Un espacio personal de Diego Navarro

Etiqueta: Ciudadania

No sabemos qué votarán «los nietos». Y precisamente de eso se trata

Hay algo que me resulta especialmente inquietante de todo lo que está ocurriendo alrededor de la llamada ley de nietos, y no tiene que ver únicamente con la Ley de Memoria Democrática, con lo que hizo el Ministerio de Justicia al desarrollarla o con si una instrucción administrativa interpretó de forma demasiado amplia lo que habían aprobado las Cortes. Esa discusión existe y es legítima. La ley reconoció el derecho a optar a la nacionalidad española a determinados descendientes de españoles y, posteriormente, la instrucción de 25 de octubre de 2022 estableció que se presumiría la condición de exiliado para quienes hubieran salido de España entre el 18 de julio de 1936 y el 31 de diciembre de 1955. Se puede discutir jurídicamente si esa presunción encaja exactamente en lo que dice la ley, porque precisamente de ahí nace buena parte del conflicto. Lo que me resulta mucho más difícil de entender es que, mientras esa discusión jurídica se resuelve, hayamos terminado hablando no solo de quién tiene derecho a la nacionalidad española, sino también de qué podría ocurrir si esas personas votan.

El Tribunal Supremo ha suspendido cautelarmente determinados efectos de las inscripciones en el Censo Electoral de Residentes Ausentes (el CERA) de quienes han obtenido la nacionalidad al amparo de esta normativa. Conviene decirlo bien porque la diferencia es importante: el Supremo no les ha retirado la nacionalidad española. Estas personas continúan siendo españolas. El litigio afecta al censo y, por tanto, a la posibilidad de ejercer el derecho de sufragio mientras se resuelve el fondo del asunto. La mayoría de la Sala ha considerado que el importante incremento del CERA puede plantear riesgos para la objetividad y transparencia del proceso electoral y ha relacionado ese aumento con sus posibles efectos sobre las circunscripciones y la representación. La Junta Electoral Central ha terminado acatando la decisión, aunque también dentro de ella se han producido importantes discrepancias sobre el alcance de la medida.

Ahí es donde, para mí, la discusión deja de ser únicamente administrativa y empieza a plantear preguntas mucho más profundas. Si existen dudas sobre cómo se ha aplicado una norma de nacionalidad, habrá que resolverlas. Si una instrucción administrativa excedió lo que aprobó el legislador, corresponde a los tribunales determinarlo. Pero resulta difícil separar de la dimensión política un razonamiento que pone el foco en que la incorporación de nuevos ciudadanos al censo podría modificar el resultado de unas elecciones, porque eso es precisamente lo que hacen los ciudadanos cuando votan: modificar resultados electorales. Para eso existe el sufragio. La democracia no consiste en conservar una determinada composición del electorado para que el resultado sea previsible, sino en permitir que participen todas las personas que legalmente tienen derecho a hacerlo.

Aquí aparece además una paradoja difícil de ignorar. La nacionalidad de estas personas no ha sido anulada, siguen siendo españolas y, sin embargo, el efecto práctico de la medida cautelar puede ser que no puedan ejercer temporalmente uno de los derechos políticos vinculados a esa condición. Y no es una contradicción que aparezca únicamente en el debate político o mediático. Dentro del propio Supremo existe una discrepancia: la magistrada Alicia Millán sostiene en su voto particular que las medidas acordadas impiden a ciudadanos ejercer un derecho político derivado de una nacionalidad que ha sido reconocida legalmente y que continúa produciendo efectos. Frente al riesgo futuro que aprecia la mayoría, su posición pone el foco en un perjuicio mucho más inmediato: ciudadanos españoles que pueden quedar privados del ejercicio del voto mientras se resuelve el fondo del asunto.

Pero hay otra parte de esta historia que me interesa incluso más porque dice mucho de cómo pensamos políticamente. De fondo sobrevuela una especie de presuposición sobre quiénes son estas personas y qué podrían votar. Son hijos, nietos o descendientes de españoles que se marcharon durante determinados periodos de nuestra historia y, en muchos casos, descendientes del exilio provocado por la Guerra Civil y la dictadura. A partir de ahí parece demasiado fácil dibujar mentalmente el resto de su biografía política: si sus abuelos fueron republicanos o huyeron del franquismo, sus descendientes serán progresistas, votarán a la izquierda y modificarán de determinada manera el resultado electoral. El problema es que las personas no funcionan así y, por mucho que nos simplifique el análisis, tampoco las familias transmiten una ideología como transmiten un apellido.

La nacionalidad puede transmitirse entre generaciones. Los apellidos también. Podemos heredar historias familiares, relatos, vínculos culturales e incluso recuerdos de acontecimientos que nosotros nunca vivimos, pero la ideología no se hereda jurídicamente ni se transmite genéticamente. Un nieto de un republicano puede ser socialista, conservador, liberal, comunista, anarquista, votar a Vox, al PP, al PSOE, a cualquier otra opción o no votar absolutamente a nadie. Puede sentir una enorme vinculación con España o prácticamente ninguna, y puede pedir la nacionalidad porque forma parte de la historia de su familia, porque quiere recuperar un vínculo que se perdió, porque le facilita vivir o trabajar en Europa o por una combinación de motivos personales que desde aquí ni siquiera conocemos.

Además, obtener la nacionalidad y quedar inscrito en el censo tampoco implica ninguna obligación de votar. Tener derecho al sufragio no significa ejercerlo, y mucho menos significa votar a una determinada opción. Por eso me cuesta aceptar cualquier construcción en la que cientos de miles de personas dejan de ser individuos y pasan a convertirse en una especie de bloque electoral imaginario. No sabemos qué piensan, no sabemos si votarán y, si lo hacen, tampoco sabemos a quién. Y precisamente de eso se trata. El voto es una decisión individual y libre; si pudiéramos anticiparlo colectivamente en función del origen familiar, de quiénes fueron sus abuelos o de por qué adquirieron la nacionalidad, estaríamos negando buena parte de lo que significa el propio derecho al sufragio.

Hay además una confusión histórica que aparece constantemente cuando hablamos de este tema: identificar automáticamente republicano con izquierda. Son conceptos distintos. Ser republicano significa, en lo fundamental, defender una determinada forma de jefatura del Estado frente a la monarquía, mientras que ser de derechas o de izquierdas tiene que ver con posiciones políticas, económicas y sociales mucho más amplias. Se puede ser republicano y conservador, republicano y liberal, republicano y socialista, y también se puede ser monárquico y situarse en posiciones ideológicas muy diferentes. La propia historia española demuestra que ambos ejes no son equivalentes: durante la Segunda República hubo gobiernos y mayorías parlamentarias de tendencias distintas, incluidas fuerzas conservadoras y de derechas, y aquello no convirtió España en una monarquía. Una cosa es decidir cómo se configura la jefatura del Estado y otra muy distinta decidir qué políticas fiscales, laborales, económicas, sociales o territoriales queremos.

Por eso reducir a los descendientes del exilio a «nietos de republicanos» y, desde ahí, imaginar su comportamiento electoral acumula dos simplificaciones sucesivas. Primero se da por supuesto que la historia política de sus abuelos define la de toda la familia y después se identifica republicanismo con voto de izquierdas. Ninguna de las dos cosas tiene por qué ser cierta. Incluso aunque una persona conozca perfectamente la historia política de su abuelo, la reivindique y considere importante recuperar una nacionalidad que su familia perdió, puede haber llegado a conclusiones políticas completamente diferentes ochenta años después. Eso ocurre en cualquier familia española y no hay ninguna razón para pensar que las familias de la emigración o del exilio funcionen de otra manera.

Y todavía hay algo anterior a todo esto. La denominada ley de nietos no debería entenderse únicamente como una fábrica de nuevos electores. La disposición adicional octava de la Ley de Memoria Democrática contempla varios supuestos de acceso a la nacionalidad: personas nacidas fuera de España descendientes de españoles originarios afectados por el exilio, hijos nacidos en el extranjero de mujeres españolas que perdieron su nacionalidad al casarse con extranjeros antes de la Constitución y también hijos mayores de edad de personas a quienes se reconoció la nacionalidad de origen mediante determinados mecanismos anteriores. Llamarla ley de nietos resulta útil para entender de qué estamos hablando, pero también simplifica una realidad jurídica bastante más compleja.

Podemos discutir si la técnica legislativa fue buena, si la instrucción posterior amplió demasiado alguno de los supuestos o si deberían haberse establecido otros mecanismos de prueba. Todo eso forma parte de un debate jurídico perfectamente legítimo. Lo que no debería confundirse con esa discusión es el cálculo sobre qué efecto electoral pueden tener esas personas una vez reconocidas como españolas. Si empezamos a valorar la incorporación de ciudadanos al censo dependiendo de cómo imaginamos que podrían votar, dejamos de preguntarnos únicamente quién cumple los requisitos para ser ciudadano y empezamos a introducir otra pregunta mucho más incómoda: qué ciudadanos nos convienen electoralmente.

Una democracia puede revisar cómo concede la nacionalidad, exigir documentos, modificar leyes, corregir procedimientos administrativos y someter todas esas decisiones al control de los tribunales. Pero una vez reconocida una nacionalidad válida, los derechos que derivan de ella no deberían mirarse con sospecha porque aumente el número de ciudadanos o porque alguien imagine que esos nuevos electores pueden alterar un resultado. Ese es precisamente el sentido de unas elecciones: que el resultado dependa de lo que decidan quienes tienen derecho a participar y no de una previsión previa sobre lo que sería políticamente más conveniente.

Quizá algunos sean nietos de republicanos y otros no. Algunos conservarán las ideas políticas de sus familias y otros pensarán exactamente lo contrario que sus abuelos. Habrá personas de izquierdas, de derechas, republicanas, monárquicas, indiferentes a la política y seguramente muchas que nunca participen en unas elecciones españolas. Podemos reconocerles una historia familiar, una nacionalidad y unos derechos sin necesidad de atribuirles también una ideología, porque si hay algo que deberíamos asumir cuando reconocemos a alguien como ciudadano es precisamente que, llegado el momento de votar, no sabemos qué hará con ese derecho. Y precisamente de eso se trata.

La política no desaparece cuando dejamos de mirarla

“A mí no me gusta la política”. Es una frase que llevo escuchando desde hace muchos años. A veces viene acompañada de otras similares: “son todos iguales”, “es un rollo”, “siempre están peleándose” o “yo paso de esos temas”. En cierto modo, es una reacción comprensible. Basta con encender la televisión o abrir cualquier red social para encontrarse con discusiones interminables, declaraciones cruzadas, escándalos y titulares diseñados para generar indignación. No resulta extraño que muchas personas acaben desarrollando una cierta aversión hacia todo lo que huela a política.

Sin embargo, con el paso del tiempo he llegado a pensar que quizá el problema no es la política, sino la imagen que hemos construido de ella. Hemos terminado identificándola casi exclusivamente con los partidos, los líderes o los enfrentamientos parlamentarios, cuando en realidad la política está presente en muchas más cosas de las que imaginamos. Está en la forma en que se financia la sanidad, en las condiciones de acceso a una vivienda, en el funcionamiento de la educación pública, en las ayudas sociales, en los derechos laborales, en las pensiones o en la manera en que se gestionan los impuestos. Aunque decidamos no seguir la actualidad política, todas esas decisiones seguirán afectando a nuestra vida cotidiana.

Quizá por eso nunca he entendido del todo la idea de que desinteresarse por la política sea una forma de mantenerse al margen. En realidad ocurre justo lo contrario. Podemos decidir no prestar atención, no leer noticias o no participar en ninguna conversación sobre estos asuntos, pero las decisiones continuarán tomándose igualmente. La diferencia es que, si dejamos de interesarnos por ellas, tendremos menos herramientas para comprender por qué cambian determinadas normas, desaparecen ciertos servicios o aparecen otros nuevos.

No creo que todo el mundo deba leer leyes, estudiar ciencia política o seguir cada sesión parlamentaria. Sería una exigencia poco realista. Pero sí pienso que merece la pena conservar una cierta curiosidad por entender qué hay detrás de las decisiones públicas. Preguntarse quién propone una medida, cuál es el problema que intenta resolver, qué consecuencias puede tener, quién gana y quién pierde con ella o qué alternativas existen. Son preguntas sencillas que, sin embargo, ayudan mucho más a comprender la realidad que cualquier eslogan.

Hay otro aspecto que me preocupa especialmente y que, probablemente, tiene mucho que ver con la forma en la que hoy consumimos información. Vivimos rodeados de titulares, vídeos de pocos segundos y publicaciones que simplifican asuntos enormemente complejos. Cada día recibimos decenas de mensajes que pretenden resumir en una frase una ley de cientos de páginas o una decisión política con implicaciones económicas, sociales y jurídicas muy amplias. Poco a poco hemos ido acostumbrándonos a opinar antes de comprender.

No es extraño escuchar debates sobre una norma que casi nadie ha leído o sobre una propuesta que muy pocos conocen más allá del titular que apareció en su red social favorita. En ocasiones incluso discutimos sobre una noticia que nunca llegó a ser cierta, pero cuyo titular circuló lo suficiente como para quedarse grabado en la memoria colectiva. El problema no es solo la desinformación; el problema es que dejamos de sentir la necesidad de ir un poco más allá y averiguar qué dice realmente el texto, cuál es el contexto o qué ideología inspira esa decisión.

Porque todas las decisiones políticas responden a una determinada manera de entender la sociedad. No existen medidas completamente neutras. Detrás de cada ley, de cada reforma y de cada presupuesto hay una idea sobre cuál debe ser el papel del Estado, cómo deben repartirse los recursos, qué derechos deben priorizarse o qué problemas se consideran más urgentes que otros. Es posible estar de acuerdo o en desacuerdo con esa visión, pero para poder formarse una opinión resulta necesario conocerla primero. Cuando solo nos quedamos con el titular, muchas veces terminamos juzgando las consecuencias sin haber comprendido las ideas que las sostienen.

La desafección política también tiene otra consecuencia menos evidente. Cuanto menor es el interés de la ciudadanía por lo que hacen sus instituciones, menor suele ser el nivel de exigencia al que están sometidos quienes toman decisiones. No significa que todos los gobiernos actúen igual, ni que todas las personas que ocupan responsabilidades públicas lo hagan de mala fe. Significa simplemente que cualquier sistema democrático funciona mejor cuando existe una ciudadanía informada, capaz de preguntar, contrastar y exigir explicaciones. La vigilancia pública no depende únicamente de los medios de comunicación o de la oposición política; depende también de millones de personas que dedican un pequeño esfuerzo a entender lo que ocurre.

Por eso, cuando alguien me dice que no le gusta la política, no pienso que esté rechazando un tema de conversación. Pienso que, probablemente sin pretenderlo, está renunciando a comprender una parte importante de las decisiones que condicionan su propia vida. Y me parece una lástima, porque la política no pertenece a los políticos. Pertenece a toda la sociedad.

No hace falta militar en un partido, acudir a manifestaciones o pasar horas discutiendo en redes sociales para interesarse por la política. Basta con no conformarse siempre con el primer titular, con mantener el hábito de hacerse preguntas y con aceptar que casi todos los asuntos importantes tienen más matices de los que caben en una publicación de doscientas palabras.

Quizá nunca consigamos que la política deje de generar desencanto. Es probable que siga produciendo frustración, decepciones y desacuerdos. Pero entre el entusiasmo incondicional y la indiferencia absoluta existe un espacio muy valioso: el del interés crítico. Ese interés que no consiste en creer a unos u otros, sino en intentar comprender antes de formar una opinión. Y, en tiempos donde la información viaja cada vez más deprisa y la atención dura cada vez menos, quizá esa sea una de las formas más útiles de participación ciudadana que todavía nos quedan.