque haya evidencia de que vaya a producirse una expansión global inminente, sino porque nos obliga a hacernos una pregunta que va más allá de la medicina: ¿estamos preparados como sociedad para afrontar una nueva crisis sanitaria sin dejar atrás, una vez más, a quienes ya parten de una situación de desventaja?

El hantavirus no es un virus nuevo. En realidad, se conoce desde hace décadas y engloba un conjunto de virus transmitidos principalmente por determinados roedores. La forma más habitual de contagio suele producirse por la inhalación de partículas procedentes de secreciones o excrementos de animales infectados, aunque existen algunas variantes concretas donde se han descrito situaciones excepcionales de transmisión entre personas. Dependiendo del tipo de hantavirus y de la región del mundo, puede provocar enfermedades con afectación respiratoria o renal, algunas de ellas graves. Sin embargo, en el momento actual no se considera una amenaza pandémica comparable a otros virus respiratorios de alta transmisión.

Pero reducir el debate únicamente a si existe o no riesgo de pandemia sería quedarse en la superficie. La experiencia reciente nos dejó una enseñanza difícil de ignorar: una emergencia sanitaria nunca es solo una cuestión sanitaria. También es una cuestión económica, política, comunitaria y profundamente social.

La pandemia de COVID evidenció algo que profesionales de la intervención social, de la salud pública y de los servicios comunitarios ya venían señalando desde hacía años: las enfermedades no afectan a todas las personas por igual. El virus puede ser el mismo, pero las condiciones desde las que cada persona lo afronta son radicalmente distintas. Tener una vivienda adecuada, un empleo estable, acceso al sistema sanitario, posibilidad de conciliar o una red de apoyo transforma por completo el impacto que una crisis tiene sobre la vida cotidiana.

Si imagináramos un escenario hipotético en el que una enfermedad como el hantavirus adquiriera una dimensión mucho mayor de la esperada, probablemente volveríamos a observar patrones conocidos. Las personas con empleos más precarios tendrían menos capacidad para protegerse. Quienes viven en viviendas con peores condiciones o en entornos con mayor exposición ambiental asumirían más riesgo. Las personas mayores, quienes viven solas, quienes dependen de apoyos sociales o quienes ya se encuentran en situación de exclusión volverían a soportar una carga desproporcionada.

No porque sean más vulnerables por naturaleza, sino porque la vulnerabilidad raramente es una característica individual. La mayoría de las veces es una construcción social.

Por eso hablar de preparación frente a futuras amenazas sanitarias no puede limitarse a aumentar camas hospitalarias o reforzar protocolos clínicos. Todo eso es necesario, pero insuficiente. La verdadera preparación empieza mucho antes: en la calidad de la vivienda, en la estabilidad laboral, en la fortaleza de la atención primaria, en unos servicios sociales capaces de acompañar y sostener, y en unas políticas públicas que reduzcan desigualdades antes de que llegue la emergencia.

Hay otro aprendizaje especialmente incómodo que suele repetirse. La investigación científica recibe atención y financiación cuando el problema ya está encima de la mesa, pero cuesta mucho sostener esa inversión cuando el riesgo parece lejano. Se habla de gasto cuando quizá deberíamos hablar de infraestructura social.

Investigar enfermedades emergentes, financiar redes epidemiológicas, estudiar reservorios animales, reforzar laboratorios o desarrollar capacidades de respuesta temprana no son inversiones que generen titulares inmediatos. Muchas veces sus resultados son invisibles precisamente porque funcionan: la crisis no llega, el brote se controla o el impacto es menor del que podría haber sido.

Sin embargo, cuando la ciencia pierde prioridad presupuestaria, el precio no desaparece. Solo se desplaza hacia el futuro.

La investigación científica no compite con el gasto social. En realidad, forman parte de la misma estrategia de protección colectiva. Invertir en conocimiento permite responder antes y mejor, pero también evita que el coste humano recaiga siempre sobre quienes tienen menos margen para absorberlo.

Quizá una de las lecciones más importantes que dejan enfermedades como el hantavirus no tenga que ver con el virus en sí. Tal vez la pregunta relevante no sea si llegará o no una nueva gran amenaza sanitaria, porque la historia nos dice que tarde o temprano aparecerán nuevos desafíos. La cuestión es si seguiremos reaccionando cuando el problema ya está aquí o si seremos capaces de entender que la prevención, la ciencia y la protección social forman parte de una misma idea de sociedad.

Porque cuando llega una crisis, lo que realmente se pone a prueba no es solo nuestro sistema sanitario.

Se pone a prueba qué vidas somos capaces de proteger.

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