Un espacio personal de Diego Navarro

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La sociedad de los mínimos

Vivimos en una sociedad que dice valorar el esfuerzo. Lo repetimos constantemente: que las cosas importantes cuestan, que hay que trabajar duro, que quien se esfuerza acaba consiguiendo lo que se propone. Hemos convertido el sacrificio en una especie de medida moral. Cuando alguien consigue algo que consideramos valioso, buscamos detrás una historia de esfuerzo que nos permita pensar que se lo merece. Y cuando alguien no lo consigue, muchas veces hacemos la operación contraria: suponemos que no se esforzó lo suficiente. Sin embargo, cuando observamos cómo funcionan realmente muchos de los sistemas que organizan nuestra vida, encontramos algo bastante diferente: en la mayoría de ellos, el esfuerzo no es lo que se mide. Lo que se mide es el resultado.

Pensemos en algo tan sencillo como los estudios. Un estudiante puede pasar tres meses estudiando para un examen, comprender la asignatura, leer más allá de lo que aparece en los apuntes y dedicar horas a intentar entender aquello que no termina de comprender. Otro puede estudiar dos días, memorizar exactamente lo que suele aparecer en el examen y olvidarlo todo una semana después. Si el primero suspende y el segundo saca un diez, el sistema ya ha decidido quién ha obtenido un mejor resultado. El primero ha suspendido y el segundo ha aprobado. Da igual, a efectos de la calificación, cuánto tiempo ha dedicado cada uno, cuánto ha aprendido realmente o cuánto conocimiento conservará dentro de unos meses. La prueba tiene un objetivo concreto y ambos serán valorados en función de cómo respondan a ella.

Puede ocurrir incluso algo más paradójico. Imaginemos a una persona que conoce prácticamente toda la asignatura, pero que, ante la cantidad enorme de contenidos que tiene que estudiar, considera que determinados temas son secundarios y decide dedicarles menos tiempo. El examen pregunta precisamente por aquello que dejó de lado y suspende. Otra persona conoce mucho menos, pero ha identificado perfectamente qué contenidos son susceptibles de aparecer en la prueba y los ha preparado de manera exhaustiva. Saca un diez. ¿Quién sabe más? La respuesta no la encontraremos necesariamente en la nota. El examen ha medido cómo han respondido ambos ante unas preguntas concretas, en un momento concreto y bajo unas condiciones concretas. Y esto no significa que los exámenes no sirvan o que las evaluaciones sean inútiles. Significa algo mucho más sencillo: la medida que utilizamos nunca es exactamente aquello que pretendemos medir.

El problema aparece cuando aprendemos a vivir alrededor de esa medida. Si para aprobar necesitas un cinco, lo razonable es intentar sacar un cinco. Si para conseguir un determinado puesto necesitas superar una entrevista, preparas la entrevista. Si una empresa mide tu rendimiento mediante determinados indicadores, aprendes a mejorar esos indicadores. Si un sistema recompensa que completes determinadas tareas, centras tu esfuerzo en completarlas. No tiene por qué haber mala intención detrás. De hecho, puede ser perfectamente racional. Las personas respondemos a los incentivos que tenemos delante y aprendemos rápidamente qué comportamientos nos permiten conseguir aquello que buscamos. El problema empieza cuando aquello que inicialmente era una herramienta para medir un objetivo termina convirtiéndose en el objetivo en sí mismo.

Y aquí es donde empiezo a preguntarme si parte de lo que llamamos actualmente mediocridad no tendrá algo que ver con esto. No me refiero a afirmar que las nuevas generaciones sean menos inteligentes, menos capaces o tengan menos interés por hacer bien las cosas. Esa explicación sería demasiado sencilla y, además, habría que demostrarla. Cada generación tiende a pensar que la siguiente sabe menos, se esfuerza menos o tiene menos valores, y probablemente dentro de unas décadas alguien estará diciendo exactamente lo mismo de quienes hoy consideramos jóvenes. Pero sí creo que podemos estar construyendo una cultura en la que hacer lo suficiente resulta mucho más rentable que intentar hacer algo excepcional. Y eso es diferente de decir que las personas sean peores.

La excelencia suele exigir hacer más de lo que se pide. Estudiar algo que no va a entrar en el examen porque realmente quieres comprenderlo. Revisar un trabajo cuando ya cumple los requisitos porque sabes que puede quedar mejor. Aprender una habilidad que no necesitas inmediatamente. Leer sobre algo simplemente porque te interesa. Dedicar tiempo a entender una cuestión que nadie te va a evaluar. Todo eso tiene un coste y requiere una motivación que va más allá de conseguir una recompensa inmediata. La mediocridad, entendida no como hacer las cosas mal sino como conformarse sistemáticamente con lo suficiente, tiene una ventaja evidente: consume menos recursos. Si un trabajo está aprobado con un cinco, dedicar otras diez horas para convertirlo en un nueve puede aportar muy poco si la recompensa que recibes es prácticamente la misma. Si el sistema reconoce de la misma manera haber cumplido y haberlo hecho extraordinariamente bien, la excelencia empieza a parecer un esfuerzo difícil de justificar.

Esto puede ayudarnos a entender algo que muchas veces interpretamos exclusivamente como un problema individual. Decimos que alguien es conformista, que no tiene ambición, que no quiere aprender más, que hace las cosas sin interés o que se limita a cumplir. Pero quizá deberíamos preguntarnos también qué incentivos tiene esa persona para hacer algo diferente. Si durante años le hemos enseñado que lo importante es conseguir resultados, superar pruebas, obtener títulos, cumplir objetivos y alcanzar determinados indicadores, no debería sorprendernos que haya aprendido a concentrar sus esfuerzos exactamente en aquello que produce esos resultados. Quizá no estamos ante una generación que no quiera esforzarse. Quizá estamos ante generaciones que han aprendido a administrar el esfuerzo de una manera mucho más eficiente.

Y aquí aparece una paradoja bastante interesante: una sociedad obsesionada con medir el rendimiento puede acabar produciendo personas obsesionadas con alcanzar el mínimo rendimiento necesario para superar la siguiente medición. Cuando todo se convierte en una prueba que hay que superar, dejamos de preguntarnos qué estamos aprendiendo realmente. Cuando el título importa más que los conocimientos que hay detrás, el título se convierte en el objetivo. Cuando el indicador importa más que aquello que pretendía representar, mejorar el indicador acaba siendo más importante que mejorar aquello que realmente debería importarnos. Y cuando una persona descubre que obtener un resultado concreto requiere diez unidades de esfuerzo, pero que quince unidades no le proporcionan ninguna recompensa adicional, es bastante lógico que termine empleando diez.

Esto también nos obliga a revisar nuestra idea de meritocracia. Nos gusta pensar que vivimos en una sociedad en la que cada uno obtiene aquello que merece en función de su esfuerzo. Es una idea atractiva porque ofrece una explicación sencilla del mundo: quien trabaja obtiene resultados y quien no los obtiene no ha trabajado lo suficiente. El problema es que el resultado no nos cuenta el camino. No sabemos cuánto ha estudiado una persona que aprueba, cuánto ha trabajado quien consigue un puesto, cuánto apoyo ha tenido quien alcanza el éxito o cuántas veces ha podido equivocarse antes de conseguirlo. Tampoco sabemos cuánto esfuerzo hay detrás de un fracaso. Una persona puede haberlo intentado todo y suspender; puede haber trabajado durante años y no haber conseguido prosperar; puede haber desarrollado capacidades extraordinarias que nunca han coincidido con aquello que el sistema necesitaba medir.

De hecho, quizá una de las mayores trampas de la meritocracia sea que interpretamos el camino a partir del resultado. Si alguien tiene éxito, tendemos a pensar que se lo ha ganado, que ha trabajado duro y que probablemente ha hecho las cosas bien. Si fracasa, buscamos qué hizo mal, cuánto le faltó esforzarse o qué decisiones equivocadas tomó. El resultado termina condicionando nuestra interpretación de todo lo que ocurrió antes. El éxito parece demostrar el mérito y el fracaso parece demostrar su ausencia, aunque en realidad ninguno de los dos nos permita conocer completamente las circunstancias que han intervenido.

Y volvemos así al esfuerzo. Tal vez el esfuerzo no haya perdido valor porque las personas sean peores. Tal vez haya perdido valor porque cada vez somos mejores identificando qué esfuerzo merece la pena hacer y cuál no. Si estudiar veinte horas no mejora significativamente tu resultado respecto a estudiar diez, estudiar veinte deja de ser una decisión racional. Si hacer un trabajo excelente no te proporciona ninguna ventaja respecto a hacerlo correctamente, la excelencia empieza a parecer un lujo. Si nadie reconoce lo que sabes y solo reconoce que hayas superado la prueba, aprender más allá de la prueba deja de tener una utilidad evidente. No es necesariamente falta de compromiso. Puede ser simplemente adaptación.

El problema es que esta lógica, aplicada una y otra vez, puede terminar generando algo que sí se parece bastante a la mediocridad. No porque las personas sean incapaces de hacer cosas extraordinarias, sino porque dejamos de crear razones para que quieran hacerlas. Una sociedad necesita personas que hagan las cosas bien incluso cuando nadie las está evaluando, que quieran comprender aunque no haya un examen, que mejoren un trabajo aunque ya cumpla los requisitos y que desarrollen capacidades que quizá nunca aparezcan en una prueba. Pero para que eso ocurra necesitamos algo más que decirles que se esfuercen. Necesitamos que exista algún sentido en ese esfuerzo.

Quizá por eso deberíamos dejar de plantear el debate exclusivamente en términos de «las nuevas generaciones no se esfuerzan». Puede que algunas personas se esfuercen menos, como ha ocurrido siempre, pero también puede que estemos ante algo diferente: personas que han aprendido perfectamente las reglas del juego. Si el sistema les dice que lo importante es aprobar, aprobarán. Si les dice que lo importante es conseguir un título, conseguirán el título. Si les dice que lo importante es alcanzar un determinado indicador, alcanzarán el indicador. Y si después les preguntamos por qué no han ido más allá, quizá la respuesta más sencilla sea también la más incómoda: porque nadie se lo pidió y porque hacerlo no cambiaba el resultado.

Al final, una sociedad no educa solamente mediante aquello que dice. También educa mediante aquello que recompensa. Podemos repetir que hay que esforzarse, que hay que estudiar, que hay que ser responsable, que hay que buscar la excelencia y que las cosas bien hechas tienen valor. Pero si después la recompensa depende exclusivamente de superar una prueba, alcanzar un número o cumplir un mínimo, estaremos transmitiendo otro mensaje mucho más poderoso: no importa cuánto hagas, importa que llegues. Y cuando ese mensaje se repite durante años, no debería extrañarnos que muchas personas aprendan a recorrer el camino más corto posible hasta ese resultado.

Quizá esa sea una de las contradicciones de nuestro tiempo. Hemos convertido el resultado en la medida de casi todo y, al mismo tiempo, nos preguntamos por qué cada vez parece importar menos el camino. Nos preocupa la mediocridad, pero hemos construido numerosos sistemas en los que la suficiencia y la excelencia reciben recompensas muy parecidas. Nos quejamos de que alguien estudia para aprobar y no para aprender, pero después le evaluamos fundamentalmente por si ha aprobado. Criticamos al trabajador que hace exactamente lo que se le exige, pero muchas organizaciones son incapaces de reconocer aquello que queda fuera de sus indicadores. Pedimos iniciativa, compromiso y excelencia mientras seguimos midiendo a las personas principalmente por resultados concretos.

Tal vez no deberíamos preguntarnos solamente por qué la gente se esfuerza menos. Tal vez deberíamos preguntarnos qué hemos hecho para que esforzarse más deje de tener sentido. Porque quizá el problema no sea que las personas hayan dejado de querer hacer las cosas bien, sino que hemos construido demasiados contextos en los que hacerlas bien y hacerlas suficientemente bien producen prácticamente el mismo resultado.

Y si eso es cierto, entonces la mediocridad no sería únicamente un problema de las personas. También sería, en parte, el resultado lógico de una sociedad que ha aprendido a premiar el mínimo necesario para llegar a donde quiere llegar. No estamos necesariamente enseñando a las personas a hacer las cosas mal. Quizá estamos enseñándoles algo mucho más eficiente: a no hacer nada que no sea necesario.

Ozempic frente a la idea social de que hay que sufrir para adelgazar

Hay algo que me llama la atención cada vez que aparece una conversación sobre Ozempic, Mounjaro y los medicamentos que han cambiado en poco tiempo la forma en la que hablamos de la pérdida de peso. Me interesan muchas de las cuestiones que rodean a estos medicamentos: si realmente funcionan, cuáles son sus efectos secundarios, qué riesgos pueden tener y, especialmente, el enorme negocio que las compañías farmacéuticas están construyendo alrededor de ellos. Sobre algunas de estas cuestiones, como los efectos secundarios, prefiero no entrar demasiado porque no soy médico y creo que conviene hablar desde el conocimiento que uno tiene. Sobre otras, como el negocio farmacéutico y la manera en que se está desarrollando este mercado, sí tengo una opinión bastante clara. Pero hay otra cuestión que me parece también especialmente interesante: la reacción que provocan en una parte de la sociedad. Parece que no basta con que una persona consiga perder peso. Necesitamos saber cómo lo ha conseguido y, sobre todo, cuánto le ha costado.

Si alguien adelgaza después de meses de dieta, gimnasio, restricciones, hambre y disciplina, solemos considerar que ha hecho las cosas bien. Hay un componente casi moral en ese reconocimiento: ha tenido fuerza de voluntad, se ha sacrificado, ha sido constante y, por tanto, se ha ganado el resultado. Pero si esa misma persona consigue perder peso con ayuda de un medicamento, aparece rápidamente la idea de que ha elegido el camino fácil, como si el valor de adelgazar dependiera también de cuánto sufrimiento hayamos podido observar durante el proceso. Y es precisamente esa reacción la que me interesa explorar, porque detrás de ella hay algo que va bastante más allá de Ozempic o Mounjaro: nuestra manera de entender el cuerpo, la salud, la responsabilidad individual y hasta el mérito.

¿Por qué necesitamos que adelgazar cueste?

Vivimos en una sociedad en la que el esfuerzo tiene un valor enorme. No solamente nos gusta conseguir resultados, sino que tendemos a considerar que los resultados son más legítimos cuando creemos que han requerido sacrificio. Lo hacemos constantemente: admiramos a quien ha trabajado mucho para conseguir algo, desconfiamos de quien parece haberlo obtenido demasiado fácilmente y atribuimos parte del mérito de una persona a la dificultad del camino que ha recorrido. Con el peso corporal ocurre algo especialmente llamativo porque, en nuestra cultura, adelgazar se ha convertido en algo más que una cuestión relacionada con la salud. También se ha convertido en una demostración de disciplina. El cuerpo puede terminar funcionando como una especie de escaparate de nuestra supuesta fuerza de voluntad: un cuerpo delgado puede interpretarse como la prueba visible de que una persona se cuida, se controla y sabe renunciar, mientras que un cuerpo gordo se interpreta demasiadas veces como la prueba contraria.

La psicología social lleva años estudiando esta relación entre esfuerzo y valoración de las personas. Ya en 2016 un estudio encontró que el esfuerzo que las personas atribuían a alguien para perder peso influía en la valoración que hacían de esa persona. Investigaciones más recientes han trasladado esta cuestión directamente a los medicamentos GLP-1. En un estudio publicado en 2025, cuando una persona perdía peso utilizando Ozempic, se consideraba que había realizado menos esfuerzo y que merecía menos reconocimiento que otra que conseguía la misma pérdida de peso mediante dieta y ejercicio. Incluso cuando se explicaba que también había realizado dieta y ejercicio, el uso del medicamento seguía reduciendo la percepción de esfuerzo y de reconocimiento asociada al resultado.

Esto me parece bastante revelador, porque entonces la pregunta deja de ser solamente si una persona está más sana o se encuentra mejor y pasa a ser cuánto creemos que se lo ha trabajado. Y no termino de entender por qué necesitamos que la salud tenga una parte de sufrimiento para considerarla legítima.

El hambre tampoco es solamente una cuestión de voluntad

Aquí aparece una pequeña cuestión médica y psicológica que creo que conviene explicar, precisamente porque ayuda a entender el debate sin convertir el artículo en un texto sobre farmacología. Ozempic no es un quemagrasas. Mounjaro tampoco. La semaglutida, principio activo de Ozempic, es un agonista de los receptores GLP-1: imita la acción de una hormona que participa en la regulación de la glucosa, favorece determinados mecanismos relacionados con la producción de insulina y, a través de su acción sobre el sistema nervioso, interviene en la regulación del apetito y la sensación de saciedad. La tirzepatida, principio activo de Mounjaro, actúa sobre dos sistemas, los receptores GIP y GLP-1. En ambos casos estamos hablando de medicamentos que modifican mecanismos fisiológicos relacionados con el hambre y la ingesta, no de productos que simplemente “queman” la grasa corporal.

Y esto introduce una cuestión psicológica bastante interesante. Durante mucho tiempo hemos hablado del hambre como si fuera exclusivamente una decisión: si tienes hambre, comes; si quieres adelgazar, simplemente decides comer menos. Pero nuestro comportamiento alimentario no funciona de una manera tan sencilla. El hambre, la saciedad, la recompensa asociada a la comida y la regulación de la ingesta están influidos por mecanismos biológicos y psicológicos que no controlamos conscientemente en todo momento. El hecho de que podamos decidir qué comemos no significa que podamos decidir cuándo sentimos hambre del mismo modo que decidimos qué ropa ponernos.

Esto no significa que nuestra conducta no importe ni que las decisiones personales sean irrelevantes. Significa algo mucho más sencillo: que el hecho de que podamos tomar decisiones sobre nuestra alimentación no significa que todo lo relacionado con el hambre dependa exclusivamente de nuestra voluntad. Y quizá deberíamos tenerlo presente antes de juzgar a una persona por no haber conseguido adelgazar mediante una supuesta fuerza de voluntad suficiente.

Si existe un tratamiento, ¿por qué nos molesta que alguien lo utilice?

Aquí es donde creo que la discusión se vuelve especialmente interesante. No estoy planteando que todo el mundo deba utilizar estos medicamentos ni que sean adecuados para cualquier persona que quiera perder unos kilos. Tampoco creo que debamos ignorar sus efectos secundarios, sus contraindicaciones, los problemas que puedan surgir con un uso inadecuado o las consecuencias que puede tener convertirlos en productos de consumo asociados a una determinada estética corporal. Son medicamentos y, como cualquier medicamento, tienen riesgos y beneficios que deben valorarse individualmente.

Pero una cosa es discutir eso y otra muy diferente convertir su utilización en una cuestión moral. Si una persona tiene obesidad y un riesgo elevado de sufrir problemas de salud relacionados con ella, y un tratamiento puede ayudarla a perder peso y mejorar determinados factores de riesgo, ¿por qué debería importarnos si lo ha conseguido con menos esfuerzo del que nosotros consideramos necesario?. A nadie le parece especialmente inmoral que una persona con hipertensión utilice un medicamento para controlar su presión arterial en lugar de demostrar que ha sido capaz de conseguirlo únicamente mediante dieta y ejercicio. Tampoco solemos pensar que alguien con diabetes está haciendo trampas porque necesita medicación para controlar su enfermedad.

Sin embargo, con el peso aparece una exigencia diferente. Parece que no basta con conseguir el resultado. Necesitamos aprobar también el método y, cuanto más difícil haya sido el camino, más mérito le atribuimos. Es como si adelgazar tuviera que superar una especie de examen moral en el que no solo importa llegar a la meta, sino demostrar que hemos sufrido lo suficiente para merecerla.

El problema es cuando convertimos la salud en una cuestión de carácter

Quizá una de las razones por las que esta conversación genera tantas reacciones sea que todavía tenemos una tendencia muy fuerte a interpretar el peso como una característica que depende fundamentalmente de las decisiones individuales. Si pensamos que una persona pesa demasiado porque no se controla, entonces adelgazar mediante dieta y ejercicio parece demostrar que finalmente ha conseguido corregirse. Si utiliza un medicamento, esa narrativa se rompe, porque aparece una ayuda externa que demuestra que quizá la cuestión no era tan sencilla como queríamos pensar.

Y aquí aparece algo que me parece especialmente importante: la utilización de estos medicamentos no está eliminando necesariamente el estigma asociado al peso. De hecho, puede estar creando una nueva forma de juicio. La persona que adelgaza con un GLP-1 puede ser percibida como alguien que ha tomado un atajo, y esa percepción se relaciona con valoraciones más negativas sobre ella. Una investigación publicada en 2026, basada en cuatro estudios realizados en Bélgica, Estados Unidos y Reino Unido, encontró que las personas que utilizaban medicamentos contra la obesidad eran percibidas como menos morales y también recibían valoraciones más negativas en aspectos como competencia, calidez o merecimiento. Los autores relacionan estos juicios, en parte, con la percepción de que habían realizado menos esfuerzo.

Otra investigación experimental publicada también en 2026 encontró que una persona descrita como alguien que había perdido peso utilizando un GLP-1 recibía una valoración más negativa que otra que había perdido la misma cantidad de peso mediante dieta y ejercicio. Es decir, el mismo resultado puede ser valorado de manera diferente dependiendo del camino que imaginemos que ha seguido la persona para conseguirlo.

Es bastante paradójico. Durante años hemos culpado a las personas con obesidad de no hacer suficiente esfuerzo para adelgazar. Ahora que existe una herramienta que puede facilitar la pérdida de peso, podemos seguir culpándolas, pero por haber utilizado esa herramienta. Parece que necesitamos mantener intacta la idea de que el peso dice algo sobre la persona, sobre su carácter, su disciplina o su capacidad para controlarse.

Y sí, las farmacéuticas también tienen mucho que decir

Sería ingenuo ignorar que detrás de todo esto existe un negocio enorme. Y en este punto creo que es importante no caer en una falsa neutralidad. Las compañías farmacéuticas tienen intereses económicos y el mercado de los medicamentos relacionados con la obesidad y la diabetes se ha convertido en uno de los grandes negocios de la industria. No es una sospecha ni una teoría: los propios resultados económicos de las compañías muestran la dimensión que está alcanzando este mercado. Novo Nordisk, fabricante de Ozempic y Wegovy, registró en 2025 unas ventas de 82.347 millones de coronas danesas en su área de obesidad, frente a 65.146 millones en 2024. Eli Lilly, fabricante de Mounjaro y Zepbound, ingresó en 2025 unos 22.965 millones de dólares por Mounjaro y otros 13.542 millones por Zepbound.

Por tanto, sí, hay un negocio enorme detrás de estos medicamentos. Y precisamente por eso creo que debemos mirarlo con cierta distancia. Cuando una herramienta médica empieza a generar semejantes cantidades de dinero y, además, aparece en el centro de una sociedad obsesionada con el peso, es razonable preguntarse qué parte pertenece al ámbito sanitario y qué parte empieza a responder a la lógica del mercado.

También deberíamos preguntarnos quién puede acceder a estos tratamientos, cuánto cuestan, qué ocurre cuando una persona los necesita pero no puede pagarlos y qué sucede cuando un medicamento pensado para tratar determinadas condiciones médicas empieza a ser presentado socialmente como una solución para conseguir un determinado cuerpo. La industria no crea por sí sola la obsesión por adelgazar, pero tampoco es ajena a ella. Cuando existe una enorme demanda social por modificar el cuerpo y, al mismo tiempo, aparece un producto capaz de hacerlo de una manera eficaz, la oportunidad comercial es evidente.

Pero tampoco creo que la crítica a las farmacéuticas tenga que llevarnos al extremo contrario. Que una empresa gane muchísimo dinero con un medicamento no significa automáticamente que ese medicamento sea inútil o que todas las personas que lo utilizan estén siendo engañadas. Podemos cuestionar el negocio, exigir regulación, transparencia, investigación independiente y acceso equitativo y, al mismo tiempo, reconocer que puede existir una utilidad médica real. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Lo que sí me preocupa es que terminemos aceptando con demasiada facilidad que una cuestión sanitaria se convierta en un enorme mercado de consumo alrededor del cuerpo. Porque entonces corremos el riesgo de que la pregunta deje de ser ¿qué necesita esta persona para mejorar su salud? y pase a ser ¿qué producto necesita para parecerse al cuerpo que socialmente consideramos deseable?.

De medicamento para la diabetes a fenómeno social

Hay otra cuestión que tampoco deja de resultarme llamativa. Estos medicamentos no nacieron simplemente como una respuesta estética a una sociedad que quería adelgazar. La semaglutida forma parte de una familia de medicamentos desarrollados para intervenir en procesos metabólicos y Ozempic está aprobado para mejorar el control de la glucosa en adultos con diabetes tipo 2, además de la dieta y el ejercicio. La tirzepatida también tiene una indicación específica para la diabetes tipo 2 bajo la marca Mounjaro, mientras que otras formulaciones y marcas de estos principios activos tienen indicaciones relacionadas con el control crónico del peso.

Sin embargo, en muy poco tiempo el imaginario social ha conseguido convertir estos medicamentos en algo mucho más sencillo: las inyecciones para adelgazar. La diabetes tipo 2 sigue existiendo, por supuesto, y para quienes conviven con ella estos medicamentos pueden formar parte de un tratamiento médico. Pero esa realidad ha quedado bastante eclipsada en la conversación pública por los famosos que han perdido peso, las fotografías del antes y el después, las discusiones sobre cuántos kilos se pueden perder y la obsesión por conseguir determinados cuerpos.

Y quizá eso también dice bastante de nosotros. Una herramienta terapéutica relacionada con una enfermedad metabólica puede terminar convertida en un fenómeno cultural porque la parte que más nos interesa no es necesariamente la enfermedad, sino el cuerpo que podemos cambiar. La diabetes interesa menos que la báscula.

Incluso existe una paradoja en todo esto. Durante años hemos querido combatir la idea de que la obesidad es simplemente una cuestión de voluntad y hemos intentado entenderla como un problema en el que intervienen factores biológicos, psicológicos y sociales. Los medicamentos GLP-1 podrían contribuir a esa mirada más compleja, porque su propio funcionamiento recuerda que el hambre y la regulación del peso tienen una dimensión fisiológica que no se reduce a la voluntad. Pero, al mismo tiempo, el enorme interés social que despiertan puede reforzar otra idea igualmente problemática: que cualquier cuerpo que no encaje en determinado modelo debe ser modificado.

El cuerpo como responsabilidad individual

Quizá aquí esté la parte más social de toda esta historia. Hemos construido una sociedad que habla constantemente de responsabilidad individual. Si tienes una mala situación económica, deberías esforzarte más. Si tienes problemas de salud, deberías cuidarte. Si estás estresado, deberías aprender a gestionarlo. Y si tienes un cuerpo que no encaja en el modelo que consideramos saludable o atractivo, deberías hacer algo para cambiarlo.

Hay algo cómodo en esa explicación porque convierte problemas complejos en decisiones individuales. Si todo depende de lo que haga cada persona, no tenemos que mirar demasiado al entorno, a las condiciones sociales, a la alimentación disponible, a los horarios laborales, a la educación, a la salud mental, a la genética, a las desigualdades económicas o a la propia relación que hemos construido con el cuerpo.

Y con el peso ocurre algo especialmente evidente. El cuerpo se convierte en una especie de currículum visible. Miramos a una persona y creemos poder saber si se cuida, si tiene disciplina, si come bien o si hace ejercicio. Incluso creemos poder saber si merece reconocimiento cuando consigue cambiarlo.

Los medicamentos GLP-1 ponen todo eso en cuestión porque permiten que algunas personas consigan un resultado que antes asociábamos casi exclusivamente al esfuerzo visible. Y quizá por eso generan tanta incomodidad. No porque adelgazar con un medicamento sea necesariamente peor, sino porque rompe una relación que teníamos muy interiorizada entre resultado y sacrificio.

No deberíamos necesitar que alguien sufra para reconocer que está mejor

En el fondo, creo que esta discusión habla de algo bastante más amplio que Ozempic o Mounjaro. Habla de nuestra necesidad de encontrar culpables y de convertir determinadas condiciones de salud en una cuestión de carácter. Nos gusta pensar que cada persona controla completamente su cuerpo porque esa explicación resulta sencilla: si alguien está delgado, ha hecho las cosas bien; si alguien está gordo, no las ha hecho bien; si consigue adelgazar haciendo dieta y ejercicio, ha demostrado que tenía voluntad; si lo consigue con un medicamento, ha tomado un atajo.

Pero la realidad es bastante menos cómoda que eso. Nuestro cuerpo no es un proyecto completamente controlable. La alimentación no es únicamente una suma de decisiones racionales. El hambre no depende exclusivamente de la voluntad. La genética, el metabolismo, el entorno, la salud mental, las condiciones sociales, los hábitos adquiridos y muchos otros factores participan en algo que solemos reducir a una frase tan sencilla como come menos y muévete más.

Por supuesto que existen decisiones personales. Por supuesto que los hábitos importan y, por supuesto, los medicamentos tampoco son una solución mágica ni están exentos de riesgos. Tampoco creo que debamos convertirlos en una especie de milagro médico ni ignorar sus efectos secundarios porque nos interese defender una determinada posición. Precisamente porque son medicamentos, deben utilizarse cuando están indicados y bajo supervisión sanitaria. Pero reconocer todo eso no debería obligarnos a volver a la vieja idea de que quien no consigue adelgazar suficientemente es, sencillamente, alguien que no se ha esforzado lo suficiente.

Quizá el problema sea que seguimos confundiendo salud con mérito. Una persona no debería tener que demostrar cuánto ha sufrido para que reconozcamos que está mejor. Si un tratamiento médico puede ayudar a alguien que lo necesita, utilizarlo no convierte su pérdida de peso en menos legítima. Y si otra persona prefiere hacerlo mediante dieta, ejercicio o cualquier otra estrategia adecuada, tampoco necesita que su esfuerzo sea utilizado para juzgar a quien ha elegido otro camino.

No se trata de defender Ozempic. Tampoco de demonizarlo. Se trata de preguntarnos qué hacemos nosotros con la persona que lo utiliza.

Porque podemos discutir sus efectos, sus riesgos, el papel de las farmacéuticas, el precio de los tratamientos, el acceso desigual o la transformación de estos medicamentos en un fenómeno de consumo. Todo eso merece ser discutido y, en algunos casos, criticado. Pero ninguna de esas discusiones debería convertir a quien necesita un tratamiento en alguien que tiene que justificar moralmente por qué ha decidido utilizarlo.

Al final, quizá la pregunta que deberíamos hacernos no sea por qué algunas personas adelgazan con Ozempic o Mounjaro. Quizá deberíamos preguntarnos por qué nos molesta tanto que alguien pueda mejorar sin sufrir tanto como nosotros creemos que debería sufrir.

Porque si lo que realmente nos importa es la salud, el resultado debería importar bastante más que nuestra necesidad de decidir quién se lo ha ganado.

Ceuta y el precio humano de la crisis migratoria

Las imágenes que han llegado desde Ceuta estos días son difíciles de ignorar. Miles de personas intentando alcanzar territorio español, familias enteras caminando por la playa, menores cruzando a nado, agentes desbordados y una ciudad incapaz de absorber una llegada de semejante magnitud. Es una situación excepcional que ha generado preocupación, incertidumbre y un intenso debate político. Sería ingenuo negar que una entrada masiva de personas plantea un desafío enorme para cualquier país. La gestión de las fronteras es una responsabilidad del Estado y la ciudadanía tiene derecho a preguntarse cómo debe afrontarse una crisis de estas dimensiones. Sin embargo, precisamente cuando las emociones son más intensas, es cuando más necesario resulta detenerse a comprender qué está ocurriendo realmente y quiénes son los verdaderos protagonistas de esta historia.

Lo sucedido en Ceuta no puede entenderse únicamente como un episodio migratorio. Todo indica que detrás hay también una crisis diplomática en la que Marruecos ha desempeñado un papel decisivo al relajar o dejar de ejercer el control habitual sobre la frontera durante un tiempo. Cuando miles de personas consiguen cruzar de forma prácticamente simultánea una frontera que normalmente está fuertemente vigilada, resulta evidente que no estamos ante un simple aumento espontáneo de llegadas. Estamos ante un conflicto entre Estados en el que la migración se convierte en un instrumento de presión política. Es una realidad incómoda, pero necesaria para entender el contexto. Las personas migrantes no han diseñado esa estrategia, no controlan las relaciones entre gobiernos ni deciden cuándo se abre o se cierra una frontera. Han sido, una vez más, quienes han quedado atrapados en medio de un pulso que les supera por completo.

Eso no significa que todas las decisiones que toman sean irrelevantes o que la entrada irregular deba contemplarse con indiferencia. Los Estados tienen el derecho y la obligación de proteger sus fronteras, igual que tienen el deber de garantizar la seguridad y el orden público. Defender esto no convierte a nadie en xenófobo, del mismo modo que defender la dignidad de las personas migrantes no convierte a nadie en partidario de unas fronteras sin control. El problema aparece cuando el debate deja de centrarse en cómo gestionar una situación compleja y comienza a buscar culpables fáciles.

Y pocas veces hay un culpable más fácil que quien llega sin nada.

Las redes sociales y algunos discursos políticos reaccionan con una velocidad que apenas deja espacio para la reflexión. En cuestión de horas empiezan a circular vídeos sacados de contexto, mensajes que presentan la llegada de miles de personas como una amenaza homogénea e incluso expresiones que dejan de hablar de seres humanos para hablar de masas, invasiones o enemigos. Cada cual tiene derecho a expresar su opinión sobre la política migratoria, a pedir un mayor control fronterizo o a reclamar cambios legislativos. Todo eso forma parte del debate democrático. Lo preocupante es cuando la discusión deja de dirigirse hacia las políticas y comienza a dirigirse contra las personas.

Porque quienes aparecen en esas imágenes tienen historias muy diferentes entre sí. Algunos huyen de conflictos, otros de la pobreza extrema, otros simplemente buscan oportunidades que jamás han encontrado en su país de origen. También habrá quien actúe movido únicamente por el deseo de mejorar su situación económica. Ninguna de esas circunstancias convierte automáticamente cualquier decisión en correcta ni obliga a un Estado a aceptar toda entrada irregular. Pero tampoco justifica que desaparezca algo tan básico como la capacidad de reconocer que seguimos hablando de personas.

Hay una consecuencia de estas crisis que rara vez ocupa los titulares y, sin embargo, se repite una y otra vez. El rechazo no suele quedarse en quienes acaban de cruzar la frontera. Termina extendiéndose sobre miles de personas migrantes que llevan años viviendo en España, trabajando, pagando impuestos, formando familias y participando de la vida cotidiana como cualquier otro vecino. Basta con que el ambiente social se tense para que muchos vuelvan a sentir que tienen que demostrar constantemente que ellos no son «como los de las noticias». Esa necesidad permanente de justificarse es una carga profundamente injusta, porque nadie debería responder por las decisiones o los actos de un colectivo entero únicamente por compartir un origen.

Quizá ese sea uno de los efectos más peligrosos del discurso de odio. No necesita conocer a las personas. Le basta con una etiqueta. Cuando alguien deja de ser Ahmed, Fátima o Moussa para convertirse simplemente en «el inmigrante», ya no importa su historia, su trabajo, sus esfuerzos o los años que lleve construyendo una vida aquí. La individualidad desaparece y solo queda un estereotipo sobre el que resulta muy sencillo proyectar miedos, frustraciones o problemas que tienen causas mucho más profundas.

Como trabajador social, una de las lecciones que más se repite con el paso de los años es que la realidad nunca cabe dentro de los eslóganes. Detrás de cada expediente hay una biografía distinta, decisiones difíciles, errores, aciertos, pérdidas y esperanzas. Las personas no son categorías administrativas ni titulares de prensa. Tampoco son números en una estadística. Cuando olvidamos eso, dejamos de comprender los problemas sociales y empezamos a construir caricaturas que quizá sirvan para ganar un debate, pero nunca para resolver un conflicto.

La crisis de Ceuta exige respuestas políticas serias. España debe proteger sus fronteras, Europa no puede mirar hacia otro lado y Marruecos debe asumir las responsabilidades que le correspondan si, como todo parece indicar, ha utilizado la migración como un mecanismo de presión diplomática. Todo eso merece un debate firme y honesto. Pero ninguna de esas respuestas mejorará si se alimenta el odio hacia quienes ocupan el último eslabón de toda esta cadena.

Al final, los gobiernos seguirán negociando, las relaciones diplomáticas cambiarán y los titulares acabarán siendo sustituidos por otros nuevos. Quienes permanecerán aquí serán las personas que han sobrevivido a este episodio, tanto las que lograron llegar como las que llevan años intentando construir una vida en nuestro país. Ellas serán quienes soporten durante mucho tiempo las consecuencias de unas decisiones que nunca tomaron. Porque cuando las fronteras se convierten en trincheras políticas, los gobiernos juegan sus partidas, pero quienes siempre terminan pagando el precio más alto son quienes jamás tuvieron poder para mover ninguna ficha.

Cuando pagar más no significa sentirse mejor atendido

Siempre había dado por hecho que pagar más significaba recibir una atención mejor. No necesariamente una medicina mejor, porque sería injusto cuestionar la profesionalidad de quienes trabajan en uno u otro sistema, sino una experiencia más humana, más cómoda y más cuidada. Después de pasar buena parte del día en un hospital privado, ya no estoy tan seguro de que esa relación entre pagar más y sentirse mejor atendido sea tan evidente como solemos creer.

Siempre me he considerado un firme defensor de la sanidad pública. Creo que el acceso a la salud no debería depender de la capacidad económica de cada persona. Sin embargo, la reflexión que me llevo hoy no nace de una posición ideológica previa, sino de una experiencia concreta. He pasado muchas horas en un hospital privado como acompañante y, durante ese tiempo, he tenido ocasión de observar pequeños detalles que terminaron llevándome a una reflexión que no esperaba hacer.

Probablemente mi error fue imaginar que la diferencia sería mucho mayor. Entendía perfectamente que una de las principales ventajas de la sanidad privada es la rapidez. Poder acceder antes a un especialista, reducir listas de espera o realizar determinadas pruebas en menos tiempo son ventajas evidentes y valiosas. Pero también esperaba encontrar algo más. Esperaba una atención especialmente cercana, una mayor disponibilidad del personal, una sensación de acompañamiento constante y, en definitiva, una experiencia que justificara de forma evidente el esfuerzo económico que tantas familias realizan cada mes.

Lo que encontré fue algo bastante distinto. No porque la atención fuera mala ni porque hubiera sucedido nada grave. Todo parecía desarrollarse con normalidad y la intervención salió correctamente. Sin embargo, la sensación general era mucho más parecida a la de cualquier hospital de lo que había imaginado. La comida era similar a la que podría encontrarse en muchos centros públicos. El personal parecía tan ocupado como en cualquier otro lugar. En algunos momentos incluso tuve la impresión de que determinadas consultas o llamadas se recibían con cierta incomodidad. Nada especialmente negativo, pero tampoco esa atención diferencial que muchas veces asociamos a un servicio privado.

Hubo un detalle que me llamó especialmente la atención. La persona a la que acompañaba subió a planta todavía bajo los efectos de la anestesia, prácticamente recién salida del despertar. No puedo valorar si clínicamente era lo adecuado o no, porque no dispongo de los conocimientos necesarios para hacerlo. Lo que sí puedo describir es la sensación que me produjo como acompañante: esperaba un seguimiento más cercano, una mayor presencia de profesionales y una percepción de cuidado más visible durante esos primeros momentos. Quizá era una expectativa equivocada, pero era la que tenía.

Mientras observaba todo aquello empecé a hacerme una pregunta. ¿Qué es exactamente lo que compra una familia de clase media cuando paga un seguro privado? No me refiero a quienes pueden permitirse hospitales exclusivos o servicios reservados para rentas muy altas. Hablo de personas corrientes que destinan una parte significativa de sus ingresos a una póliza sanitaria porque creen que así obtendrán una atención mejor para ellos y para sus familias.

Después de lo vivido hoy, empiezo a pensar que la respuesta es bastante sencilla. Lo que compran, fundamentalmente, es tiempo. Compran una consulta antes, una prueba antes o una intervención antes. Y eso tiene un valor enorme. Cuando la salud está en juego, la espera genera angustia y cualquier reducción de plazos puede marcar una diferencia importante en la vida de una persona. No pretendo restar importancia a esa ventaja.

Lo que me cuestiono es si muchas personas no esperan también algo más cuando pagan. Esperan sentirse más acompañadas, más escuchadas y más cuidadas. Esperan percibir una diferencia evidente en el trato cotidiano. Esperan que haya más personal disponible. Esperan que las dudas no parezcan una molestia. Esperan una experiencia que transmita claramente que están recibiendo algo distinto. Y mi impresión, al menos tras esta experiencia, es que esa diferencia no siempre es tan clara como imaginamos.

Esta reflexión tampoco pretende enfrentar la sanidad pública y la privada. Sería un error caer en esa simplificación. Hay excelentes profesionales en ambos ámbitos y también problemas en ambos. Sin embargo, la experiencia sí me ha llevado a valorar algo que a veces olvidamos. Cuando aparecen las situaciones más complejas, las grandes emergencias, buena parte de la investigación médica o muchos tratamientos altamente especializados, seguimos confiando en una sanidad pública fuerte y bien dotada. Sigue siendo una de las estructuras fundamentales que sostienen nuestro sistema sanitario.

Quizá la conclusión más honesta que puedo extraer de este día es que pagar más no siempre significa sentirse mejor atendido. Lo que esperaba encontrar era una diferencia evidente en la experiencia humana del cuidado. Lo que encontré fue algo mucho más parecido a la normalidad de cualquier hospital.

Y eso me lleva a una última pregunta. Si la principal ventaja que ofrece la sanidad privada es la reducción de los tiempos de espera, ¿no deberíamos concentrar nuestros esfuerzos en conseguir que la sanidad pública pueda ofrecer esos mismos tiempos razonables a toda la población? Porque, después de lo que he visto hoy, tengo más claro que nunca que una sanidad pública fuerte no es un lujo ni una cuestión ideológica. Es una necesidad colectiva.

La reflexión que me llevo a casa no es que la sanidad privada sea peor. Tampoco que quienes la contratan se equivoquen. Lo que me llevo es una sorpresa: después de tantas horas dentro de un hospital privado, no he encontrado esa gran diferencia que esperaba encontrar.

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