Un espacio personal de Diego Navarro

Etiqueta: Sanidad privada

Cuando un problema público se convierte en un seguro privado

Tengo que renovar la medicación de la tiroides. No estoy enfermo, no me pasa nada urgente y tampoco necesito que nadie investigue qué me ocurre. Es simplemente uno de esos tratamientos continuados que cada cierto tiempo requieren que el médico vuelva a renovar la prescripción. Algo bastante rutinario. Llevo varios días entrando para pedir cita con mi médico de Atención Primaria y no hay. Ni pronto ni tarde: sencillamente no aparece ninguna cita disponible dentro del periodo que puedo consultar, que es de un mes.

En mi caso no pasa nada especialmente grave. Puedo esperar, volver a intentarlo mañana, llamar al centro de salud o buscar la manera de solucionarlo antes de quedarme sin medicación. Pero mientras miraba otra vez la pantalla pensé que el problema no era realmente mi tiroides. El problema es que podría estar enfermo. Podría tener fiebre, llevar varios días con un dolor que no sé interpretar, necesitar que alguien me escuche el pecho o tener cualquier problema que no es una urgencia hospitalaria pero que tampoco debería esperar semanas. Para eso estaba, entre otras cosas, el médico de cabecera. Y cuando esa puerta deja de estar disponible, la gente no deja de enfermar. Busca otra puerta.

Después nos sorprendemos de que se llenen los dispositivos de urgencias de Atención Primaria o las urgencias de los hospitales. Seguro que hay quien utiliza mal las urgencias, como utilizamos mal muchas otras cosas, pero creo que a veces hemos construido un relato demasiado sencillo en el que el ciudadano parece ser siempre el responsable del colapso. Quizá habría que preguntarse también qué hace alguien cuando lleva días intentando conseguir una cita y no puede. Si cerramos la entrada normal al sistema, no debería sorprendernos demasiado que terminemos entrando por donde todavía queda una puerta abierta.

Y justo estos días se produjo una coincidencia que me hizo pensar bastante en todo esto. Mientras yo intentaba conseguir cita con mi médico, Recursos Humanos nos envió un correo ofreciéndonos la posibilidad de contratar un seguro médico privado con unas condiciones y un precio reducido por ser trabajadores de la empresa. En mi caso cuesta algo más de 57 euros al mes. Evidentemente una cosa no tiene absolutamente nada que ver con la otra. La empresa ofrece una ventaja a sus trabajadores y mi centro de salud tiene sus propios problemas. Pero la coincidencia casi parecía una metáfora: llevo días sin conseguir que me atienda la sanidad pública y, de repente, aparece en mi correo una solución que consiste en pagar para que probablemente me atiendan antes.

Y reconozco que durante unos minutos hice las cuentas. Puedo pagar esos 57 euros. No me supondrían tener que elegir entre el seguro y llenar la nevera. Y precisamente lo que estoy echando en falta ahora mismo es lo que esos seguros venden mejor: rapidez, facilidad para coger una cita, poder elegir una consulta y tener la sensación de que cuando necesitas un médico hay alguien al otro lado. No estoy buscando una sanidad mejor, estoy buscando que alguien me atienda, y precisamente ahí está lo que me incomoda.

Soy defensor de la sanidad pública, y eso no significa que tenga que fingir que funciona estupendamente. Al contrario. Creo que una de las peores formas de defender algo es negar sus problemas. Nuestra sanidad pública tiene dificultades evidentes, especialmente en Atención Primaria: faltan profesionales, faltan tiempos, hay agendas imposibles y demasiadas veces la solución parece consistir en pedir un poco más de esfuerzo a quienes ya están dentro. Y esto no ha aparecido de repente ni puede atribuirse cómodamente a un único gobierno o a unas únicas siglas. Durante años, gobiernos de distinto signo han tomado decisiones, aplazado inversiones o permitido que determinados problemas se fueran haciendo estructurales. Podemos discutir responsabilidades, y seguramente unas decisiones han tenido más peso que otras, pero mientras lo hacemos el resultado cotidiano es bastante más sencillo: intentas pedir cita y no la hay.

Mi problema, por tanto, no es que exista la sanidad privada. Ni siquiera creo que una persona haga nada reprochable por contratarla. Si alguien puede permitírselo y considera que le mejora la vida, es perfectamente comprensible que lo haga. Mi preocupación empieza cuando contratarla deja de ser una elección y empieza a convertirse en la respuesta razonable al mal funcionamiento de la pública. Porque entonces ya no estamos hablando simplemente de dos modelos que conviven, sino de algo mucho más peligroso: una sanidad a dos velocidades en la que unos pueden pagar para escapar de las esperas y otros no tienen ninguna salida.

Yo puedo plantearme pagar esos 57 euros. Hay personas que no, y quizá esa sea la parte de todo esto que más me preocupa desde el trabajo social. Porque cuando hablamos de deteriorar un servicio público a veces parece que hablamos de presupuestos, modelos de gestión, competencias autonómicas o discusiones parlamentarias, pero los servicios públicos tienen una función mucho más básica: conseguir que determinadas cosas importantes no dependan del dinero que tengas. Una persona con un buen sueldo podrá contratar un seguro, pagar una consulta, buscar otra opinión o adelantar una prueba. Una persona que vive con una pensión mínima, una prestación, un salario precario o simplemente llega justa a final de mes tendrá que esperar. Y los problemas de salud no esperan mejor porque seas pobre.

Ahí es donde creo que la defensa de la sanidad pública deja de ser una cuestión ideológica en el sentido más pequeño de la palabra y se convierte en una cuestión de igualdad. La sanidad pública no es importante solamente porque sea pública. Es importante porque, al menos en su principio, cuando entramos por la puerta dejamos de ser clientes con distinta capacidad de compra y nos convertimos en pacientes. La enfermedad no pregunta cuánto ganas antes de aparecer y una sociedad mínimamente decente tampoco debería preguntártelo antes de decidir cuánto tienes que esperar para recibir atención.

Además, hay algo curioso en nuestra relación con los seguros privados. Muchas veces hablamos de ellos como si por una cantidad relativamente pequeña al mes compráramos una especie de sanidad paralela completa. Y no es así. Los seguros tienen contratos, límites, copagos, carencias, exclusiones y condiciones. Algunas pruebas necesitan autorización, determinados tratamientos tienen límites y existen problemas de salud cuya cobertura puede ser muy distinta de lo que uno imaginaba cuando vio el precio de la póliza. Es normal: no son un servicio público, son un producto comercial y la aseguradora necesita que ese producto sea rentable.

Quizá no seamos demasiado conscientes de todo lo que eso significa porque en España hay algo detrás que cambia completamente la película: sigue estando la sanidad pública. Podemos contratar un seguro económico para conseguir una cita rápida con un especialista y sentir que tenemos cubierta nuestra salud, pero sabemos que, si las cosas se ponen realmente feas, sigue existiendo un sistema público al que recurrir. Está el hospital público, las urgencias, los tratamientos complejos, las unidades altamente especializadas y toda una estructura que no depende de que nuestra póliza considere rentable o no atender determinado problema. Eso permite que convivamos con bastante tranquilidad con la letra pequeña de los seguros. Si alguna puerta privada se cierra, sabemos que todavía existe otra.

Y creo que ahí está una de las paradojas que pocas veces tenemos en cuenta cuando comparamos ambos modelos. Parte de la tranquilidad con la que podemos contratar seguros baratos, aceptar exclusiones o asumir determinados límites existe precisamente porque detrás está la pública. Si ese respaldo desapareciera, si realmente nuestra salud dependiera por completo de lo que cubriera una póliza privada, probablemente leeríamos de otra manera cada exclusión, cada carencia y cada copago. Importaría muchísimo cuánto cubre realmente un seguro de 57 euros, qué ocurre si desarrollas una enfermedad crónica, qué tratamientos están incluidos, durante cuánto tiempo o cuánto cuesta subir de nivel cuando la póliza básica deja de ser suficiente.

Por eso me cuesta aceptar el argumento de que la solución natural a los problemas de la sanidad pública sea contratar un seguro privado. Puede ser mi solución individual, claro, e incluso puede que un día termine haciéndolo. Pero sería una derrota colectiva bastante extraña: deterioramos un sistema que es de todos, quienes pueden permitírselo compran una salida y después utilizamos esa salida como prueba de que el sistema privado funciona mejor. Mientras tanto, quienes tienen menos recursos, las personas más vulnerables o quienes ya están en situaciones de exclusión continúan dependiendo del mismo sistema público al que cada vez exigimos más mientras le damos menos capacidad para responder.

También me preocupa otra explicación que empieza a aparecer con demasiada facilidad cuando hablamos del deterioro de los servicios públicos: somos más, ha llegado mucha población migrante y por eso todo está saturado. Evidentemente, si una población aumenta hay que adaptar los servicios. Parece una obviedad. Si en un barrio viven veinte mil personas y unos años después viven treinta mil, habrá que tener más médicos, más profesores, más transporte y más recursos sociales. Lo sorprendente sería querer atender a treinta mil personas con los recursos que ya eran justos para veinte mil y después responsabilizar a las diez mil nuevas de que el sistema no funcione.

Convertir a quien llega en la causa del problema resulta mucho más sencillo que preguntarnos por qué los servicios públicos no han crecido al mismo ritmo que las necesidades. La inmigración puede aumentar la demanda, como lo hacen el envejecimiento, la cronicidad o cualquier cambio demográfico, pero una sociedad que crece necesita infraestructuras y servicios que crezcan con ella. El problema no es que haya personas utilizando la sanidad. Para eso existe la sanidad. El problema aparece cuando pretendemos atender más necesidades sin aumentar de forma suficiente los recursos y después buscamos a alguien a quien señalar en la sala de espera.

Yo sigo entrando estos días para ver si aparece una cita y sigo sin haber contratado aquel seguro. Puede que hacerlo fuera lo más práctico. Algo más de 57 euros al mes y probablemente muchas de estas pequeñas situaciones serían más fáciles. Pero hay algo que me sigue chirriando: para resolver un problema provocado por el debilitamiento de un servicio que ya financiamos entre todos, la respuesta que empieza a parecernos normal es pagar una segunda vez por nuestra cuenta.

Quizá algún día termine haciéndolo. No descarto esa contradicción, porque defender lo público tampoco obliga a convertir cada decisión cotidiana en una prueba de pureza ideológica. Si necesito atención y puedo conseguirla, seguramente actuaré como casi todo el mundo y buscaré la forma de resolver mi problema. Pero precisamente por eso quiero una sanidad pública que funcione: porque yo puedo pagar esos 57 euros y habrá quien no pueda hacerlo, y una de las razones por las que existe la sanidad pública es precisamente para que, cuando enfermamos, eso no importe.

Cuando pagar más no significa sentirse mejor atendido

Siempre había dado por hecho que pagar más significaba recibir una atención mejor. No necesariamente una medicina mejor, porque sería injusto cuestionar la profesionalidad de quienes trabajan en uno u otro sistema, sino una experiencia más humana, más cómoda y más cuidada. Después de pasar buena parte del día en un hospital privado, ya no estoy tan seguro de que esa relación entre pagar más y sentirse mejor atendido sea tan evidente como solemos creer.

Siempre me he considerado un firme defensor de la sanidad pública. Creo que el acceso a la salud no debería depender de la capacidad económica de cada persona. Sin embargo, la reflexión que me llevo hoy no nace de una posición ideológica previa, sino de una experiencia concreta. He pasado muchas horas en un hospital privado como acompañante y, durante ese tiempo, he tenido ocasión de observar pequeños detalles que terminaron llevándome a una reflexión que no esperaba hacer.

Probablemente mi error fue imaginar que la diferencia sería mucho mayor. Entendía perfectamente que una de las principales ventajas de la sanidad privada es la rapidez. Poder acceder antes a un especialista, reducir listas de espera o realizar determinadas pruebas en menos tiempo son ventajas evidentes y valiosas. Pero también esperaba encontrar algo más. Esperaba una atención especialmente cercana, una mayor disponibilidad del personal, una sensación de acompañamiento constante y, en definitiva, una experiencia que justificara de forma evidente el esfuerzo económico que tantas familias realizan cada mes.

Lo que encontré fue algo bastante distinto. No porque la atención fuera mala ni porque hubiera sucedido nada grave. Todo parecía desarrollarse con normalidad y la intervención salió correctamente. Sin embargo, la sensación general era mucho más parecida a la de cualquier hospital de lo que había imaginado. La comida era similar a la que podría encontrarse en muchos centros públicos. El personal parecía tan ocupado como en cualquier otro lugar. En algunos momentos incluso tuve la impresión de que determinadas consultas o llamadas se recibían con cierta incomodidad. Nada especialmente negativo, pero tampoco esa atención diferencial que muchas veces asociamos a un servicio privado.

Hubo un detalle que me llamó especialmente la atención. La persona a la que acompañaba subió a planta todavía bajo los efectos de la anestesia, prácticamente recién salida del despertar. No puedo valorar si clínicamente era lo adecuado o no, porque no dispongo de los conocimientos necesarios para hacerlo. Lo que sí puedo describir es la sensación que me produjo como acompañante: esperaba un seguimiento más cercano, una mayor presencia de profesionales y una percepción de cuidado más visible durante esos primeros momentos. Quizá era una expectativa equivocada, pero era la que tenía.

Mientras observaba todo aquello empecé a hacerme una pregunta. ¿Qué es exactamente lo que compra una familia de clase media cuando paga un seguro privado? No me refiero a quienes pueden permitirse hospitales exclusivos o servicios reservados para rentas muy altas. Hablo de personas corrientes que destinan una parte significativa de sus ingresos a una póliza sanitaria porque creen que así obtendrán una atención mejor para ellos y para sus familias.

Después de lo vivido hoy, empiezo a pensar que la respuesta es bastante sencilla. Lo que compran, fundamentalmente, es tiempo. Compran una consulta antes, una prueba antes o una intervención antes. Y eso tiene un valor enorme. Cuando la salud está en juego, la espera genera angustia y cualquier reducción de plazos puede marcar una diferencia importante en la vida de una persona. No pretendo restar importancia a esa ventaja.

Lo que me cuestiono es si muchas personas no esperan también algo más cuando pagan. Esperan sentirse más acompañadas, más escuchadas y más cuidadas. Esperan percibir una diferencia evidente en el trato cotidiano. Esperan que haya más personal disponible. Esperan que las dudas no parezcan una molestia. Esperan una experiencia que transmita claramente que están recibiendo algo distinto. Y mi impresión, al menos tras esta experiencia, es que esa diferencia no siempre es tan clara como imaginamos.

Esta reflexión tampoco pretende enfrentar la sanidad pública y la privada. Sería un error caer en esa simplificación. Hay excelentes profesionales en ambos ámbitos y también problemas en ambos. Sin embargo, la experiencia sí me ha llevado a valorar algo que a veces olvidamos. Cuando aparecen las situaciones más complejas, las grandes emergencias, buena parte de la investigación médica o muchos tratamientos altamente especializados, seguimos confiando en una sanidad pública fuerte y bien dotada. Sigue siendo una de las estructuras fundamentales que sostienen nuestro sistema sanitario.

Quizá la conclusión más honesta que puedo extraer de este día es que pagar más no siempre significa sentirse mejor atendido. Lo que esperaba encontrar era una diferencia evidente en la experiencia humana del cuidado. Lo que encontré fue algo mucho más parecido a la normalidad de cualquier hospital.

Y eso me lleva a una última pregunta. Si la principal ventaja que ofrece la sanidad privada es la reducción de los tiempos de espera, ¿no deberíamos concentrar nuestros esfuerzos en conseguir que la sanidad pública pueda ofrecer esos mismos tiempos razonables a toda la población? Porque, después de lo que he visto hoy, tengo más claro que nunca que una sanidad pública fuerte no es un lujo ni una cuestión ideológica. Es una necesidad colectiva.

La reflexión que me llevo a casa no es que la sanidad privada sea peor. Tampoco que quienes la contratan se equivoquen. Lo que me llevo es una sorpresa: después de tantas horas dentro de un hospital privado, no he encontrado esa gran diferencia que esperaba encontrar.