Un espacio personal de Diego Navarro

Autor: Diego (Página 4 de 4)

Quieren trabajar, pero no siempre pueden

Hay discursos que se repiten tanto que acaban pareciendo verdad. Se instalan, se simplifican y se convierten en una especie de ruido de fondo que condiciona cómo miramos a los demás. Uno de esos discursos es el que dice que las personas migrantes vienen a “vivir de las ayudas”. Lo escucho fuera, en conversaciones cotidianas, en redes sociales, incluso en algunos espacios que deberían ser más cuidadosos. Pero luego abro la puerta del despacho, y lo que entra no se parece en nada a eso.

Lo que entra son personas con una idea muy clara: trabajar. No dentro de seis meses, no “cuando se pueda”, no “ya veremos”. Quieren trabajar ya. Lo necesitan, pero sobre todo lo quieren. Porque trabajar no es solo una cuestión económica. Es dignidad, es proyecto de vida, es sentir que uno forma parte de algo. Y eso lo tienen clarísimo.

Pero hay algo que rompe ese impulso de frente: no siempre pueden. Y no es por falta de ganas, ni de esfuerzo, ni de actitud. Es, muchas veces, por su situación administrativa. Personas que están en situación irregular, que no tienen permiso de trabajo, que dependen de procesos largos, complejos y, en ocasiones, inciertos. Personas que quieren hacer las cosas bien, pero que el propio sistema deja en una especie de espera obligada.

Ahí aparece una contradicción dura. Se les exige que trabajen, que se integren, que “aporten”. Pero al mismo tiempo, se les impide hacerlo de forma legal durante meses o incluso años. Y en ese tiempo, ¿qué se espera exactamente que hagan?

Lo que pasa es que entre ese deseo y la realidad hay un abismo. Un abismo hecho de trámites, de tiempos administrativos, de barreras legales, de desconocimiento del idioma, de precariedad y, muchas veces, de miedo. Porque no estamos hablando de personas que han hecho una mudanza tranquila. Estamos hablando de personas que han salido de sus países empujadas por algo.

Algunos han cruzado el mar en patera. Y eso no es una imagen abstracta, es una experiencia que marca. Es frío, es incertidumbre, es no saber si vas a llegar. Otros huyen de guerras que han destrozado sus ciudades y sus vidas. Otros escapan de persecuciones políticas, de amenazas reales, de contextos donde opinar o simplemente existir puede costarte la vida. Y luego están quienes son perseguidos por lo que son: personas LGTBIQ+, en países donde amar a quien quieres o mostrarte como eres no solo está mal visto, sino castigado, a veces con cárcel o con la muerte.

Cuando tienes delante a alguien que ha pasado por eso, el discurso de “vienen a aprovecharse” no es solo falso, es profundamente injusto.

Porque la realidad es otra. Es gente que acepta trabajos que muchos aquí rechazan. Es gente que insiste, que pregunta, que vuelve aunque le hayan cerrado puertas. Pero también es gente que se encuentra con un muro invisible: no pueden firmar un contrato, no pueden cotizar, no pueden acceder a un empleo formal aunque lo estén buscando activamente.

Y aquí es donde conviene ser claros. El sistema no siempre acompaña. Los tiempos de regularización son largos, a veces desesperantes. Las oportunidades no están al alcance de todos. Y mientras tanto, la persona está en una especie de limbo, donde no puede avanzar como le gustaría. Eso genera frustración, desgaste y, en algunos casos, situaciones de vulnerabilidad que luego se utilizan como argumento para reforzar el mismo discurso que las ha provocado.

Es un círculo perverso.

Por eso creo que es importante contar lo que no se ve. Lo que pasa dentro de los despachos, en las entrevistas, en las conversaciones reales. Porque ahí es donde se desmontan muchos prejuicios. Ahí es donde entiendes que reducir a todas estas personas a un estereotipo no solo es incorrecto, es una forma de deshumanizar.

No se trata de idealizar. Las personas migrantes no son un colectivo homogéneo ni perfecto, como no lo es ningún otro. Pero sí se trata de ser honestos con la realidad. Y la realidad, al menos la que yo veo cada día, es que la gran mayoría quiere trabajar, pero no siempre puede hacerlo en condiciones legales.

Quizá el problema no es lo que ellos traen, sino lo que nosotros les impedimos hacer.

Y eso sí que merece que nos lo cuestionemos.

Seguir sin saber si esto tiene sentido

No tengo claro si esto va a algún sitio. Y creo que esa es la parte que más cuesta asumir.

Empezar sin tenerlo claro tiene algo de impulso. Hay ganas, hay cierta ilusión, incluso una especie de energía que te empuja a hacer cosas aunque no sepas muy bien hacia dónde. Pero seguir es distinto. Seguir ya no tiene tanto de emoción, tiene más de duda. De preguntarte si lo que estás haciendo merece la pena, si alguien lo leerá, si todo esto tiene algún sentido o simplemente estás ocupando tiempo en algo que no va a ningún lado.

Y aun así, sigues. No porque tengas una respuesta clara, sino porque parar tampoco te la da.

Hay momentos en los que todo esto se siente un poco absurdo. Escribir sin saber muy bien para quién, publicar sin saber si conecta con alguien, intentar construir algo sin tener una idea cerrada de lo que quieres que sea. Y en ese punto es fácil pensar que igual estás perdiendo el tiempo.

Pero también hay algo ahí, aunque sea pequeño. Algo que no es tan visible, pero que está.

Porque seguir, aunque no lo tengas claro, también es una forma de posicionarte. No tanto hacia fuera, sino hacia dentro. Es decirte que no sabes muy bien qué estás haciendo, pero que quieres explorar esto igualmente. Y eso, aunque parezca poca cosa, no lo es.

Estamos demasiado acostumbrados a ver solo lo que ya está definido. Proyectos claros, mensajes pulidos, personas que parecen tenerlo todo ordenado. Pero casi nunca vemos esta parte, la de estar en medio, la de no saber, la de seguir aun con dudas.

A veces me pregunto si esto terminará siendo algo concreto, si este espacio tendrá una forma clara o si llegará a algo más. Y la respuesta, ahora mismo, es que no lo sé. Pero también empiezo a pensar que igual no hace falta saberlo todavía.

Quizá esto no va de tener sentido desde el principio. Quizá va de ir encontrándolo poco a poco. O quizá ni siquiera va de eso.

De momento, lo único que tengo claro es que sigo.

Empezar sin tenerlo claro

No tenía muy claro cómo empezar esto, y quizá por eso tiene sentido hacerlo así, sin demasiadas vueltas.

Este espacio nace más por una necesidad que por un plan. La sensación de que hay cosas que ves cada día, en el trabajo o fuera de él, que te hacen pensar, pero que no terminan de encajar en los sitios donde normalmente se hablan.

Trabajo en lo social y eso, de alguna manera, está siempre de fondo. Pero esto no va a ser un blog técnico ni un lugar donde ordenar ideas como si todo fuese más claro de lo que es. Tampoco nace con la intención de explicar nada a nadie.

Más bien es un sitio para parar un poco y mirar con algo más de atención lo que suele pasar desapercibido. A veces tendrá que ver con lo social, otras no tanto, o no de forma directa. Porque no todo lo que nos atraviesa cabe en una categoría, y quizá ahí es donde empieza lo interesante.

Aquí irán apareciendo cosas distintas: situaciones, reflexiones, dudas, alguna experiencia más personal o incluso cosas aparentemente más ligeras. No porque todo tenga la misma importancia, sino porque muchas veces no es el tema lo que marca la diferencia, sino cómo te paras a mirarlo.

No hay una estructura cerrada ni una idea demasiado definida de hacia dónde tiene que ir. Supongo que se irá construyendo poco a poco, como casi todo lo que merece la pena.

De momento, esto es solo una forma de empezar.

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