Vivimos en una sociedad que dice valorar el esfuerzo. Lo repetimos constantemente: que las cosas importantes cuestan, que hay que trabajar duro, que quien se esfuerza acaba consiguiendo lo que se propone. Hemos convertido el sacrificio en una especie de medida moral. Cuando alguien consigue algo que consideramos valioso, buscamos detrás una historia de esfuerzo que nos permita pensar que se lo merece. Y cuando alguien no lo consigue, muchas veces hacemos la operación contraria: suponemos que no se esforzó lo suficiente. Sin embargo, cuando observamos cómo funcionan realmente muchos de los sistemas que organizan nuestra vida, encontramos algo bastante diferente: en la mayoría de ellos, el esfuerzo no es lo que se mide. Lo que se mide es el resultado.
Pensemos en algo tan sencillo como los estudios. Un estudiante puede pasar tres meses estudiando para un examen, comprender la asignatura, leer más allá de lo que aparece en los apuntes y dedicar horas a intentar entender aquello que no termina de comprender. Otro puede estudiar dos días, memorizar exactamente lo que suele aparecer en el examen y olvidarlo todo una semana después. Si el primero suspende y el segundo saca un diez, el sistema ya ha decidido quién ha obtenido un mejor resultado. El primero ha suspendido y el segundo ha aprobado. Da igual, a efectos de la calificación, cuánto tiempo ha dedicado cada uno, cuánto ha aprendido realmente o cuánto conocimiento conservará dentro de unos meses. La prueba tiene un objetivo concreto y ambos serán valorados en función de cómo respondan a ella.
Puede ocurrir incluso algo más paradójico. Imaginemos a una persona que conoce prácticamente toda la asignatura, pero que, ante la cantidad enorme de contenidos que tiene que estudiar, considera que determinados temas son secundarios y decide dedicarles menos tiempo. El examen pregunta precisamente por aquello que dejó de lado y suspende. Otra persona conoce mucho menos, pero ha identificado perfectamente qué contenidos son susceptibles de aparecer en la prueba y los ha preparado de manera exhaustiva. Saca un diez. ¿Quién sabe más? La respuesta no la encontraremos necesariamente en la nota. El examen ha medido cómo han respondido ambos ante unas preguntas concretas, en un momento concreto y bajo unas condiciones concretas. Y esto no significa que los exámenes no sirvan o que las evaluaciones sean inútiles. Significa algo mucho más sencillo: la medida que utilizamos nunca es exactamente aquello que pretendemos medir.
El problema aparece cuando aprendemos a vivir alrededor de esa medida. Si para aprobar necesitas un cinco, lo razonable es intentar sacar un cinco. Si para conseguir un determinado puesto necesitas superar una entrevista, preparas la entrevista. Si una empresa mide tu rendimiento mediante determinados indicadores, aprendes a mejorar esos indicadores. Si un sistema recompensa que completes determinadas tareas, centras tu esfuerzo en completarlas. No tiene por qué haber mala intención detrás. De hecho, puede ser perfectamente racional. Las personas respondemos a los incentivos que tenemos delante y aprendemos rápidamente qué comportamientos nos permiten conseguir aquello que buscamos. El problema empieza cuando aquello que inicialmente era una herramienta para medir un objetivo termina convirtiéndose en el objetivo en sí mismo.
Y aquí es donde empiezo a preguntarme si parte de lo que llamamos actualmente mediocridad no tendrá algo que ver con esto. No me refiero a afirmar que las nuevas generaciones sean menos inteligentes, menos capaces o tengan menos interés por hacer bien las cosas. Esa explicación sería demasiado sencilla y, además, habría que demostrarla. Cada generación tiende a pensar que la siguiente sabe menos, se esfuerza menos o tiene menos valores, y probablemente dentro de unas décadas alguien estará diciendo exactamente lo mismo de quienes hoy consideramos jóvenes. Pero sí creo que podemos estar construyendo una cultura en la que hacer lo suficiente resulta mucho más rentable que intentar hacer algo excepcional. Y eso es diferente de decir que las personas sean peores.
La excelencia suele exigir hacer más de lo que se pide. Estudiar algo que no va a entrar en el examen porque realmente quieres comprenderlo. Revisar un trabajo cuando ya cumple los requisitos porque sabes que puede quedar mejor. Aprender una habilidad que no necesitas inmediatamente. Leer sobre algo simplemente porque te interesa. Dedicar tiempo a entender una cuestión que nadie te va a evaluar. Todo eso tiene un coste y requiere una motivación que va más allá de conseguir una recompensa inmediata. La mediocridad, entendida no como hacer las cosas mal sino como conformarse sistemáticamente con lo suficiente, tiene una ventaja evidente: consume menos recursos. Si un trabajo está aprobado con un cinco, dedicar otras diez horas para convertirlo en un nueve puede aportar muy poco si la recompensa que recibes es prácticamente la misma. Si el sistema reconoce de la misma manera haber cumplido y haberlo hecho extraordinariamente bien, la excelencia empieza a parecer un esfuerzo difícil de justificar.
Esto puede ayudarnos a entender algo que muchas veces interpretamos exclusivamente como un problema individual. Decimos que alguien es conformista, que no tiene ambición, que no quiere aprender más, que hace las cosas sin interés o que se limita a cumplir. Pero quizá deberíamos preguntarnos también qué incentivos tiene esa persona para hacer algo diferente. Si durante años le hemos enseñado que lo importante es conseguir resultados, superar pruebas, obtener títulos, cumplir objetivos y alcanzar determinados indicadores, no debería sorprendernos que haya aprendido a concentrar sus esfuerzos exactamente en aquello que produce esos resultados. Quizá no estamos ante una generación que no quiera esforzarse. Quizá estamos ante generaciones que han aprendido a administrar el esfuerzo de una manera mucho más eficiente.
Y aquí aparece una paradoja bastante interesante: una sociedad obsesionada con medir el rendimiento puede acabar produciendo personas obsesionadas con alcanzar el mínimo rendimiento necesario para superar la siguiente medición. Cuando todo se convierte en una prueba que hay que superar, dejamos de preguntarnos qué estamos aprendiendo realmente. Cuando el título importa más que los conocimientos que hay detrás, el título se convierte en el objetivo. Cuando el indicador importa más que aquello que pretendía representar, mejorar el indicador acaba siendo más importante que mejorar aquello que realmente debería importarnos. Y cuando una persona descubre que obtener un resultado concreto requiere diez unidades de esfuerzo, pero que quince unidades no le proporcionan ninguna recompensa adicional, es bastante lógico que termine empleando diez.
Esto también nos obliga a revisar nuestra idea de meritocracia. Nos gusta pensar que vivimos en una sociedad en la que cada uno obtiene aquello que merece en función de su esfuerzo. Es una idea atractiva porque ofrece una explicación sencilla del mundo: quien trabaja obtiene resultados y quien no los obtiene no ha trabajado lo suficiente. El problema es que el resultado no nos cuenta el camino. No sabemos cuánto ha estudiado una persona que aprueba, cuánto ha trabajado quien consigue un puesto, cuánto apoyo ha tenido quien alcanza el éxito o cuántas veces ha podido equivocarse antes de conseguirlo. Tampoco sabemos cuánto esfuerzo hay detrás de un fracaso. Una persona puede haberlo intentado todo y suspender; puede haber trabajado durante años y no haber conseguido prosperar; puede haber desarrollado capacidades extraordinarias que nunca han coincidido con aquello que el sistema necesitaba medir.
De hecho, quizá una de las mayores trampas de la meritocracia sea que interpretamos el camino a partir del resultado. Si alguien tiene éxito, tendemos a pensar que se lo ha ganado, que ha trabajado duro y que probablemente ha hecho las cosas bien. Si fracasa, buscamos qué hizo mal, cuánto le faltó esforzarse o qué decisiones equivocadas tomó. El resultado termina condicionando nuestra interpretación de todo lo que ocurrió antes. El éxito parece demostrar el mérito y el fracaso parece demostrar su ausencia, aunque en realidad ninguno de los dos nos permita conocer completamente las circunstancias que han intervenido.
Y volvemos así al esfuerzo. Tal vez el esfuerzo no haya perdido valor porque las personas sean peores. Tal vez haya perdido valor porque cada vez somos mejores identificando qué esfuerzo merece la pena hacer y cuál no. Si estudiar veinte horas no mejora significativamente tu resultado respecto a estudiar diez, estudiar veinte deja de ser una decisión racional. Si hacer un trabajo excelente no te proporciona ninguna ventaja respecto a hacerlo correctamente, la excelencia empieza a parecer un lujo. Si nadie reconoce lo que sabes y solo reconoce que hayas superado la prueba, aprender más allá de la prueba deja de tener una utilidad evidente. No es necesariamente falta de compromiso. Puede ser simplemente adaptación.
El problema es que esta lógica, aplicada una y otra vez, puede terminar generando algo que sí se parece bastante a la mediocridad. No porque las personas sean incapaces de hacer cosas extraordinarias, sino porque dejamos de crear razones para que quieran hacerlas. Una sociedad necesita personas que hagan las cosas bien incluso cuando nadie las está evaluando, que quieran comprender aunque no haya un examen, que mejoren un trabajo aunque ya cumpla los requisitos y que desarrollen capacidades que quizá nunca aparezcan en una prueba. Pero para que eso ocurra necesitamos algo más que decirles que se esfuercen. Necesitamos que exista algún sentido en ese esfuerzo.
Quizá por eso deberíamos dejar de plantear el debate exclusivamente en términos de «las nuevas generaciones no se esfuerzan». Puede que algunas personas se esfuercen menos, como ha ocurrido siempre, pero también puede que estemos ante algo diferente: personas que han aprendido perfectamente las reglas del juego. Si el sistema les dice que lo importante es aprobar, aprobarán. Si les dice que lo importante es conseguir un título, conseguirán el título. Si les dice que lo importante es alcanzar un determinado indicador, alcanzarán el indicador. Y si después les preguntamos por qué no han ido más allá, quizá la respuesta más sencilla sea también la más incómoda: porque nadie se lo pidió y porque hacerlo no cambiaba el resultado.
Al final, una sociedad no educa solamente mediante aquello que dice. También educa mediante aquello que recompensa. Podemos repetir que hay que esforzarse, que hay que estudiar, que hay que ser responsable, que hay que buscar la excelencia y que las cosas bien hechas tienen valor. Pero si después la recompensa depende exclusivamente de superar una prueba, alcanzar un número o cumplir un mínimo, estaremos transmitiendo otro mensaje mucho más poderoso: no importa cuánto hagas, importa que llegues. Y cuando ese mensaje se repite durante años, no debería extrañarnos que muchas personas aprendan a recorrer el camino más corto posible hasta ese resultado.
Quizá esa sea una de las contradicciones de nuestro tiempo. Hemos convertido el resultado en la medida de casi todo y, al mismo tiempo, nos preguntamos por qué cada vez parece importar menos el camino. Nos preocupa la mediocridad, pero hemos construido numerosos sistemas en los que la suficiencia y la excelencia reciben recompensas muy parecidas. Nos quejamos de que alguien estudia para aprobar y no para aprender, pero después le evaluamos fundamentalmente por si ha aprobado. Criticamos al trabajador que hace exactamente lo que se le exige, pero muchas organizaciones son incapaces de reconocer aquello que queda fuera de sus indicadores. Pedimos iniciativa, compromiso y excelencia mientras seguimos midiendo a las personas principalmente por resultados concretos.
Tal vez no deberíamos preguntarnos solamente por qué la gente se esfuerza menos. Tal vez deberíamos preguntarnos qué hemos hecho para que esforzarse más deje de tener sentido. Porque quizá el problema no sea que las personas hayan dejado de querer hacer las cosas bien, sino que hemos construido demasiados contextos en los que hacerlas bien y hacerlas suficientemente bien producen prácticamente el mismo resultado.
Y si eso es cierto, entonces la mediocridad no sería únicamente un problema de las personas. También sería, en parte, el resultado lógico de una sociedad que ha aprendido a premiar el mínimo necesario para llegar a donde quiere llegar. No estamos necesariamente enseñando a las personas a hacer las cosas mal. Quizá estamos enseñándoles algo mucho más eficiente: a no hacer nada que no sea necesario.