No tengo claro si esto va a algún sitio. Y creo que esa es la parte que más cuesta asumir.
Empezar sin tenerlo claro tiene algo de impulso. Hay ganas, hay cierta ilusión, incluso una especie de energía que te empuja a hacer cosas aunque no sepas muy bien hacia dónde. Pero seguir es distinto. Seguir ya no tiene tanto de emoción, tiene más de duda. De preguntarte si lo que estás haciendo merece la pena, si alguien lo leerá, si todo esto tiene algún sentido o simplemente estás ocupando tiempo en algo que no va a ningún lado.
Y aun así, sigues. No porque tengas una respuesta clara, sino porque parar tampoco te la da.
Hay momentos en los que todo esto se siente un poco absurdo. Escribir sin saber muy bien para quién, publicar sin saber si conecta con alguien, intentar construir algo sin tener una idea cerrada de lo que quieres que sea. Y en ese punto es fácil pensar que igual estás perdiendo el tiempo.
Pero también hay algo ahí, aunque sea pequeño. Algo que no es tan visible, pero que está.
Porque seguir, aunque no lo tengas claro, también es una forma de posicionarte. No tanto hacia fuera, sino hacia dentro. Es decirte que no sabes muy bien qué estás haciendo, pero que quieres explorar esto igualmente. Y eso, aunque parezca poca cosa, no lo es.
Estamos demasiado acostumbrados a ver solo lo que ya está definido. Proyectos claros, mensajes pulidos, personas que parecen tenerlo todo ordenado. Pero casi nunca vemos esta parte, la de estar en medio, la de no saber, la de seguir aun con dudas.
A veces me pregunto si esto terminará siendo algo concreto, si este espacio tendrá una forma clara o si llegará a algo más. Y la respuesta, ahora mismo, es que no lo sé. Pero también empiezo a pensar que igual no hace falta saberlo todavía.
Quizá esto no va de tener sentido desde el principio. Quizá va de ir encontrándolo poco a poco. O quizá ni siquiera va de eso.
De momento, lo único que tengo claro es que sigo.
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