He pasado por tres universidades distintas a lo largo de mi vida. Primero por la Universidad de Zaragoza, después por la UNED y ahora por la UOC. Tres universidades suficientemente diferentes como para que resulte difícil achacar lo que voy a contar a un modelo concreto: una universidad presencial y tradicional, una universidad pública a distancia y una universidad completamente digital. También las he conocido en momentos muy diferentes de mi vida, primero siendo mucho más joven y ahora estudiando mientras trabajo y mientras mi vida está llena de otras cosas. Por eso cada vez me cuesta más pensar que determinadas sensaciones tengan que ver con una universidad concreta y no con algo bastante más profundo. Después de pasar por las tres, la conclusión que me ronda desde hace tiempo es bastante incómoda: creo que hemos perdido buena parte del sentido de la universidad y que, en demasiados aspectos, la hemos convertido simplemente en una prolongación del instituto.
Quizá el problema sea que sigo teniendo una idea demasiado romántica de lo que debería ser una universidad. Para mí debería ser uno de los lugares donde se concentra el conocimiento de una sociedad, donde quienes más saben sobre algo se encuentran con quienes quieren aprenderlo, donde se investiga lo que todavía no sabemos, donde una teoría puede sobrevivir durante décadas hasta que alguien encuentra una explicación mejor y donde discutir con lo establecido no es una molestia sino prácticamente una obligación. La ciencia ha avanzado precisamente porque alguien, en algún momento, decidió que lo que todos daban por sabido no explicaba suficientemente bien la realidad. Una universidad debería ser uno de los lugares donde las ideas se construyen, se enfrentan entre ellas, se ponen a prueba y, si es necesario, se destruyen. No un templo donde se recitan autores, sino un sitio donde incluso los autores más importantes pueden ser cuestionados.
Sé que esta imagen tiene una parte idealizada. No creo que haya existido nunca una edad dorada en la que todos los profesores universitarios fueran intelectuales extraordinarios entregados desinteresadamente al conocimiento. La universidad también ha sido históricamente un lugar de privilegios, jerarquías, egos enormes, luchas de poder, cátedras casi hereditarias, endogamia y personas que han llegado más lejos por estar bien situadas que por ser especialmente brillantes. No hace falta inventarse un pasado perfecto para criticar el presente. La cuestión no es si antes todo era mejor, porque seguramente no lo era, sino si seguimos teniendo claro qué diferencia debería existir entre una universidad y cualquier otro tramo del sistema educativo.
Porque ahí es donde empiezo a tener dudas. Infantil, Primaria, Secundaria, Bachillerato y universidad se han convertido socialmente en estaciones consecutivas de una misma línea. Terminas una y pasas a la siguiente, y cada vez parece más extraño detenerse por el camino. Hemos normalizado tanto que la universidad sea el siguiente paso que en muchos casos ya ni siquiera existe una decisión real sobre si tiene sentido ir. Simplemente toca. Y, como toca, hemos llevado hasta ella las mismas dinámicas educativas que llevamos aprendiendo desde niños: estudia esto porque entra en el examen, memoriza aquello porque lo preguntarán, haz este trabajo porque vale un veinte por ciento, escribe entre tantas y tantas palabras, utiliza tantas referencias, sigue esta rúbrica, entrega antes del domingo y procura averiguar qué quiere exactamente el profesor para dárselo. Cambian los nombres, cambian la dificultad y las palabras que utilizamos, pero en el fondo la lógica se parece demasiado.
Llevamos años enseñando a aprobar y después nos sorprendemos cuando un estudiante llega a la universidad preocupado principalmente por aprobar. Hemos construido todo un sistema alrededor de la evaluación y luego nos extraña que la principal pregunta sea cuánto vale una actividad, qué entra en el examen o qué hay que hacer exactamente para conseguir un ocho. La pregunta «¿qué puedo aprender de esto?» termina compitiendo con otra mucho más urgente: «¿qué tengo que hacer para aprobar esto?». Y no lo digo desde ninguna superioridad, porque yo hago exactamente lo mismo. Miro las fechas de entrega, calculo cuánto pesa una actividad sobre la nota final, priorizo unas asignaturas frente a otras, intento entender qué espera el profesor y, cuando voy justo de tiempo, decido dónde merece la pena invertir más esfuerzo. Si estudias mientras trabajas y tienes otras responsabilidades, hacerlo no solo es comprensible, sino casi necesario. Pero precisamente por eso me preocupa. El sistema termina enseñándote a gestionarlo antes incluso de conseguir que te interese aquello que deberías estar aprendiendo.
Y de ahí nace una de las cosas que más me desconciertan de la universidad actual: hemos perfeccionado muchísimo la forma de evaluar mientras no tengo tan claro que hayamos perfeccionado igual nuestra capacidad para saber si alguien ha comprendido algo. Puedes repetir una teoría exactamente como aparece en el manual, citar correctamente al autor, poner una referencia impecable en APA, utilizar las palabras clave esperadas y obtener una nota excelente sin haber comprendido realmente lo que acabas de escribir. Repetir no es comprender. Ni siquiera citar es comprender. Comprendes una teoría cuando puedes reconocerla fuera del texto en el que la has estudiado, cuando eres capaz de utilizarla para interpretar una situación nueva, cuando sabes dónde funciona y dónde empiezan a aparecer sus límites y, sobre todo, cuando puedes discutirla sin tener delante el párrafo donde aparece explicada.
Esto lo pienso especialmente ahora estudiando Psicología. Hay veces en las que lees una teoría sobre comportamiento humano, grupos, aprendizaje o relaciones sociales y la teoría tiene sentido dentro del material docente, pero cuando la comparas con situaciones reales que has conocido durante años trabajando con personas, las cosas se vuelven bastante menos limpias. La realidad tiene la mala costumbre de no respetar los esquemas. Y ahí creo que debería empezar precisamente lo interesante: no en negar una teoría porque nuestra experiencia personal diga otra cosa, porque eso también sería intelectualmente pobre, sino en poder preguntarnos qué explica realmente esa teoría, qué deja fuera, en qué condiciones funciona y qué ocurre cuando la realidad no encaja perfectamente con lo que hemos leído. Sin embargo, muchas veces la dinámica universitaria empuja justo en la dirección contraria: demostrar que has localizado correctamente el concepto y que eres capaz de aplicarlo como se espera. El riesgo es terminar confundiendo haber aprendido el lenguaje de una disciplina con haber aprendido a pensar dentro de ella.
La estandarización tiene ventajas y sería absurdo negarlas. Una rúbrica puede reducir arbitrariedades, unas reglas claras permiten saber qué se espera de ti y ciertos sistemas de evaluación hacen posible gestionar grupos con cientos o miles de estudiantes. No quiero convertir la rúbrica, el examen tipo test o la actividad evaluable en enemigos del conocimiento. El problema aparece cuando aquello que inicialmente era una herramienta acaba determinando qué merece ser aprendido. Si algo puede convertirse fácilmente en una pregunta con cuatro respuestas, corregirse automáticamente o dividirse en cinco criterios puntuables, resulta cómodo. Una discusión abierta, una idea inesperada o una respuesta que se sale de lo previsto son bastante más difíciles de convertir en una casilla. Y poco a poco podemos terminar construyendo un sistema educativo alrededor de aquello que sabemos evaluar, en lugar de construir la evaluación alrededor de aquello que merece la pena aprender.
La paradoja es que pensar de verdad resulta bastante incómodo. Pensar implica no saber siempre cuál es la respuesta correcta, cambiar de opinión, equivocarse, discutir con alguien que sabe más que tú y, en ocasiones, descubrir que un argumento aparentemente sólido se deshace cuando alguien formula la pregunta adecuada. Decirle a un profesor que no estás de acuerdo con un autor del temario debería ser completamente normal en una universidad, siempre que seas capaz de explicar por qué. Y un profesor debería poder contestarte que estás equivocado y desmontar tu argumento, pero también debería existir la posibilidad de que no estés completamente equivocado. Eso, para mí, se parece bastante más a una universidad que localizar en un texto la frase exacta que demuestra cuál era la respuesta correcta desde el principio.
Pero el problema no está únicamente en el alumnado. De hecho, quizá la parte más preocupante sea que la propia estructura universitaria parece haber terminado reproduciendo para profesores e investigadores una lógica muy parecida a la que aplica a los estudiantes. Nosotros acumulamos créditos, actividades, notas y títulos. Ellos acumulan publicaciones, citas, proyectos, sexenios, acreditaciones y méritos. Todos aprendemos qué casillas hay que rellenar para avanzar. Y de nuevo aparece la misma pregunta: ¿estamos midiendo realmente aquello que creemos estar midiendo?
Publicar investigación es imprescindible. El conocimiento científico necesita hacerse público, discutirse, replicarse y ponerse a disposición de otros investigadores. El problema no es publicar. El problema aparece cuando publicar deja de ser la consecuencia natural de haber investigado algo relevante y empieza a convertirse en una necesidad administrativa para sobrevivir dentro del sistema. Cuando la cantidad de publicaciones pesa tanto que el propio sistema genera incentivos para fragmentar investigaciones, repetir líneas, buscar revistas donde colocar trabajos o dedicar cantidades enormes de energía a producir aquello que después podrá anotarse en un currículum. No digo que cada publicación sea mala ni que los investigadores trabajen así por falta de vocación. Digo justamente lo contrario: hemos construido una estructura capaz de empujar incluso a personas brillantes hacia comportamientos burocráticos porque necesitan cumplir los requisitos que les permitirán seguir investigando.
Y aquí aparece una palabra incómoda: mediocridad. No porque piense que la universidad esté formada por mediocres. Hay profesores extraordinarios, investigadores brillantes y personas que dedican su vida a saber muchísimo sobre cuestiones que la mayoría ni siquiera sabemos formular. Pero tampoco creo que por el simple hecho de trabajar en una universidad alguien pase automáticamente a formar parte de una élite intelectual. Hay personas excelentes y personas normales, como en cualquier profesión. Mi problema no es que existan personas mediocres en la universidad. Mi problema sería que hubiéramos construido una universidad en la que se puede desarrollar una carrera completa sin necesidad de ser especialmente brillante, siempre que uno aprenda suficientemente bien las reglas del sistema.
Puedes cumplir con la docencia, publicar regularmente, conseguir las acreditaciones necesarias, participar en proyectos, relacionarte adecuadamente con las personas correctas y avanzar dentro de una estructura académica sin que necesariamente hayas producido nunca una idea verdaderamente original. Y quizá eso ni siquiera sea culpa de quien lo hace. Si el sistema recompensa determinados comportamientos, lo lógico es que las personas aprendan a comportarse de esa manera. Igual que el estudiante aprende qué tiene que hacer para aprobar, el investigador aprende qué tiene que hacer para acreditar. Al final ambos optimizan el mismo tipo de maquinaria.
Y como cualquier institución formada por seres humanos, la universidad tampoco funciona en un vacío donde solo exista el mérito. Las relaciones importan. Caer bien importa. Saber moverse importa. Pertenecer a determinados grupos puede importar. Tener una buena relación con quien toma una decisión puede importar. No significa que todos los puestos se consigan por enchufe ni que las trayectorias académicas sean una farsa, porque afirmar eso sería injusto y seguramente falso. Pero tampoco me creo una universidad completamente aséptica en la que cada puesto, cada oportunidad y cada reconocimiento sea siempre el resultado puro de una comparación objetiva entre talentos. Eso no ocurre prácticamente en ninguna organización humana y no veo por qué la universidad iba a ser una excepción. El problema es que cuanto más cerradas, endogámicas y dependientes de relaciones internas sean determinadas estructuras, más fácil resulta que el talento sea solo uno de los factores que explican quién consigue avanzar.
Mientras tanto, fuera de la universidad hemos convertido el título universitario en una especie de certificado general de empleabilidad. Para una cantidad creciente de trabajos se exige una titulación universitaria, incluso cuando resulta difícil explicar qué conocimientos concretos adquiridos durante cuatro años son imprescindibles para realizar ese trabajo. Hemos creado una sociedad donde parece que todo el mundo necesita estudiar una carrera y, paradójicamente, llevamos años escuchando que las universidades no preparan adecuadamente para el mercado laboral. Nunca el título universitario había sido tan importante para acceder al empleo y nunca parecemos estar satisfechos con la conexión entre lo que se estudia y lo que después se hace.
Hay algo extraño ahí. Para muchísima gente la universidad ya no representa principalmente la posibilidad de acceder a un campo de conocimiento, sino el peaje necesario para conseguir una determinada profesión. No estudias Psicología porque quieras comprender cómo pensamos, aprendemos, sentimos o nos relacionamos, sino porque quieres ser psicólogo. No estudias Derecho porque te fascine cómo una sociedad construye sus normas, sino porque necesitas el título para ser abogado. Y es perfectamente comprensible. La gente necesita trabajar, pagar una vivienda y construir una vida. El problema aparece cuando el conocimiento deja de ser el objetivo y pasa a convertirse en el contenido obligatorio que hay que atravesar para conseguir una credencial.
Pero la solución tampoco puede ser convertir la universidad en una academia al servicio de las empresas. Esa idea me parece incluso más peligrosa. Si una carrera solo tiene sentido cuando conduce directamente a un puesto de trabajo, entonces tendremos que empezar a preguntarnos para qué sirven Filosofía, Historia, Antropología, determinadas ramas de las Matemáticas o una buena parte de la investigación básica. Y precisamente una sociedad que solo investiga aquello que sabe que será rentable dentro de cinco años probablemente dejará de descubrir muchas de las cosas que cambiarán el mundo dentro de cincuenta. La universidad debería mantener una relación con el mundo laboral, por supuesto, especialmente en las profesiones donde forma para ejercer tareas concretas, pero reducirla a una fábrica de trabajadores cualificados sería renunciar definitivamente a aquello que la hace distinta.
Todo esto plantea inevitablemente otra cuestión: quién debería ir a la universidad. Y aquí creo que es importante separar dos cosas que con demasiada frecuencia mezclamos. Yo creo profundamente en la igualdad de oportunidades. Nadie debería dejar de estudiar porque sus padres no puedan pagarlo. El lugar donde has nacido, el dinero de tu familia, el barrio en el que has crecido o la necesidad de trabajar a los dieciocho años no deberían decidir hasta dónde puedes llegar intelectualmente. Si una persona tiene capacidad, curiosidad y voluntad para estudiar Física, Medicina, Filosofía o cualquier otra disciplina, una sociedad decente debería poner los medios necesarios para que pueda intentarlo. Para eso tienen sentido las universidades públicas, las becas, las ayudas, las residencias y las políticas educativas que compensan desigualdades de partida.
Pero igualdad de oportunidades no significa que todo el mundo tenga que llegar al mismo sitio. Democratizar la universidad no debería significar convertir el título universitario en una extensión prácticamente automática de la educación obligatoria. La puerta debe estar abierta a todos, pero una vez dentro debería existir exigencia. Y no me refiero únicamente a memorizar más páginas o a tener exámenes más difíciles, sino a exigir capacidad de razonamiento, curiosidad, esfuerzo, autonomía y pensamiento crítico. Si alguien no alcanza los conocimientos necesarios para obtener un título, que no lo consiga no supone necesariamente un fracaso del principio de igualdad. Lo injusto sería que alguien con capacidad no pudiera siquiera intentarlo porque nació en una familia sin dinero.
Tampoco creo que esa exigencia deba confundirse con las notas. Ser brillante no significa necesariamente sacar siempre sobresalientes. De hecho, sospecho que un sistema educativo obsesionado con las calificaciones puede ser bastante malo detectando algunas formas de inteligencia. Hay personas extraordinariamente buenas memorizando y reproduciendo contenidos, otras capaces de establecer conexiones que nadie había visto, otras que formulan preguntas excepcionales y otras que necesitan más tiempo para comprender algo pero después lo entienden con una profundidad enorme. Si reducimos todo eso a una escala numérica terminamos confundiendo una herramienta de evaluación con una medida universal de la inteligencia.
Y por eso creo que el problema empieza mucho antes de llegar a la universidad. Desde pequeños nos enseñan que existe una respuesta correcta y que nuestra tarea consiste en encontrarla. Aprendemos que el profesor sabe, el libro contiene el conocimiento y el examen decide cuánto hemos aprendido. Aprendemos muy pronto a distinguir entre lo que «entra» y lo que «no entra», una expresión que probablemente resume mejor nuestro sistema educativo que muchos tratados pedagógicos. Si algo no entra, puede no merecer la pena aprenderlo. Si entra, merece la pena memorizarlo aunque lo olvidemos dos semanas después. Durante años entrenamos a los estudiantes para desenvolverse dentro de ese mecanismo y cuando llegan a la universidad pretendemos que de repente se conviertan en adultos intelectualmente autónomos capaces de investigar, pensar críticamente y apasionarse por el conocimiento. Pero nada de esto ocurre por arte de magia.
Y quizá por eso la universidad se ha ido pareciendo cada vez más al instituto. Más contenidos, textos más difíciles, profesores que saben muchísimo más de un campo concreto, trabajos más largos y palabras más complicadas, pero la misma sensación de fondo: alguien ha decidido previamente qué tienes que aprender, tú tienes que demostrar que lo has aprendido de la manera esperada y al final recibirás una calificación que determinará si puedes pasar a la siguiente pantalla.
Después de haber pasado por tres universidades diferentes, cada vez me interesa menos discutir cuál de ellas es mejor. Las tres tienen virtudes, defectos y modelos que responden a realidades distintas. Lo que me preocupa es haber encontrado en modelos tan diferentes suficientes elementos comunes como para preguntarme si el problema no está bastante más arriba.
Quizá la universidad nunca fue ese lugar perfecto habitado por las mentes más brillantes que a veces imaginamos. Pero debería aspirar a ser, al menos, un sitio donde las personas brillantes puedan hacer cosas brillantes, donde una pregunta incómoda tenga más valor que una respuesta memorizada y donde el objetivo último no sea producir aprobados, titulados, publicaciones o acreditaciones, sino conocimiento.
Me gustaría que siguiéramos teniendo lugares donde alguien pudiera levantar la mano y decirle a una persona que lleva treinta años estudiando un tema: «No estoy de acuerdo con esto». Y que la primera reacción no fuera comprobar si esa opinión coincide con el material obligatorio ni señalar la página del manual donde aparece la respuesta correcta, sino pedirle que explique sus razones, escuchar su argumento y discutirlo.
Porque quizá la universidad empiece exactamente ahí: no cuando alguien sabe responder, sino cuando alguien aprende a formular una pregunta que merece la pena hacerse.
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