Cada vez que se anuncia un nuevo centro comercial no puedo evitar hacerme la misma pregunta: ¿de verdad este es el modelo de ciudad que queremos?
No tengo nada contra el comercio. Todos compramos. Todos consumimos. Yo también disfruto entrando de vez en cuando en una librería, una tienda de tecnología o pasando una tarde en un centro comercial. Lo que cuestiono no es el comercio, sino que hayamos terminado identificando el progreso de una ciudad con su capacidad para vender más cosas. Como si el desarrollo urbano pudiera medirse, sobre todo, por los metros cuadrados dedicados al consumo.
Por eso, cuando leí que Plaza Imperial se transformará en Plaza Park, no pensé en las tiendas que podrían abrir ni en las marcas que llegarán. La primera pregunta que me hice fue mucho más sencilla: ¿de verdad Zaragoza necesita otro gran espacio comercial?
No tengo una respuesta absoluta. Es posible que Plaza Park funcione y que dentro de unos años demuestre que mis dudas eran infundadas. Pero también creo que es legítimo hacerse preguntas. Plaza Imperial también nació rodeado de expectativas. Durante un tiempo funcionó, hasta que la crisis económica, la apertura de Puerto Venecia y la pérdida progresiva de operadores acabaron convirtiéndolo en el símbolo de un fracaso que pocos habían previsto. Hoy se insiste en que las circunstancias son distintas, que la plataforma logística PLAZA ha crecido, que Costco atraerá nuevos clientes y que el formato comercial ha cambiado. Todo eso puede ser cierto. Sin embargo, muchas de esas fortalezas ya existían cuando abrió Plaza Imperial y no fueron suficientes para consolidarlo. Tal vez ahora sí lo sean. O tal vez no. Lo que me cuesta creer es que el debate deba reducirse únicamente a si esta vez el proyecto funcionará mejor que el anterior.
Porque Zaragoza ya dispone de una oferta comercial enorme para una ciudad de su tamaño. Puerto Venecia se ha consolidado como uno de los principales destinos comerciales de España, La Torre Outlet continúa creciendo y a ello se suman GranCasa, Augusta, Aragonia, el comercio urbano y otros parques comerciales. Por eso la cuestión no es solo si existe demanda para otro gran espacio de consumo, sino qué idea de ciudad estamos reforzando cada vez que celebramos una inversión de estas características como si fuera, por sí misma, una buena noticia.
Reconozco que cada vez me cuesta más mirar un centro comercial únicamente como un lugar para comprar. Con el paso de los años he terminado viéndolos también como un espejo de la sociedad. Cuando paseo por ellos ya no me fijo solo en los escaparates o en las bolsas que lleva la gente. Me descubro observando a las personas. Me pregunto quién ha ido porque realmente necesitaba comprar algo y quién simplemente buscaba un lugar donde pasar la tarde. Hay adolescentes que se reúnen allí porque apenas encuentran otros espacios donde estar sin que nadie les moleste. Hay personas mayores que recorren una y otra vez las galerías porque son lugares cómodos, seguros y climatizados. Hay familias que convierten la visita en el plan del fin de semana aunque sepan que no pueden permitirse muchas de las cosas que ven en los escaparates. Y también hay quienes salen cargados de bolsas sin mirar el precio. Todos comparten el mismo espacio, pero no viven la misma realidad.
Quizá esa mirada tenga mucho que ver con mi profesión. Llevo más de veinte años trabajando con personas en situación de vulnerabilidad y, cuando hablo con ellas, casi nunca me dicen que su barrio necesite una tienda más. Hablan de otras cosas. De un banco donde sentarse sin que nadie les eche, de una biblioteca donde estudiar, de un centro cívico con más actividades, de un parque donde los niños puedan jugar o de un local vecinal donde reunirse. Hablan, en definitiva, de espacios donde sentirse parte de la ciudad sin que nadie espere que compren algo.
Poco a poco hemos ido sustituyendo las plazas por galerías comerciales, el comercio de proximidad por grandes superficies y la vida de barrio por espacios donde nuestra principal identidad ya no es la de vecinos, sino la de clientes. Quizá suene exagerado, pero a veces tengo la sensación de que hemos dejado de preguntarnos qué ciudad queremos construir y nos limitamos a preguntarnos dónde abrirá la próxima tienda. Y esa diferencia no es menor, porque una ciudad pensada para el consumo no siempre coincide con una ciudad pensada para las personas.
Lo que más me preocupa no es Plaza Park. Es el modelo que representa. Una forma muy concreta de entender el desarrollo urbano en la que progreso parece ser sinónimo de consumo, crecimiento significa más superficie comercial y vida social equivale a espacios privados donde todo está pensado para que permanezcamos el mayor tiempo posible comprando. Un modelo que, además, suele sostenerse sobre sectores donde el empleo existe, sí, pero con demasiada frecuencia se caracteriza por salarios modestos, elevada temporalidad, jornadas parciales y una notable rotación de plantilla, una realidad que también forma parte del debate aunque casi nunca aparezca en las inauguraciones.
No es que construir un parque comercial sea negativo por sí mismo. Lo preocupante es que rara vez imaginamos el futuro de una ciudad desde otros lugares. Nos entusiasma la llegada de una gran superficie, pero cuesta encontrar el mismo entusiasmo cuando se habla de abrir una biblioteca de referencia, un gran centro cultural, un museo, una red de centros cívicos más viva o un proyecto que fortalezca la vida comunitaria. Como si el progreso solo pudiera medirse en metros cuadrados de tiendas, en nuevas franquicias o en cifras de visitantes.
No creo que el futuro de Zaragoza pueda seguir midiéndose por el número de centros comerciales que inaugura. Creo que debería medirse por la capacidad de construir una ciudad donde el consumo no ocupe el centro de la vida colectiva. Una ciudad con más barrio, más espacios públicos de calidad, más cultura, más comercio de proximidad y más lugares donde encontrarnos sin que consumir sea la condición para permanecer allí. Porque una ciudad no debería medirse solo por lo que vende, sino también por la comunidad que es capaz de construir.
Puede que Plaza Park sea un éxito comercial. De verdad, no lo sé. Lo que sí sé es que, incluso si lo fuera, seguiría haciéndome la misma pregunta: ¿es esa la idea de progreso que queremos para nuestras ciudades?
El día que inauguremos una biblioteca, un centro comunitario, un gran parque urbano o un proyecto que fortalezca la vida en los barrios con la misma ilusión con la que inauguramos un centro comercial, quizá podamos empezar a decir que hemos entendido qué significa realmente construir ciudad.
Y quizá, solo quizá, ese día también habremos conseguido que nuestras ciudades vuelvan a ser lugares donde, antes que clientes, volvamos a sentirnos vecinos.