Nos hemos acostumbrado a hablar de la soledad como si fuera, sobre todo, un problema individual. Hablamos de la soledad de las personas mayores, de la de los jóvenes, de quienes viven solos, de quienes no tienen pareja o de quienes pasan demasiado tiempo delante de una pantalla. También hemos aprendido a distinguir entre la soledad elegida y la no deseada, y esa distinción tiene sentido, pero quizá se nos queda corta para explicar todo lo que ocurre cuando una persona se siente desconectada de los demás. Porque la soledad no depende únicamente de cuántas personas tengamos alrededor, ni siquiera de si vivimos solos o acompañados. Tiene una dimensión psicológica evidente, pero también otra profundamente social, y quizá para entenderla de verdad tengamos que dejar de preguntarnos únicamente qué le pasa a la persona que se siente sola y empezar a preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo alrededor de ella.

Hay una serie de frases que repetimos constantemente y que, poco a poco, hemos convertido casi en una especie de manual de madurez emocional: tienes que ser autosuficiente, no debes depender de nadie, tienes que aprender a estar solo, nadie va a venir a salvarte, primero tienes que estar bien contigo mismo. No son necesariamente frases falsas. Todas contienen algo que puede ser útil en determinadas circunstancias. Necesitamos autonomía, capacidad para tomar decisiones y recursos propios para afrontar la vida sin depositar toda nuestra estabilidad en otra persona. El problema aparece cuando transformamos esa autonomía en una obligación de no necesitar a nadie y empezamos a mirar cualquier necesidad afectiva como una debilidad que deberíamos superar. Hemos terminado asociando fortaleza con necesitar poco, cuando en realidad una persona puede ser perfectamente autónoma y, al mismo tiempo, necesitar compañía, afecto, apoyo, cuidado o simplemente saber que hay alguien a quien llamar cuando las cosas se complican.

Quizá aquí hemos confundido dependencia con interdependencia. No es lo mismo no poder vivir sin otra persona que reconocer que nadie construye una vida completamente solo. Tampoco es lo mismo permanecer en una relación porque creemos que fuera de ella no somos capaces de existir que saber apoyarnos en otras personas cuando lo necesitamos. Entre la dependencia absoluta y la autosuficiencia absoluta hay un espacio mucho más humano en el que podemos tomar nuestras propias decisiones, tener una identidad propia y, al mismo tiempo, aceptar que nuestra vida está inevitablemente entrelazada con la de los demás. La alternativa a desaparecer dentro de una relación no debería ser levantar un muro alrededor de nosotros, sino aprender a relacionarnos sin perder quiénes somos.

Esta forma de entender la autosuficiencia tampoco aparece aislada del modelo de sociedad en el que vivimos. Hay algo en el concepto de modernidad líquida, desarrollado por Zygmunt Bauman, que resulta especialmente útil para pensar en todo esto. Bauman utilizó esa idea para describir una realidad en la que muchas de las estructuras que durante mucho tiempo habían parecido sólidas y estables se vuelven más cambiantes, flexibles, inciertas y provisionales. Y eso no afecta únicamente al trabajo, al consumo o a nuestra manera de organizar la vida, sino también a los vínculos que construimos con otras personas. Cuando casi todo puede cambiar rápidamente, cuando acostumbramos a movernos entre empleos, lugares, proyectos y formas de vida, las relaciones tampoco permanecen al margen de esa lógica.

En esa sociedad líquida, por llamarla de una forma más cotidiana, también los vínculos pueden volverse más frágiles, reversibles y provisionales. Bauman llevó esta reflexión al terreno afectivo en Amor líquido, donde analiza precisamente una contradicción que resulta muy reconocible: queremos vincularnos, pero al mismo tiempo tememos quedar demasiado vinculados. Buscamos compañía, intimidad y seguridad, pero también queremos conservar siempre una puerta de salida. Queremos sentirnos importantes para alguien, aunque a veces nos incomode reconocer cuánto puede llegar a importarnos esa persona. De ahí podemos hablar también de relaciones líquidas, vínculos que se construyen y deshacen con mayor facilidad y que conviven con una tensión constante entre nuestro deseo de pertenecer y nuestro miedo a depender.

Eso no significa que las relaciones del pasado fueran necesariamente mejores. Muchas se mantenían por dependencia económica, desigualdad, presión social o porque marcharse sencillamente no era una posibilidad real. Haber ganado libertad para abandonar relaciones que nos hacen daño es un avance, pero tener más facilidad para romper un vínculo no significa necesariamente que hayamos aprendido a construir mejor los vínculos que sí queremos conservar. Quizá una sociedad líquida no produzca necesariamente personas solas, pero sí puede favorecer vidas más cambiantes, vínculos más frágiles y una sensación de provisionalidad que hace más difícil construir esa seguridad emocional que necesitamos.

Quizá una de las grandes paradojas de nuestro tiempo sea precisamente esa. Nunca hemos tenido tantas posibilidades para conocer gente, mantener el contacto y comunicarnos de forma inmediata, pero eso no significa que tengamos más facilidad para construir relaciones profundas. Podemos hablar durante todo el día con decenas de personas y no sentir que hemos hablado realmente con nadie. Podemos tener cientos de contactos en el teléfono y no saber a quién llamar cuando necesitamos contar algo que de verdad importa. Podemos tener pareja, familia, compañeros de trabajo y una vida social aparentemente llena y sentirnos profundamente solos. Por eso estar solo y sentirse solo son cosas distintas. Una persona puede pasar una tarde entera sola, caminar por la montaña, leer, viajar o simplemente estar en casa y disfrutar de ese tiempo sin experimentar ninguna sensación de abandono, mientras que otra puede estar rodeada de personas y sentir que nadie la ve de verdad.

Ahí está, para mí, una de las claves que a veces perdemos cuando hablamos de soledad. No siempre faltan personas; a veces falta conexión. No siempre necesitamos ampliar nuestro círculo social; a veces necesitamos que alguno de nuestros vínculos tenga suficiente profundidad como para permitirnos mostrarnos sin estar representando constantemente un papel. Por eso respuestas como «sal más», «conoce gente» o «apúntate a alguna actividad» pueden quedarse muy cortas. Pueden ayudar, por supuesto, pero el problema de una persona que se siente sola no siempre es que tenga pocas relaciones, sino que quizá ninguna de ellas le proporciona una verdadera sensación de seguridad, pertenencia o intimidad. Estar acompañado no significa necesariamente sentirse acompañado, igual que comunicarnos constantemente no significa necesariamente sentirnos conectados.

Y probablemente esa forma de relacionarnos con los demás empiece mucho antes de que podamos siquiera ponerle palabras. Antes de aprender a estar solos aprendemos si podemos confiar en que alguien estará cuando lo necesitemos. Las primeras personas que nos cuidan nos enseñan, sin explicárnoslo, qué podemos esperar del mundo y de los demás. Aprendemos qué ocurre cuando lloramos, cuando tenemos miedo, cuando necesitamos consuelo o cuando buscamos cercanía. Aprendemos si nuestras necesidades encuentran una respuesta más o menos estable o si, por el contrario, pedir ayuda acaba asociado a rechazo, indiferencia o inseguridad. La teoría del apego ayuda a comprender parte de ese proceso, no porque nuestras primeras experiencias determinen de manera inevitable todas nuestras relaciones futuras, sino porque contribuyen a construir una determinada expectativa sobre lo que significa acercarnos a alguien y dejar que alguien se acerque a nosotros.

Eso también obliga a mirar de otra manera algunas formas de autosuficiencia que solemos admirar. Hay personas que no piden ayuda, que parecen no necesitar a nadie y que han construido su identidad alrededor de ser capaces de resolverlo todo solas. Puede ser una muestra real de autonomía, pero también puede ser una forma de protección. A veces el «no necesito a nadie» no nace de haber aprendido a estar bien solo, sino de haber aprendido que necesitar a alguien puede doler demasiado. Si las personas de las que dependíamos en determinados momentos de nuestra vida no estaban disponibles, nos rechazaban o eran imprevisibles, podemos terminar aprendiendo que la forma más segura de no ser abandonados consiste en no depender emocionalmente de nadie. Desde fuera puede parecer fortaleza; por dentro puede haber miedo, desconfianza o la convicción de que abrirse demasiado a otra persona siempre termina teniendo un coste.

Por eso me parece importante no convertir el aprendizaje de estar solo en otro mandato. Saber estar solo es importante, pero no porque debamos prepararnos para vivir sin nadie. Es importante porque hay momentos en los que necesitamos distancia, silencio, intimidad y espacio propio, y porque una relación saludable no debería convertirse en el lugar del que depende toda nuestra identidad. También hay situaciones en las que quedarse solo es mucho mejor que permanecer acompañado. Una persona que sufre maltrato, violencia, manipulación o una relación profundamente destructiva puede necesitar precisamente alejarse, aunque hacerlo implique atravesar inicialmente una enorme sensación de vacío. Defender la importancia de los vínculos no significa defender cualquier vínculo, del mismo modo que reconocer nuestra necesidad de otras personas no significa que debamos mantener cerca a quienes nos hacen daño.

La cuestión quizá esté en poder elegir. Poder estar solo sin sentir que hemos sido abandonados, poder estar acompañado sin sentir que hemos dejado de pertenecernos y poder marcharnos de una relación cuando permanecer en ella significa destruirnos. La soledad puede ser descanso, espacio, protección o simplemente una forma de estar en el mundo durante un tiempo. El problema aparece cuando deja de ser una elección y se convierte en desconexión, cuando queremos establecer vínculos y no sabemos cómo, cuando estamos rodeados y no encontramos un lugar donde sentirnos realmente seguros o cuando asumimos que necesitar a alguien es una debilidad que tenemos que ocultar.

Además, la soledad no se queda únicamente en nuestros pensamientos. Aunque aislamiento social y soledad subjetiva no sean exactamente lo mismo, ambos pueden relacionarse con consecuencias importantes para el bienestar psicológico y físico. El estrés, el sueño, el estado de ánimo y nuestra manera de afrontar las dificultades pueden verse afectados cuando sentimos que no disponemos de apoyo o pertenencia. Nuestro cuerpo tampoco es indiferente a las relaciones. Puede parecer extraño hablar de algo tan intangible como sentirse acompañado y, al mismo tiempo, reconocer que esa percepción puede tener efectos muy concretos, pero somos animales sociales y nuestra sensación de seguridad se ha construido siempre en relación con otros. Por eso no es tan sencillo separar lo psicológico de lo físico ni pensar que la soledad es solo una idea que podemos corregir cambiando nuestra actitud.

Sin embargo, seguimos abordando gran parte de este malestar desde una perspectiva casi exclusivamente individual. Si te sientes solo, trabaja tu autoestima. Si no tienes pareja, aprende a estar contigo mismo. Si no tienes amigos, sal más. Si algo te supera, desarrolla resiliencia. Si estás mal, haz terapia. Muchas de esas respuestas pueden ser útiles y la terapia puede ser necesaria en determinados momentos, pero algo empieza a fallar cuando utilizamos soluciones individuales para explicar cualquier problema sin preguntarnos qué condiciones sociales lo están favoreciendo. Hemos construido ciudades en las que muchas veces apenas conocemos a nuestros vecinos, trabajos que consumen buena parte de nuestro tiempo y energía, relaciones marcadas por la movilidad y la provisionalidad y una vida cotidiana en la que podemos estar disponibles para todo el mundo sin estar realmente presentes para nadie.

Y después, cuando alguien no puede más, le decimos que tiene que aprender a gestionarlo mejor. Es una lógica que se repite en muchos otros ámbitos: convertimos problemas que tienen componentes sociales en defectos o dificultades del individuo y luego le pedimos que se adapte mejor a las condiciones que los producen. Quizá una parte de la soledad contemporánea tenga que ver con eso. No con que las personas hayan perdido de repente la capacidad de relacionarse, sino con que hemos ido construyendo un modelo de vida donde cada vez hay menos tiempo, menos estabilidad y menos espacios para mantener vínculos que necesitan precisamente tiempo, presencia y continuidad. Una sociedad líquida puede ofrecernos más libertad y más posibilidades de movimiento, pero también puede hacer que tengamos menos lugares donde sentir que pertenecemos de verdad.

Incluso nuestra forma de comunicarnos refleja esa contradicción. Nunca había sido tan fácil enviar un mensaje y, sin embargo, eso no significa que sea más fácil sentirse escuchado. Podemos saber qué está haciendo alguien en cada momento sin saber cómo está realmente. Podemos mantener relaciones durante años a través de pequeñas interacciones cotidianas y descubrir un día que no sabemos qué contarle a esa persona cuando nos sucede algo importante. Hemos conseguido estar permanentemente conectados, pero conexión y vínculo no son exactamente lo mismo. Una tecnología puede facilitar que dos personas entren en contacto, pero no puede garantizar que se cuiden, se comprendan o se sientan seguras una junto a la otra.

Quizá por eso deberíamos revisar algunas de las frases con las que hemos construido una determinada idea de fortaleza. No dependas de nadie. Sé autosuficiente. Aprende a estar solo. Nadie va a venir a salvarte. Entiendo de dónde vienen y entiendo también por qué en algunos momentos pueden ayudarnos. Hay personas que necesitan escuchar que pueden marcharse, que pueden reconstruirse sin quien las está dañando o que su vida no termina cuando termina una relación. Pero una cosa es aprender que podemos sobrevivir sin una persona concreta y otra muy diferente convencernos de que una vida saludable consiste en no necesitar a nadie.

Necesitamos a otras personas. Necesitamos vínculos, cuidado, afecto, intimidad y pertenencia. Necesitamos sentir que importamos para alguien y saber que podemos acudir a otra persona cuando nuestros propios recursos no bastan. Reconocerlo no nos hace menos autónomos, menos maduros ni menos fuertes. Tal vez la verdadera autonomía no consista en demostrar que podemos con todo solos, sino en poder decidir cuándo necesitamos ayuda, a quién se la pedimos, qué relaciones queremos conservar y de cuáles necesitamos alejarnos.

Quizá por eso el problema de la soledad no pueda reducirse a enseñar a las personas a estar solas. A veces estar solo es justamente lo que necesitamos. Lo preocupante es construir una sociedad donde cada vez nos resulte más fácil vivir desconectados y, al mismo tiempo, convencernos de que si esa desconexión nos duele es porque todavía no hemos aprendido a ser suficientemente autosuficientes. Tal vez deberíamos empezar a plantearlo justo al revés: no tenemos que aprender a no necesitar a nadie, sino aprender a necesitar sin someternos, a querer sin poseer, a acompañar sin controlar y a estar solos sin sentirnos abandonados. Porque necesitar a otras personas no es un fallo en nuestra independencia. Es, sencillamente, una parte de ser humanos.